La traición de la carne
La traición de la carne Hace algunos años me aventuré a presagiar el fin de los esmirriados, en aquella época se había vuelto moda la bulimia, la anorexia, la obsesión con los cuerpos delgados; en suma, la industria de lo ligth: café descafeinado, leche ligera, cerveza sin alcohol. Me parecía que eso no podía resistir más, que las gruesas valquirias retomarían sus fueros e inundarían los cielos con su carnoso encarnar. A la vuelta de un par de décadas puedo observar que no me equivoqué, pero tampoco me asistió la razón. Por un tiempo la flacura extrema pareció alejarse, si bien las valquirias y los vikingos no volvieron a surcar los horizontes, al menos parecía que la obsesión espiritufláutica se borraba y daba paso a una diversidad de formas de habitar la carne y sus gustos y gozos. Pero la era cerda es sacrificial, parte de sus preceptos dicta que sin angustia no hay paraíso. Es como en esa famosa imagen de los lugares donde venden carnitas y chicharrón, uno puede ver...