Retrato de tupsi pop con lìneas paralelas, abismo en el sol

Retrato de tupsi pop con líneas paralelas
Benjamín García

Ella es la mujer de mi vida. Ahora viaja por la línea siete del Metro. Abordó en Barranca del muerto y viaja hacia Tacubaya. Lleva su vestido rojo. Ninguna mujer usa hoy un vestido, y menos de color rojo. Lleva un libro de Alfonsina Storni pero no va leyendo, va atenta a las ventanillas de la puerta del vagón.
Hurga su nariz para extraer un moco. De pronto se da cuenta de que la gente la observa y suelta una carcajada. La señora que va en el asiento solitario de enfrente piensa: “Muchacha loca”.
Ella sigue con sus pensamientos. Quiere ver una película, una vieja: Abre los ojos, The Rocky Horror Picture Show, o Casa Blanca. Siempre le ha gustado Humprey Bogart, si lo tuviera enfrente le daría un beso y le diría: “Ya quita esa cara, ¿te cayó mal la comida o qué?”. Se vuelve a reír, con los labios apenas abiertos, como cuando tenía cuatro años y su mamá llegaba de trabajar con una caja de chocolate amargo, le daban ganas de aplaudir, pero sólo sonreía con discreción, sabía que así mamá no le impediría tomar más de un chocolate.
Los hombres la miran y ella lo sabe, lo sabe sin darse cuenta, como algo que ocurre todos los días y por lo cual no tiene importancia. La miran con deseo y extrañados al mismo tiempo. Es un ángel de vestido rojo y tenis blancos, de cabello lacio, delgado y por debajo de los hombros; de ojos claros, cafés y pequeños como dos almendras. No usa maquillaje ni reloj ni pulseras y menos anillos
Ella es la mujer con la que siempre soné: escueta y soñadora, un sueño que sueña, mitad esclava y mitad princesa. Se le humedecen los ojos con las canciones de Silvio Rodríguez, detesta a George Bush y aunque aceptaría encantada de la vida una cita con Mario Benedetti a veces le parece algo cursi.
Al pasar por Mixcoac piensa en los egipcios, en Oriente, en los mundos mágicos. No es religiosa pero cree en la magia, en las fuerzas ocultas, alguna vez oyó que cierto pensador dijo: “Las mujeres son de un terrible metafísico”. “Ha de ser cierto”, piensa, pues cree en el destino, no en uno ya trazado donde ya no se puede elegir, simplemente en que las cosas pasan por algo, en que todo lo que debe de llegar ha de hacerlo.
Extrae una paleta su mochila. La mira asombrada cual tuviese un tesoro muy apreciado, como a los seis años cuando iba a visitar a la abuela y ésta le daba la llave del ropero. La abuela, esa mujer que fue perdiendo la memoria y se extraviaba en las calles de la colina para regresar por las noches del brazo de algún guapo, amable y compadecido muchacho.
Una lágrima quisiera escurrirle, pero vuelve a mirar su paleta con deleite y alegría. Va quitando la envoltura con parsimonia intensa. Las puertas del vagón permanecen abiertas. Sus ojos castaños chocan con otros ojos castaños mientras acerca la paleta a su boca. Todas las miradas masculinas convergen en ella, anhelantes y mórbidas, con envidia, no de la paleta: del hombre que ella mira y a quien le quita la envoltura para luego degustar con similar deleite. Ella ve al turbado chico, guapo, sin duda, con unos labios gruesos y mordisqueables.
Él no soporta esos ojos castaños, su fuerza, su energía, esa vibración visual, se da la vuelta, no puede más, inclina la cerviz como un tigre vencido por un venado.
“Lástima”, reflexiona ella. No era necesario que él le hablara, le parece ridículo esperar el primer paso de ellos, ella misma pudo haberlo hecho, pero le gustan las miradas francas, directas.
Ella es la mujer de mi vida. Las puertas cierran. Ya casi llega al centro chicloso de la paleta. El Tigre va arrepentido de no haber podido sostener la mirada. Mi chica está por llegar a Tacubaya. Yo también.
Subí en Chilpancingo. He pensado en ella desde esa estación hasta Tacubaya, en sus mohines, sus tenis blancos y el vestido rojo. Y en las líneas paralelas, esas que normalmente imaginamos corriendo en la misma dirección pero que pueden ir, una hacia la derecha, otra a la izquierda; no importa, jamás van a cruzarse. Y yo voy a transbordar hacia la línea siete; ella a la línea nueve, y no habrá un puente, una línea recta más entre esas dos que nos permita escapar de nuestro paralelismo.
Yo llevo mi paleta redonda. Soy salvaje, no soporto muco tiempo antes de morderla.
En algún momento pasaremos un casi al lado de otro, entre personas, familias, historias, narraciones humanas repetidas una y otra vez, y tiendas, periodiqueros, partículas de oxígeno, nitrógeno y ozono urbano.
Ella es la mujer de mi vida. Y si las matemáticas no se transforman seguiremos transcurriendo en nuestras rectas sin intersectarnos.
Ella es la mujer en cuyos brazos siempre he anhelado morir. Todos mis objetivos, todas las mujeres con quienes he estado, todos mis amores y todo el dolor de mi alma sólo han sido preparaciones para estar con ella. Y a pesar de ello cada quien va ir rumbo a su dirección, sin saber nada del otro. La vida va a continuar. Conoceremos a alguien, nos enamoraremos, nos abandonarán, reflexionaremos sobre el amor, la inutilidad de la vida, la voracidad del tiempo… y ni la muerte podrá torcer estas líneas paralelas.
Ella es la mujer… y esta no es mi vida.

Comentarios

letransfusion ha dicho que…
Inspirado amigo. La verdad no podía dejar de comentarlo. Me ha gustado un chingo y eso es... pues un chingo.

¡Un abrazo!
Knofi Turquesa ha dicho que…
Si esta chicles el retrato tupsi, gusta.

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