martes, 28 de octubre de 2008

Dulcinea

Cinelandia
Benjamín García

“El aspecto de Cinelandia, desde lejos, tenía algo del Constantinopla, mezclada de Tokio, con algo de Florencia y con bastante de Nueva York. No eran grandes pedazos de esas poblaciones los que se congregaban en su perímetro, pero sí un barrio de cada clase”.
Así inicia la célebre obra de Ramón Gómez de la Serna: Cinelandia. Se trata de una oda a la llamada meca del cine: Hollywood. Como en los clásicos paseos por lo estudios de este lugar, de la Serna describe el sitio: “Al acercarse a la población se encontraba un conjunto de gran museo de reproducciones de los edificios y de las calles de todas las poblaciones del mundo. Parecía también la ciudad de recreo de la infante más poderosa del mundo, la primera infanta que jugó con una ciudad falsa; inventada sólo para el juego y la suplantación”.
Nos encontramos ante una metáfora y a la vez, casi una profecia de lo que será el mundo del cine-espectáculo. Al inicio vemos a Jacobo Estruk llegar a Cinelandia con la curiosidad de ver el mágico transcurrir de sus habitantes. Casi a su arribo se encuentra a una desconocida, quien lo invita a vivir en su casa. Cuando él pregunta en nombre de la chica, ésta responde: Venus de Plata. En efecto, es una Venus esplendente, lejana de los sentimientos.
Jacobo Estruk se enamora de Venus. La frialdad de ella se percibe en el siguiente diálogo:
J.- ¿Me querrás siempre?
M.- ¿Pero de dónde has sacado ese siempre? Lo que no te querré es nunca.
J.- ¿Entonces que es esto?
M.- Condescendencia.
J.- ¿Pero qué temes sufrir queriéndome?
M.- Todas las consecuencias del dominio… ¡Así puedo salir con tanta gente al campo!... Es muy monótono salir con un solo hombre.
Aquí vemos como en Cinelandia están presentes tanto la verdad y la farsa de Hollywood. Es en sí como una película preparada para alborotar a los medios masivos, al público. Es Woody Allen casándose con su hijastra; o Marylin Monroe suicidándose envuelta en una sábana de tragedia.
Eso te aprecia en el siguiente pasaje: “Desde el día siguiente del matrimonio hay varios espías dedicados a saber cuándo ha habido una riña que puede ser premonitoria de divorcio”.
Así ocurre con Carlota Bray, una chica de diecisiete años, quien irrumpe en plena filmación cautivando a todos con su belleza, ternura e ingenuidad inaudita. Inatrapable como ella sola, el presidente Emerson, dirigente de Cinelandia, le obliga a casase pues el público ya encontraba desesperante su indiferencia al amor. Por supuesto, al salir de la iglesia, casi como Britney Spears, se anuncia el divorcio.
Por Carlota Bray, Max York abandona a su pareja Elsa. Ésta, despreciada, abre una academia muy singular, una academia de besos cinematográficos: “Un beso –explicaba aquella mujer sabia- es en principio y en el fondo un desperezo de la mujer y siempre una despedida…”.
Y es que, como en Hollywood: “El amor, los sueños, el sinsentido, la locura son, por tanto, los temas nucleares de Cinelandia”, se nos indica en el prólogo. El amor se halla presente en todo momento, de igual manera hace acto de presencia el desamor, pero, sobre todo, nos hallamos con el no amor: actores que odian a otros actores, que se odian así mismos y en suma, aunque pretenden vivirla al máximo, gente sin amor a la vida.
Tal vez por eso en Cinelandia cabe hablar de la supremacía del físico, no sólo por las curvas estilo Sandra Bullock, sino porque en esta ciudad idílica los actores se buscan con tipo de malo, tipo de solitario, etc; verbigracia:
El hombre con tipo de malo tiene un porvenir magnífico en el cine. Son muchos los hombres malos que se ponen en camino hacia Cinelandia (…). La gente, al verlos, expresa con emoción: “¡Qué cara de malo rabioso tiene usted! Queda contratado”. Alegremente lo anuncian a la demás gente con estas singulares frases: “¿Vengan! ¿Vengan! ¿Vean al traidor que nos ha caído en suerte! ¡Qué maravilla de canalla!
También se buscan personajes exóticos, las pruebas que, por ejemplo, aplica el presidente Emerson a los japoneses en deseos de ser contratados, son, por más, terribles. Le pregunta al solicitante si existe una mujer a quien ama mucho. El japonés responde que sí, a Hi-Lu-La, Emerson le indica: “Tome usted este cablegrama… En él le comunican que acaba de morir”. De la respuesta dramática del afectado dependerá su contratación.
En esta obra se hallan presentes también los artífices como el gesticulador, quien inicia a los actores, mientras filman, cuáles deben ser sus gestos de amor, odio, alegría, esperanza, etcétera. Y el animador, quien es un deleite pues: “El <> observa la vida, toma nota de ella, calcula lo que hay de sinceridad en ella, aprende sobre todo lo más difícil de reflejar en la pantalla, mucho más difícil que una pasión”.
El espectador del cinamashow también posee su lugar en Cinelandia, es el cazador de autógrafos, el idólatra que explica: “No venimos a fisgar demasiado en vuestra vida y seríamos incapaces de quedarnos o de llevaros… Sólo venimos a ver y a sacar fotografías con nuestras kodaks”.
Sorprende este Hollywood/Cinelandia, tan nuevo, tan reciente y a la vez ya conformado tal y como lo conocemos hoy día. Lleno de fatuidades y sueños sorprendentes. Gobernado por los empresarios y lleno de personajes disipados y vacíos, de gente con “el alma violada por los grandes focos.
Ramón Gómez de la Serna fue un autor español de voz “tan primigenia y tan innovadora que se ha podido hablar de refiriéndose a él, de generación unipersonal”. Su obra se manifiesta mediante lo que el denomina: Greguerías: “el resultado de fundir la fuerza dinamizadora de la metáfora moderna con los juegos verbales de los conceptistas barrocos”.

viernes, 24 de octubre de 2008

El globo de Cloe

El globo de Cloe

Se infla... y luego se desinfla

Clandestino


Clandestino, o de cómo un músico conquistó Barcelona
Benjamín García
“Sólo voy con mi pena/ Sola va mi condena / Correr es mi destino / Para burlar la ley”. Clandestino es un tema que le vendría bien a Gonzalo Zetina, un mexicano al que las circunstancias económicas y la inquietud propia de todo artista orillaron a probar suerte en Europa.
En México estudió en la Escuela Superior de Música y en la academia DIM, donde es profesor el saxofonista Diego Maroto. Formó parte de bandas como Aguacate Jass, Los Gatos, Brutal Dandy Club, mas no logró ganarse la vida de esa forma.
Un día tomó su saxofón y se lanzo a tocar en la calle, en los restaurantes y en el Metro. Fue en este último donde conoció la solvencia económica. Pero luego de que se aprobara la Ley de Cultura Cívica, la persecución se desató sobre los artistas urbanos.
Fue entonces cuando decidió probar suerte en otro continente.
En Europa las cosas no fueron tan sencillas. Arribo primero a Alemania, a Berlín, un país de habla desconocida, de ahí viajó a Suiza donde pudo tocar y juntar dinero con bastante facilidad. Sin embargo, se cansó de no poder comunicarse y decidió viajar a Barcelona. Ahí descubrió que tocar en el metro está permitido, y en la calle también, aunque tardan en dar el permiso.
“Barcelona es una ciudad muy fregona, hay gente del todo el mundo y vida a todas horas, un chingo de cultura y eventos. La mayoría de la gente es muy crítica respecto a política, economía, bastante culta; las mujeres me sorprenden a menudo con sus comentarios políticos y conocimientos generales”, narra.
“En Barcelona hay mucha gente de todo el mundo: un cuate colombiano me regaló unos pases para el museo de la marina, estuvo chido, ahí me enteré que desde tiempos legendarios Barcelona ha estado conformada por un buen de banda migrante, por la cuestión de la navegación; supongo ahora más con el acceso a vuelos. Hay muchos turcos, africanos, marroquíes, hindúes, ecuatorianos, colombianos, peruanos, argentinos, bolivianos, chinos, orientales, belgas; de toda Europa; también negros, güeros, güeras, morenas, chaparritas ricas, altotas, gordos, gordas, flacas, altos, chaparros; acá hay una mega biodiversidad humana. Por eso como que la neta ni hay racismo. La gente es supermega amable, sobre todo si son catalanes”.

Luego de casi un año de tocar en el metro, de trabajar para una abogada venezolana y de intentar con escaso éxito trabajar en la pizca de algodón o de mesero, se encontró a un guatemalteco que se hace llamar el Doctor Sativo, un chico que ha recorrido el mundo acompañado de su guitarra, su ingenio y una increíble habilidad para hacer big-box.
Con el Docto Sativo creo al grupo Barrio Candela, del cual se puede ver un poco en You Tube o en Myspace.com/barriocandela. La gente baila al son de la Cumbia del Guay (buena onda o algo padre), Morena o Cuba, y los aclaman y compran su disco grabado de forma independiente. Después de un largo periplo, el saxofonista mexicano está apunto de grabar con la disquera de Manú Chao.
Cuenta que fue a un festival de músicos del Metro y se encontró con una venezolana que tocaba el cuatro: “Cantaba como diabla, era una pícara y tocaba con un gusto y sabor que contagiaban, había un chico en el público, un venezolano; ella lo sube al escenario y le da las maracas y así, nomás, armaron un dúo fantástico. Ella se puso a improvisar versos cantados y después él se echó unos poemas de su propia inspiración acompañados del cuatro. En su verso, el venezolano hacía una especie de paradoja de la conquista: de la conquista de los españoles a América y la actual conquista de los inmigrantes a España (y al "primer mundo", en general). A final de cuentas, comenta el carnal, la historia empieza a voltearse un poco: los conquistados empiezan a ser los conquistadores. Y vaya que sí, cuando menos esta tierra es tremendamente cosmopolita”.
Así Gonzalo y Barrio Candela han conquistado con su música a los migrantes y a los habitantes de Barcelona.

lunes, 20 de octubre de 2008

La mano en la pierna, o de cómo el jazz se volvió per-verso


La mano en la pierna, o de cómo el jazz se volvió per-verso


Benjamín García

La unión entre música y literatura se pierde en el origen de los tiempos; en los trovadores que revolucionaron al mundo con su estilo para enamorar a las mujeres con sonidos y discursos donde las exaltaban, o bien, en los griots africanos, quienes al ritmo de su tam-tam contaban historias de aldea en aldea.
Si tomamos en cuenta las palabras de Rafael Alberti sobre que el poeta también es un músico cuyo único instrumento son las palabras, el círculo termina por cerrarse. En nuestro mundo actual es en el jazz donde encontramos una relación tan íntima como sexual entre la literatura y el jazz.
Ello se refleja -no sólo- en la unión tan simbólica que tuvo la generación beat con Charlie Parker a través de Arthur Rimbaud, el artista perdido, decadente, ángel brillante santo y demoniaco al mismo tiempo; sino que también se puede abordar desde diversos tópicos.
La biografía de los músicos de jazz ha dado origen a obras como El Perseguidor, de Julio Cortazar, donde se sigue la vida de Parker y su marginalidad característica, o bien en la autobiografía del baterista Tino Contreras, cuyo inicio es el siguiente: “Yo nací, como dice el dicho, con los tambores por dentro”.
Existe también la unión de ritmo e improvisación transportada a la creación narrativa y poética. En la narración el mejor ejemplo es Jack Kerouac en obras como On the road o Tristessa en las cuales crea un ritmo con base en una puntuación propia, para lo cual requiere un dominio de la redacción que le permita trastocarla. En el caso poético los ejemplos son múltiples pero citemos a dos: uno es el emblema de la poesía norteamericana del siglo XX: Allen Ginsberg, quien en su obra Aullido se vale de la misma respiración que usa un saxofonista para ejecutar sus solos:
La articulación rítmica
La poesía es la articulación rítmica de la emoción (…) La emoción parte del hueco del estómago, sube por el pecho y después se va por la boca y los oídos en forma de una queja, de un gruñido o simplemente un suspiro. Y si se la expresa por medio de palabras husmeando, mirando, tratando de describir lo que le hace a uno suspirar, y suspirar, y suspirar con palabras, entonces se exterioriza la emoción. (…)
Idealmente, cada línea de Howl (aullido) forma una unidad respiratoria. Mi respiración es profunda, es la medida, la inspiración psicofísica de pensamiento contenida en la elasticidad de un soplo (…) es una consecuencia natural, el ritmo mismo de mi palabra intensificada, no el corto aliento de la frase de todos los días. Así encuentro yo mi voz más salvaje. (Tomado de Antología de la Generación Beat, Trad. M. R. Barnatán, Letras vivas, col. Los poetas de la banda eriza, México, sin año.)


Y un ejemplo mexicano, el principal historiador y explorador del jazz en México, Alain Derbez, quien en diversos poemas usa al jazz como panoplia de recursos para la creación poética:
Suave es el jazz
(si Ramón al saxofón el espontáneo cráneo corazón)
Yo que siempre toqué sin partitura
Desnudo improvisando en cualquier foro
Alzo hoy la voz a la mitad de un coro
Y narro con detalle la aventura
Suave es el jazz desde esta tierra dura
Fuerte también como ha de serlo el oro
Indio, negro, español, latino, moro
De mestiza raíz: esto es muy pura.
El tiempo de mi patria es sincopado
Lo que se mira se oye en sus matices
Arcoiris, volcán, sonido alado
Ya celestial festín de meretrices
O diabólico solo consagrado
Que cuenta al saxofón sus cicatrices.

Por otro lado, el jazz ha funcionado también como motivema o detonador de historias; de igual forma como fondo o marco de las mismas, así ocurre en la célebre Rayuela, de Julio Cortazar. Ahí podemos presenciar las discadas que realiza el Club de la serpiente y que consisten en escuchar muchos, muchos discos de jazz y comentarlos al mismo tiempo, dicho género casa muy bien con la atmósfera parisina que nos propone Cortazar. Por ese camino se desenvuelve la propuesta del trompetista y escritor Boris Vian en su cuento “Martín me telefoneó”, en él un músico sin recursos económicos debe tocar para un grupo de niños bien mientras se cuida de no mostrar el hoyo que tiene detrás del pantalón.
Asimismo a palabra improvisación ha pasado a la historia como el epítome del jazz, sin embargo hay improvisación en otros géneros como el rock o el son huasteco, pero también la hay en los ejercicios oníricos que hacían los surrealistas, los cuales consistían en escribir versos impidiendo, hasta donde era imposible, el uso del consciente, un poco a la manera del free jazz; o, como ocurre en los ejercicios dadá con el célebre cadáver exquisito, donde cada persona escribe una línea sin ver la del otro o sólo viendo la inmediatamente anterior.
Pensemos que la historia del arte moderno tiene que ver, sobre todo, con la destrucción del objeto y de la representación. La pintura retratística, objetiva y testigo se ve irrumpida por la imaginación. Ya no es lo que se ve, sino lo que se captura por los sentidos emocionales, la emoción susceptible de ser expresada mediante una técnica artística. Ya no se trata de asentar nuestro paso por la vida, sino de modificar los pasos del otro a partir de nuestra expresión catártica.
El fluxus, el happeneing y el performance son terrenos donde la obra de arte se disuelve. Así el término efímero se convierte en la palabra que busca designar totalmente al nuevo arte. No se trata ya del cuadro hecho por Jackson Pollock sino la forma de llegar a ese cuadro. En poesía las formas tradicionales de la rima, sobre todo, y más o menos la métrica, darán paso al verso libre. En música la partitura cederá su rol al ejecutante de jazz. He aquí el entronque entre jazz y el verso libre o la novela sin nudos, catálisis, donde el in media o in extrema res se convierte en un campo de reses desbocadas. En Rayuela muchos capítulos podrían ser fácilmente suprimibles, y sin embargo están ahí, porque el autor así lo quiso.
La relación entre jazz y literatura propone nuevos senderos que nos llevan a estirar las fronteras de los géneros y los cánones literarios, abre así nuestras posibilidades creativas, lo mismo si nos da por contar la vida de Billy Holyday que si nos dejamos llevar por el lamento agónico del saxo tenor de John Coltrane. Nos queda entonces continuar por el derrotero de la improvisación luminosa o como uno de los ídolos beat, Arthur Rimbaud, por el rito agridulce de una sesión en el infierno.