viernes, 22 de julio de 2016

Bajo el velo


Bajo el velo
Benjamín García 

No distinguir entre la ficción y la realidad es un problema grave; peor es confundir la libertad de un producto ficticio a partir de nuestros gustos. A mí no me gusta el fútbol, cada que descargo un podcast de algún programa de radio de mi preferencia, armo tremebundo berrinche cuando descubro un partido de fútbol. También odio el reggeaton, las telenovelas, los programas de Andrea Legarreta o Paty Chapoy; tampoco es de mi gusto la mayor parte de la música de banda; aun así, jamás prohibiría nada de eso, ¿por qué? Simple y sencillamente porque defiendo la libertad de expresión.
Si permitimos la censura, abrimos el camino a la supresión de las libertades fundamentales. 
Recientemente una parte de la población se enojó con Gerardo Ortiz, un cantante grupero, por un vídeo donde, en el marco de la diégesis, mata a su novia y a su amante. Al poco fue arrestado, acusado por apología del delito. Si a esas vamos, hay que retirar del mercado toda la obra del Marqués de Sade por incitar a la violación. Claro, no faltará quien diga "Pero hay un mundo de diferencia entre el Marqués y Ortiz", por supuesto, pero el punto es la libertad de decir lo que nos venga en gana. Ello no significa que estemos de acuerdo o que nos guste la historia. Sería como pensar que por ver Dragón Ball voy a creer que al enojarme voy a convertirme en un rubio súper poderoso.
El ex presidente Fox decía que leas mujeres eran "lavadoras de dos patas". Por supuesto, ello habla mal de él, pero en ningún momento se pensó en arrestarlo, que el señor padezca retraso mental no es motivo para suprimir su libertad de expresión. Los caricaturistas de Charlie Hebdó defendieron a ultranza su libertad de expresión y fueron masacrados por el fundamentalismo. 
No debemos practicar nosotros ese fundamentalismo. Hay que debatir, discutir, denunciar, nunca suprimir el ejercicio de la libertad de expresión.
A lo más, cuando algo no nos gusta, se le apaga a la tele oral radio, se tira el periódico a la basura, se dice a los niños: ese tipo está loco; y listo. 
El fascismo aprendió a disfrazarse de muchas maneras, una de ellas es bajo el velo de una supuesta justicia social.

Micro utopía

Micro utopía
Benjamín García 

Antaño las luchas sociales reivindicaban su derecho a quejarse. Ese derecho ha sido conquistado, tanto, que las marchas y los memes ya son parte del folclore mundial (un derivado de la globalización 80-90-revienta). Ahora se necesita acción, no un plan de acción.
Ello significa intervenir en la vida pública. La discusión sobre si participar o no en el parlamento ha quedado rebasada. Hoy día es menester participar en la vida comunitaria, tanto quien milita en una institución como quien milita en la calle. Por ejemplo, hacer vida barrial es hacer talleres de formación literaria, pictórica, musical (me encantaría que Bellavista, la colonia donde vivo, tuviera su orquesta, o su coro).
Las colonias más afectadas por la miseria pueden construir cooperativas o empresas, pueden hacerse acuerdos con las universidades para darles formación básica e intermedia en atención médica (de esa manera se evita que caigan en los sobadísimos productos milagro) y, además, se alivianaría la demanda en salud.
Las diferentes comunidades necesitan cultura (término siempre a discusión), entendida esta como arte, ciencia y política. Para construir ciudadanía necesitamos hacer partícipe al individuo de su circunstancia (Ortega y Gasset dixit), es decir, no aleccionarlo, no redimirlo, menos acarrearlo, sino dándole los instrumentos.
Por jugar con los términos, podría decirse que se trata de generar micro utopías: doña Chona convertida en maestra de doña Lupe y de don Cipriano; Juan, el que si pasó el examen de admisión, prepara a los que lo harán el siguiente año; el comité vecinal decide sobre el nuevo concurso de cuento; la junta de barrios decide cooperar para lanzar un nuevo satélite al espacio.
Imaginar, caminar y construir; ese debe ser nuestro plan de acción.