jueves, 29 de enero de 2009

Músico urbano

No soy Balzac ni Chejov, abismo en el sol

No soy Balzac ni Chejov

Benjamín García
Guillermo Samperio es un autor que sin mucho ruido ocupa un lugar muy importante en la escena literaria nacional. Acaba de publicar La Guerra Oculta (Lectorum) y una colección de cuentos completos en Alfaguara. Es un autor prolífico piensa que la creación constante no desgasta a su obra: “El texto se procesa inconscientemente dentro de uno, luego aparece una punta del hilo, una frase, una idea y entonces hay que escribirlo. A veces esa temática puede ser dolorosa, por eso se sufre la escritura. También puede ser algo festivo y entonces queda uno muy satisfecho”.
Sobre la vastedad de sus cuentos dice: “No creo que sean muchos, si ves los tomos de cuentos completos de Alfaguara es un tomo muy parecido a los demás, el único que tiene dos es Cortazar, voy a cumplir 60 años, es un volumen promedio; no soy Balzac ni Chejov”.
Manifiesta que se encuentra siempre en una búsqueda constante por innovar los caminos. Resume el trabajo de un escritor en tres etapas: “Llega un momento en que alcanzas un estilo, es lo que todos buscamos al empezar, y te apoyas en él; pero debes seguir experimentando, en La Guerra Oculta me meto en la ciencia ficción, algo que no había hecho. Como dice W. H. Auden, después viene la etapa de formal, expresiva del propio autor, que puede alargarse mucho tiempo. Y una tercera donde reinicias la primera, una búsqueda nueva en una especie de laboratorio de estilística”.
Opina que un autor ha logrado un estilo cuando lo que escribe “no tiene ya resonancias de otros autores y tiene su propia expresividad estructural”.
Piensa que un joven escritor debe participar en los concursos, una vez ganados dos o tres premios es hora de acudir a alguna editorial, “como el autor de Diablo Guardián, tenía años concursando hasta que le pegó, y todos los libros que no había podido publicar, los está sacando ahora”. Considera que si ese joven siente que sus textos son excelentes, puede ir directamente a una editorial. “Las editoriales sí dictaminan y les gusta descubrir autores. Yo nunca tuve problemas para editar, desde el primer día que llegué a un taller literario, el coordinador, en el IPN me pidió dos textos para publicarlos en la revista que hacían. Ellos mismos me publicaron el primer libro, tres años después me gané una beca del INBA FONAPAS y tuve de maestro a Augusto Monterroso. Ahí me publicaron mi segundo libro, el cual quedó en segundo lugar en el Premio Nacional de Cuento, los jurados fueron Juan Rulfo, Edmundo Valadez y José Donoso Pareja.
A pesar de ser un autor consagrado, no vive de su obra aunque de sí de actividades literarias: “Siempre he tenido chambas, ahorita estoy dando cuatro talleres y ando buscando trabajo. El fin de año pasado me lastimé la columna. Por fortuna obtuve la beca de creadores en agosto del año pasado. Y si no ha sido por esa beca no sé cómo hubiera vivido. El neurólogo y el ortopedista me recomendaron reposo absoluto combinado con acupuntura, tomo medicinas muy caras, gracias a la beca he podido sostenerme”.
Reconocido como un escritor de minificciones, al cuestionarlo al respecto, afirma: “El que mejor te puede responder es Lauro Zavala, el invento todo eso. Yo publiqué Cuaderno Imaginario (Diana) en los ochenta, ahí había lo que ahora llaman microficciones, yo les llamaba brevedades. Ahora hablan de que yo soy uno de los transformers de la microficción junto con Felipe Garrido, cuando es Julio Torri el iniciador. Pero ya se inventaron toda una historia”.
La técnica es un asunto central en sus creaciones, la define así: “La técnica es como los trenes japoneses que a cierta velocidad ya no tocan las vías, sino que van casi volando, es algo fantástico, pero para que eso suceda, tiene que haber una técnica. La literatura sin técnica sería siempre primitiva, como el Gilgamesh”.
Actualmente prepara un libro de prosas poéticas que terminan en cuento, “son muy experimentales y tratan de romper con lo hecho hasta ahora”. También cuenta con una novela por terminar, “la deje reposar diez años, ya la revisé y me di cuenta de que le hacen falta uno dos o tres capítulos al final y abreviar un capitulo intermedio”.
Carece de un método especial de trabajo pero es muy meticuloso a la hora de revisar sus textos. Su primer premio fue el de El Museo del Chopo (1976): “Yo lo visitaba seguido cuando era el Museo de Historia Natural porque iba a una escuela de Clavería. Había cosas rarísimas, los huesos de un dinosaurio, fetos con dos cabezas, me atraía mucho. Convocaron a un concurso de cuentos con el tema Museo del Chopo, había primero, segundo y tercer lugar, y publicaban un libro con los diez mejores cuentos. Eran como seis mil pesos. Llevé a cenar a mi primera esposa y compré algunos libros, diccionarios, Monterroso me había recomendado invertir en diccionarios y enciclopedias, en libros que pudieran apoyarme en la creación”.
Comenta que hay dos libros indispensables para un escritor: “El de Julio Cazares, de Gustavo Gilly, con una súper sección de sinónimos; y el Diccionario de la Lengua Española de María Moliner. Uno que no deben tener es el Diccionario de la Real Academia, porque no sirve para nada”.

domingo, 25 de enero de 2009

Ese que se masturba, abismoenelsol

Ese que se masturba

Benjamín García

Con la noche en mi mano

Voy a masturbarme

Hasta que masques las cavernas

Y los hilos de la carne

Llevo el sexo en la mano

Y con noche y sexo

Los dedos no se aflojan


Soy una lagartija blanca

Abracadabra

Vénganos el reino

Ya la noche puede bailar

Un tango enamorado

De amor de las libélulas



Yo voy a masturbarme

Con tu amor que no es amor

Con tu mirada que mira

Lo que miran las miradas

Cuando no quieren mirar



La noche es la verdad

Con sus estrellas muertas

Que brillan en el aire



Soy el esqueleto

De un conejo rabioso

Que se acurruca en los pies

Del dios de los dioses

Luego le muerde el dedo

De ese pie de uñas negras



Abracadabra cabrones

Si quieren bronca bramo

Y luego los bendigo

Con el aguijón del escorpión



Yo me masturbo con las nubes

¿Quién no?



Dios mastica al universo

Mientras se pregunta

Si echo a perder su vida



Yo soy el ojo en el ojo

De la pulga de una pulga

Y amo al amor que ama nada

Ese que se masturba

En nuestra respiración

viernes, 23 de enero de 2009

Oaxaca, abismo en el sol


Comezón en el pie o de conquista en Oaxaca, parte I

Benjamín García

Soy un viajero, lo he sido toda la vida. Cuando era niño pasé por 11 escuelas diferentes para realizar la primaria. Cada vez que Yolanda y Alfredo (su primer esposo) se peleaban, ella decidía huir a otro lugar de La República. Así viví en Puebla, Michoacán, Monterrey, Aguascalientes y Puerto Vallarta. Ahora me encamino a Oaxaca. Se acerca la navidad y no quiero pasarla en el Distrito Federal. Mi autobús parte a la media noche. Aunque afuera de la Tapo la ciudad ya bosteza, aquí ebulle la vida en forma alocada, me da un poco de terror viajar con los turistas, esos que persiguen crazy nigths and fun winter vacances, pero aquí estoy.
En las terminales de autobuses y en los aéreo puertos todo es muy caro, me pregunto ¿por qué? Lo que menos desea un viajero es gastar, el dinero está contado. Yo apenas llevo $300, voy a tocar en las calles de Oaxaca para comer, a domir en la calle y a regresar a la Ciudad de la Esperanza (la esperanza de encontrar trabajo, de no quedar atrapado en el tráfico, de hallar una cara amable, de no ser aplastado en el transporte, como alguna vez me dijo alguien).
Yo no viajo para ver sitios, viajo para hacer más amigos, para ver personas y por aventurero. En el Louvre tuve una desavenencia con mi entonces pareja porque ella quería ir de inmediato a ver la Mona Lisa, era obvio que iba a hallarse rodeada de turistas gordos con gorras de colores y cámaras digitales de un millón de megapixeles, que en lugar de admirar la obra admiran la foto de ellos al lado de la obra, presumiendo su viaje a los amigos una vez de regreso en casa.
Quise disfrutar las obras que la circundan y fue imposible, los famas me empujaban a cada rato. Mamón me dijo mi ex, supongo que sí, pero mi mejor recuerdo del Louvre no es ni la escultura de Amor y Psique ni la Giocconda ni los cuadros de Delacroix (que amo, por supuesto); es haber tocado con mi clarinete durante diez minutos en uno de los patios antes de que un amable “flic” me echara de ahí con un flemático “desolée”.
El autobús debía partir a la media noche, estamos a punto de abordar, cuando los encargados de la línea dan el aviso de que hubo un error y nuestro autobús se retrasó. 20 minutos. La gente se impacienta: “Vamos a tomar uno secuestramos al chofer”. A la media hora los chiflidos y los reclamos comienzan. Yo mantengo la calma, después de todo, cuando iba de camino a Suiza, en Domodossola se descompuso el tren, estuvimos cerca de media hora a la espera, sin recibir aviso de nada y nos pasaron a un tren local que le dio la vuelta a todo Suiza antes de llevarnos a Basilea. Si eso pasa en el país de la perfección cronométrica, cuantimás aquí.
Hacia la una de la mañana arribó nuestro autobús. Me subí emocionado porque al fin iba a poder darle mate a mi botella de vino. Pero oh sorpresa, no traía sacacorchos. Ni modo, a asomarme por la ventanilla ya dormir.
Lo que más disfruto de viajar de noche por estos lares es ver las estrellas, son grandes como pelotas brillantes inundando el cielo.
Arribo a Oaxaca alrededor de las diez treinta de la mañana. La primera sorpresa es harto desagradable, como a la salida de la Central de Autobuses de Puebla, hay una replica del D. F.: vendedores de discos pirata, películas porno y autos y más autos. Antes se decía que la urbe se devoraba al Estado de México, ahora parece que el virus urbanótico infecta a las ciudades del resto de la República.
Llego a Oaxaca completamente solo. La soledad es tan aterradora como seductora. Finalmente encuentro a mi amiga Liliana Jiménez, quien me lleva a recorrer el Centro. Es una zona hermosa, llena de construcciones viejas, coloridas y de iglesias churriguerescas y pretenciosas. A pesar de la resistencia de Toledo, hay aquí un Burguer King y un Taco Inn.
Mientras andamos busco a las señoras obesas de piel tostada que venden sabrosas tabletas de chocolate, “saldrán más tarde a la vendimia”, pienso. Caminamos hacia Santo Domingo, un recoveco cultural donde se localiza el Instituto de Artes Gráficas a la iglesia que da nombre a la plaza. Hay muchos cafés, pequeños y agradables muchos extranjeros, al parecer México está de moda entre los alemanes. Los gringos son pocos, tal vez por la recesión económica.
Por la tarde voy a tocar en las callejuelas, la competencia es mucha, sobre todo por los niños acordeonistas. Hay acordeonistas en todo el mundo, en Barcelona hay una broma, se dice que los rumanos son creados en fábrica y que salen de ahí con un acordeón en la mano y tocando Bésame mucho. En el metro de la Ciudad de México y en sus calles
Hay muchos niños de origen indígena, desarraigados de sus pueblos por sabrá Dios que perversa mano. De entre todos ellos, muchos son buenos ejecutantes, con sus ocho o diez años a cuestas, son buenos digitadores aunque no cantan. En Oaxaca todos cantan con una voz entonada y fuerte.
A menudo la gente los ve como un objeto decorativo más, mexican folklore, pero si a muchos de ellos se les brindara la oportunidad de conocer música diferente, de aprender a un nivel más allá del que conocen, su historia sería otra, no sólo se les daría un apoyo, sino una vida. No es tan difícil, basta con solicitar unos maestros de las escuelas de música, incluso chicos que hagan su servicio social y perciban alguna contribución por ello. A cambio de asistir a las clases, a los niños se les puede motivar con la comida o algo así.
Como en todas partes de México (buenos, no conozco el norte y dicen que ahí es un poco como el primer mundo) cunde la mendicidad. No es igual que los músicos y teatreros hayamos escogido la calle como opción a que un niño o un anciano deban fregarse día tras día. Cada vez que veo a un anciano con todas las facciones de la calavera en su rostro, me odio y a todo mi raza capaz de permitir eso.
Ese día me hospedo en el hostal Zipolite, noventa y cinco pesos por noche, es lo más barato que puedo conseguir. Dejo mis cosas y salgo a dar la vuelta. El zócalo es hermoso, dos restaurantes están siempre llenos de gente y todo el tiempo se ven pasar mujeres hermosas.
Al día siguiente se efectúa la noche de los rábanos, una fiesta en la que los cultivadores llegan con rábanos gigantes y hacen esculturas con ellos. Es una fiesta dividida, en el zócalo se halla la versión oficial y cerca del IAGO la versión APPO. Aunque todo está muy tranquilo, la versión oficial se halla custodiada por cientos de policías, es impactante ver a la gente montada entre las rejas y los agentes tomándole fotos a las esculturas.
Pensé que las víspera de navidad el zócalo iba a estar vacío, no es así
Hay un montón de gente por todos lados, un gran árbol de navidad, los restaurantes abiertos. A mí me espera Víctor, un amigo de Liliana Jiménez afuera de no de los locales del Mayordomo. Por más que he buscado a las señoras gordas de brazos anchos y canastas llenas de sabroso chocolate, sólo encuentro estos locales del Mayordomo, donde sin duda hacen un buen chocolate, qué duda cabe, pero extraño a las señoras. Lo más cercano fue el chocolate que conseguí en el mercado, y aunque no está mal su sabor, no se acerca ni por tantito al que solían traer las señoras. Hace tiempo supe que un grupo de muges oaxaqueñas inició una empresa para llevar el chocolate a toda la Republicas y el mundo. Espero que por eso no estén aquí y no porque las hayan corrido.
Ya en casa de Liliana, en el pueblo de Atzompan, muy cerca de Monte Albán, las calles son de tierra, como en el Estado de México cuando o era niño. La cena consiste en costilla de ternera y mezcal casero. Las camionetas pasan por las veredas con su música tipo norteño y los fuegos artificiales se ven a lo lejos.
Al día siguiente viajo a Monte Albán en una bicicleta que me prestan los papás de mi amiga. El camino es pura subida, entre la sierra, así que me bajo y llevó la bici empujando, me encuentro con un señor que va rumbo a su pueblo. Conversamos un poco: “Vengo todavía pedo, y está pesada la subida”. Toma su derrotero y varios minutos más tarde llego a Monte Albán.
Monte Albán es un lugar enigmático. Un poco a la manera de una abuela que conserva algunas bellezas de mocedad y que lleva consigo un secreto muy importante. Teotihuacan por el contrario es un joven sacerdote dispuesto a develar los secretos del cosmos hasta hacerlos suyos.
Al salir pruebo a ir a toda velocidad en la bicicleta, con algunos autos que pasan raudos a mi lado. Pocas sensaciones son tan libertarias como la de ir sobre una siguiendo el trazo de las curvas, con el aire sobre el rostro. Tal vez porque ahí la muerte y la vida se trenzan en un amasiato intenso.
De ahí me dirijo al Zócalo por mi amigo Víctor Manuel González, alias El Violín, metonimia clásica entre los músicos, más clásica en un músico de orquesta. Lo encuentro afuera del restaurante El Jardín, la gente le avienta dinero desde el piso de arriba. Gracias a su virtuosidad nos invita comer Ignacio Toscano, promotor cultural y director del festival cultural instrumenta. De la mesa de al lado le piden una pieza más a El Violín, se trata de la cantante Lila Downs y su esposo Paul Cohen.
Víctor yo nos dedicamos a pasear por el centro y a buscar alemanas locas. Más tarde volvemos a tocar, como no tenemos nada ensamblado, decidimos abordar cada quien un restaurante.
Apenas el primer tema en mi saxo soprano y un tipo afable y sonriente me pregunta si ya cené. Le digo que no y con la mano me hace la indicación para que me siente. Le hablo a El Violín y también es invitado a acompañarnos. Es un chihuahuense, estudió ingeniería geofísica “pero construyo carreteras porque de algo hay que ganarse la vida”. Rondará los cincuenta o sesenta (si es esto último, se conserva muy bien). De joven tuvo un grupo de rock, en Oaxaca, Eufonía, y de ahí fueron a Televisa, pero terminaron asqueados del mundo de la farándula. Es la viva imagen de Bob Dylan, delgado, con el rostro enjuto y el cabello ondulado, a momentos rizado con desparpajo y una mirada medio tierna, medio dura y muy profunda.
Nos despedimos de Dylan y seguimos like a rolling stone.
Al otro día nos volvemos a encontrar a Ignacio Toscano. Es un tipo amabilísimo y con un trato exquisito, nos consigue trabajo en la presentación de la revista El Alcaraván, uno de los proyectos fundados y refundados por Francisco Toledo. Es al día siguiente, a las ocho de la noche, así que El Violín y yo debemos preocuparnos de montar un repertorio conjunto.
Es 27 de noviembre, despertamos alrededor del mediodía los papás de Liliana nos invitan a desayunar. Atzompa es un pueblo como los del Estado de México en mi infancia, con casas construidas por el maestro albañil y no por arquitectos, sin pavimento, sólo tierra y sierra, nada más.
Los señores nos invitan a unos quince años donde el Papá de Liliana será el padrino. Aceptamos gustosos la oportunidad de presenciar una fiesta en un sitio como este. Partimos hacia las dos en la batea de una cuatro por cuatro junto con m la banda de alientos, subimos una pendiente casi vertical. Arribamos a la casa. El patio es un jacal. La banda comienza a tocar. La quinceañera pasa vivaracha y feliz. Nos sentamos. Es visible que en Atzompa la división entre hombres y mujeres aún es muy marcada

miércoles, 21 de enero de 2009

Retrato de tupsi pop con lìneas paralelas, abismo en el sol

Retrato de tupsi pop con líneas paralelas
Benjamín García

Ella es la mujer de mi vida. Ahora viaja por la línea siete del Metro. Abordó en Barranca del muerto y viaja hacia Tacubaya. Lleva su vestido rojo. Ninguna mujer usa hoy un vestido, y menos de color rojo. Lleva un libro de Alfonsina Storni pero no va leyendo, va atenta a las ventanillas de la puerta del vagón.
Hurga su nariz para extraer un moco. De pronto se da cuenta de que la gente la observa y suelta una carcajada. La señora que va en el asiento solitario de enfrente piensa: “Muchacha loca”.
Ella sigue con sus pensamientos. Quiere ver una película, una vieja: Abre los ojos, The Rocky Horror Picture Show, o Casa Blanca. Siempre le ha gustado Humprey Bogart, si lo tuviera enfrente le daría un beso y le diría: “Ya quita esa cara, ¿te cayó mal la comida o qué?”. Se vuelve a reír, con los labios apenas abiertos, como cuando tenía cuatro años y su mamá llegaba de trabajar con una caja de chocolate amargo, le daban ganas de aplaudir, pero sólo sonreía con discreción, sabía que así mamá no le impediría tomar más de un chocolate.
Los hombres la miran y ella lo sabe, lo sabe sin darse cuenta, como algo que ocurre todos los días y por lo cual no tiene importancia. La miran con deseo y extrañados al mismo tiempo. Es un ángel de vestido rojo y tenis blancos, de cabello lacio, delgado y por debajo de los hombros; de ojos claros, cafés y pequeños como dos almendras. No usa maquillaje ni reloj ni pulseras y menos anillos
Ella es la mujer con la que siempre soné: escueta y soñadora, un sueño que sueña, mitad esclava y mitad princesa. Se le humedecen los ojos con las canciones de Silvio Rodríguez, detesta a George Bush y aunque aceptaría encantada de la vida una cita con Mario Benedetti a veces le parece algo cursi.
Al pasar por Mixcoac piensa en los egipcios, en Oriente, en los mundos mágicos. No es religiosa pero cree en la magia, en las fuerzas ocultas, alguna vez oyó que cierto pensador dijo: “Las mujeres son de un terrible metafísico”. “Ha de ser cierto”, piensa, pues cree en el destino, no en uno ya trazado donde ya no se puede elegir, simplemente en que las cosas pasan por algo, en que todo lo que debe de llegar ha de hacerlo.
Extrae una paleta su mochila. La mira asombrada cual tuviese un tesoro muy apreciado, como a los seis años cuando iba a visitar a la abuela y ésta le daba la llave del ropero. La abuela, esa mujer que fue perdiendo la memoria y se extraviaba en las calles de la colina para regresar por las noches del brazo de algún guapo, amable y compadecido muchacho.
Una lágrima quisiera escurrirle, pero vuelve a mirar su paleta con deleite y alegría. Va quitando la envoltura con parsimonia intensa. Las puertas del vagón permanecen abiertas. Sus ojos castaños chocan con otros ojos castaños mientras acerca la paleta a su boca. Todas las miradas masculinas convergen en ella, anhelantes y mórbidas, con envidia, no de la paleta: del hombre que ella mira y a quien le quita la envoltura para luego degustar con similar deleite. Ella ve al turbado chico, guapo, sin duda, con unos labios gruesos y mordisqueables.
Él no soporta esos ojos castaños, su fuerza, su energía, esa vibración visual, se da la vuelta, no puede más, inclina la cerviz como un tigre vencido por un venado.
“Lástima”, reflexiona ella. No era necesario que él le hablara, le parece ridículo esperar el primer paso de ellos, ella misma pudo haberlo hecho, pero le gustan las miradas francas, directas.
Ella es la mujer de mi vida. Las puertas cierran. Ya casi llega al centro chicloso de la paleta. El Tigre va arrepentido de no haber podido sostener la mirada. Mi chica está por llegar a Tacubaya. Yo también.
Subí en Chilpancingo. He pensado en ella desde esa estación hasta Tacubaya, en sus mohines, sus tenis blancos y el vestido rojo. Y en las líneas paralelas, esas que normalmente imaginamos corriendo en la misma dirección pero que pueden ir, una hacia la derecha, otra a la izquierda; no importa, jamás van a cruzarse. Y yo voy a transbordar hacia la línea siete; ella a la línea nueve, y no habrá un puente, una línea recta más entre esas dos que nos permita escapar de nuestro paralelismo.
Yo llevo mi paleta redonda. Soy salvaje, no soporto muco tiempo antes de morderla.
En algún momento pasaremos un casi al lado de otro, entre personas, familias, historias, narraciones humanas repetidas una y otra vez, y tiendas, periodiqueros, partículas de oxígeno, nitrógeno y ozono urbano.
Ella es la mujer de mi vida. Y si las matemáticas no se transforman seguiremos transcurriendo en nuestras rectas sin intersectarnos.
Ella es la mujer en cuyos brazos siempre he anhelado morir. Todos mis objetivos, todas las mujeres con quienes he estado, todos mis amores y todo el dolor de mi alma sólo han sido preparaciones para estar con ella. Y a pesar de ello cada quien va ir rumbo a su dirección, sin saber nada del otro. La vida va a continuar. Conoceremos a alguien, nos enamoraremos, nos abandonarán, reflexionaremos sobre el amor, la inutilidad de la vida, la voracidad del tiempo… y ni la muerte podrá torcer estas líneas paralelas.
Ella es la mujer… y esta no es mi vida.

martes, 20 de enero de 2009

El tiempo es un ave

La llorona, abismoenelsol

La llorona

Benjamín García

Andaba la llorona junto al río
Muy oronda daba gritos
Yo reía por los nervios
Y ella olió mi presencia
“¿Qué me ves gran pendejo?”
Lo zopenca y arrugada
Los pies callosos por el agua
No sé si por delirio
O de tanto chillar
“Pero qué sabes de desgracia hijoputa”
Puta es la madre en el seno propio
El imbécil olvida rápido
Nunca se olvida cariño hermoso
Acaso se aprende a o recordar
Al volver al llanto me provocó ternura
Y fui extendiendo mis brazos
Yo con frío y ella con muina
La mañana traía un adiós clavado
En mis dedos aroma camposanto
Y sonrío flores ahogadas
Ya en el pueblo vecinos y ojos
¡Mis hijos! ¡Mi vieja!
¡Pinche llorona hija de la chingada!
¡Ni así veras llorar pendeja!
¿Qué sabes tu del final”

poemas de Gonzalo Rojas y Jaime Sabines, abismo en el sol

El llamado

Gonzalo Rojas

Es noche, tal silencio
que si Dios parpadeara lo oyera. Yo paseo.
En la selva, mis plantas
pisan la hierba fresca que salpica rocío.
Las estrellas me hablan, y me beso los dedos,
finos de luna blanca.
De pronto soy herida...
y el corazón se para,
se enroscan mis cabellos,
mis espaldas se agrandan,
oh, mis dedos florecen,
mis miembros echan alas,
voy a morir ahogada por luces y fragancias...
Es que en medio de la selva,
tu dulce voz me llama.

Voy a dormir
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...


Viaje
Hoy me mira la luna
blanca y desmesurada.
Es la misma de anoche,
la misma de mañana.
Pero es otra, que nunca
fue tan grande y tan pálida.
Tiemblo como las luces
tiemblan sobre las aguas.
Tiemblo como en los ojos
suelen temblar las lágrimas.
Tiemblo como en las carnes
sabe temblar el alma.
¡Oh! la luna ha movido
sus dos labios de plata.
¡Oh! la luna me ha dicho
las tres viejas palabras:
«Muerte, amor y misterio...»
¡Oh, mis carnes se acaban!
Sobre las carnes muertas
alma mía se enarca.
Alma -gato nocturno-
sobre la luna salta.
Va por los cielos largos
triste y acurrucada.
Va por los cielos largos
sobre la luna blanca

Oscuridad Hermosa
de Gonzalo Rojas


Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humano
te he sentido.

Palpitante,
no sé si como sangre o como nube
errante,
por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,
oscuridad que baja, corriste, centelleante.

Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible, tan hermosa
que todo cuanto existe,
para mí, sin tu llama, no existiera.
Jaime Sabines

YO NO LO SÉ DE CIERTO...

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

abismo en el sol

sábado, 10 de enero de 2009

Ilich

obsidiana y chocolate

Obsidiana y chocolate

Tez de chocolate
Para morderla cuando el frío
Arrecia en la noche de Oaxaca
Lunares en el rostro
Constelación para guiarse
En la geografía cálida de su cuerpo
Labios amoratados cual hubiese vino
En todo el perímetro de su boca
Para mezclarlos con la sangre
Mezcal fresco al unísono
Como sus pupilas obsidianas
Inquieto fulgor de barro
Sus pechos
Fuente de las diosas
Que dan vida
Y la acaban
Quien fuera el mezcal de su vientre
Que destila mariposas y palabras

Foto

Henry Miller, un hombre enamorado, abismo en el sol

Miller: un hombre enamorado

Benjamín García



Henry Miller es un amante. Así lo demuestra en su obra generada a partir de su propia biografía y de su encuentro con June Mansfield, inmortalizada como Mona en la Trilogía rosada (Sexus, Plexus, Nexus) y los Trópicos (de Cáncer y de Capricornio): “Me decía una y otra vez que, si un hombre, un hombre sincero y desesperado como yo, ama a una mujer con todo su corazón, si está dispuesto a cortarse las orejas y enviárselas por correo, si es capaz de sacarse la sangre del corazón y volcarla en el papel, saturar a esa mujer con su necesidad y anhelo, asediarla eternamente, no puede ser que ella lo rechace. El hombre más feo, más débil, el hombre más indigno, ha de triunfar por fuerza, si está dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre. Ninguna mujer puede rechazar el don del amor absoluto”. (P. 12 Sexus)
Para el muchacho de Brooklin no hay medias tintas, la vida debe asumirse, darse en y con ella. El amor sólo puede ser algo similar. Y aunque el amor es deseo no se agota ahí. El escritor recorre las calles de los Estados Unidos, de Francia y otros lugres del mundo encontrando un caudal de sexo. Cabe destacar que Miller no corre desesperadamente hacia el sexo, éste se presenta y él lo toma como quien coge una manzana del frutero.
Para él rendirse absoluta e incondicionalmente a la mujer que se ama es romper todas las ataduras; salvo el deseo de no perderla que es la más terrible de todas.
Amar es una constante contradicción que lo mismo genera libertad que posesión, el autor lo sabe. A cada momento vivió bajo el acecho de la perdida. Mona, una mujer inatrapable, enigmática, en alguna obra aclara que la llamó Mona en sus libros por representar a “la única”. Es de suponer que por la misma razón se refiere constantemente a Una Gifford, una chia que lo deja prendado en su temprana juventud y a quien no fue capaz de confesarle su ardoroso amor. Más tarde el sospecharía que ella sólo esperaba una palabra para irse con él, le faltó valor.
El amor verdadero implica una profunda transformación en la persona: “Nada va a cambiar, excepto yo mismo.” P. 10 Sexus.
El amor, un amor que se abre a la aceptación de la vida, un amor que no acaba con los temores sino con el enfoque hacia la vida. Mona-June representa para Henry el abandono de toda su vida anterior para renacer en el disfraz de un escritor. El cuenta así ese momento:
De repente, la siento llegar. Vuelvo la cabeza. Sí, ahí viene de frente, con las alas despegadas y los ojos brillantes. Ahora veo por primera vez qué tipo tiene. Avanza como un ave, un ave humana envuelta en una gran piel suave. El motor va a todo vapor: siento ganas de gritar, de dar un bocinazo que haga aguzar el oído al mundo entero. ¡Qué manera de nadar! No es una manera de nadar, sino de deslizarse. Alta, majestuosa, llenita, dueña de sí misma, corta el humo y el jazz y el resplandor de la luz roja como la reina madre de todas las lúbricas putas de Babilonia. (…)
Es el momento del éxtasis y el detonante de los relatos de Henry Miller, pues sin Mona, Miller habría permanecido extraviado:
Se puede esperar toda una vida por un momento así. La mujer que esperabas conocer está ahora sentada frente a ti, y habla y tiene el mismo aspecto que la persona con quien soñabas. Pero lo más extraño de todo es que nunca antes te habías dado cuenta de que habías soñado con ella. Todo tu pasado es como haber estado durmiendo durante mucho tiempo y no lo habrías recordado, si no hubieras soñado. Y también el sueño podría haber quedado olvidado, si no hubiese habido memoria, pero el recuerdo está ahí, en la sangre, y la sangre es como un océano en que todo se ve arrastrado, salvo lo que es nuevo y más sustancial incluso que la vida: LA REALIDAD.. (p. 324-325 Trópico de Capricornio)
En la obra Mona es vista como un ser angélico, se presenta como la salvación ante la vida para Miller. Al conocerla ella le propone abandonar la compañía de telégrafos donde trabaja para dedicarse sólo a escribir. Él no sólo abandona su trabajo, se separa también de su primera esposa.
El odio que llega a concebir Miller por esa primera esposa es tremendo y a la vez explicable. Hay un momento en que Mona está enferma, Maude y Miller ya están separados, hacen el amor, una vecina llega y se forma un menage a trois, por primera vez Miller nota a su esposa entregada: “Quizá le entrara en la cabeza por primera vez que la posesión no es nada, si no puedes entregarte”.
En nuestra cultura occidental la infidelidad se ve no desde el punto de quien la comete, sino de quien, supuestamente, la recibe. Acostarse con una persona que no es la pareja es acostarse con otro, con lo diferente. La pareja se siente agredida, engañada. Se ha roto su posesión al haber un otro que posee lo suyo. Cuando Maude se da cuenta de que no posee a su marido, sólo entonces es capaz de darse por completo, una de las razones es que ya no hay miedo, ni siquiera el temor de perder a la persona amada, sólo hay entrega.
Con su vida y con su obra Miller intenta transmitir esa entrega. La renuncia a la vida es la apertura a la vida, así nos lo indica al principio de Trópico de Capricornio: “Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos”. (p. 11)

Más allá de las palabras

Hay un hilo tendido entre Henry Miller y Henry David Thoreau. Para el primero la conversación sólo es un pretexto para otras formas más sutiles de comunicación. Explica que de no suceder así, la conversación es algo muerto:
Si dos personas tienen interés en comunicar mutuamente, no importa lo más mínimo lo confusa que llegue a ser la conversación. Las personas que insisten en la claridad y la lógica con frecuencia no consiguen hacerse entender. Siempre están buscando un transmisor más perfecto, engañadas por la suposición de que la mente es el único instrumento para la transmisión del pensamiento. Cuando empiezas a hablar de verdad, te entregas. Arrojas las palabras precipitadamente, no las cuentas como monedas. No te preocupas de los errores gramaticales o factuales, de las contradicciones, de las mentiras, etc. Hablas. Si hablas con alguien que sepa escuchar, entiende perfectamente, aun cuando las palabras carezcan de sentido. Cuando esa clase de conversación se pone en marcha, se produce un enlace, independientemente de que hablas con un hombre o una mujer. Los hombres hablando con otros hombres necesitan esa clase de conversación tanto como las mujeres. Las parejas casadas raras veces disfrutan de esa clase de conversación, por razones que son más que evidentes. (p. 359-360 Sexus, Miller)
En su aventura de ermitaño en el bosque Walden, Thoreau comenta que mucha gente se imaginaba que su soledad era terrible, él explica que en realidad lo visitaban muchos hombre y mujere, por igual, pues les daba curiosidad su decisión de vivir en esa cabaña. Aun así descubrió un factor importante, cuando uno está cerca de la gente, uno busca a los demás, y estos a uno para platicar naderías. Quienes buscaban a nuestro ermitaño, lo hacían con la intención de comentar algo importante. Incluso Thoreau propone que una buena charla es aquella donde hay un río de por medio.
Una comunicación verdadera, una comunicación empática, donde lo que se dice no tiene los valores de verdad o mentira, no importa, la comunicación está más allá de todo eso.
De ahí la importancia del sexo descarnadazo y antiromántico que Miller vive, pues hay una disociación entre el pensamiento de una mujer y el pensamiento de su sexo, así lo expresa él:
Hay coños que ríen y coños que hablan; hay coños locos, histéricos, en forma de ocarinas y coños lujuriantes, sismográficos, que registran la subida y la bajada de la savia; hay coños caníbales que se abren de par en par como las mandíbulas de una ballena y te tragan vivo; hay también coños masoquistas que se cierran como las ostras y tienen conchas duras y quizá una perla o dos dentro; hay coños ditirámbicos que se ponen a bailar en cuanto se acerca el pene y se empapan de éxtasis; hay coños telegráficos que practican el código Morse y dejan la mente llena de puntos y rayas; hay coños políticos que están saturados de ideología y que niegan hasta la menopausia; hay coños vegetativos que no dan respuesta, a no ser que los extirpes de raíz; hay coños religiosos que huelen como los adventistas del Séptimo Día y están llenos de abalorios, gusanos, conchas de almeja, excrementos de oveja y de vez en cuando migas de pan; hay coños mamíferos que están equipados como yates, buenos para solitarios y epilépticos; hay coños angelicales en lo que puedes dejar caer estrellas fugaces sin causar el menor temblor; hay coños diversos que se resisten a cualquier clasificación y descripción, con los que te tropiezas una vez en la vida y que te dejan mustio y marcado; hay coños hechos de pura alegría que no tienen nombre ni antecedente y estos son los mejores de todos, pero ¿adónde han ido a parar?
Por último nos dice Val Miller que “existe el coño que lo es todo y a éste vamos a llamarlo supercoño, pues no es de esta tierra, sino de ese país radiante adonde hace mucho tiempo nos invitaron a huir”.
Hay una disociación entre el discurso que el hombre dice y el discurso que el hombre es. El autor cuenta sobre una época llena de moralina, en la cual el sexo se encuentra a la vuelta de cada esquina. Contrario a como pasa en nuestra época: se habla muco de sexo y pareciera que este pulula con tan sólo respirarlo, conforme alunas encuestas las parejas de una persona adulta no pasan de cinco o diez.
Por eso pese a ser un polígamo absoluto, Miller es un amante, uno verdadero. Su encuentro con Mona-Mara-June es para el una redención. El amor lo salva de la ignominia, de la ansiedad y lo sitúa en la plenitud de sus poderes humanos.


En las fuentes, Tomás Segovia, Abismo en el sol

EN LAS FUENTES
Tomás Segovia
Quién desteje el amor
Ése es quien me desteje
No es nadie
El amor se deshace solo
Como la trenza del río
destrenzada en el mar
No estoy de amor tejido
Estoy tejido de tejerlo
De sacar de mis íngrimos telares
Este despótico trabajo
Eternamente abandonando
el fleco que se aleja
A la disipación y su bostezo idiota
Y sólo escapo de su horror
Recogiéndome todo sin recelo
En el lugar donde nace la trama

jueves, 8 de enero de 2009

Lecciones de historia, abismo en el sol

Lecciones de historia volumen 1

En Pedregal 222
Las hojas bailan
Un fuego matrimonio
Los micos resbalan
Pedro Picapiedra
El más amable
De los fanfarrones
Ayer y hoy
En un segundo
Obreros lesionados
Y aventuras sin arena
Piedradura
Caerá un día