La traición de la carne
La traición de la carne
Hace algunos años me aventuré a presagiar el fin de los
esmirriados, en aquella época se había vuelto moda la bulimia, la anorexia, la
obsesión con los cuerpos delgados; en suma, la industria de lo ligth: café
descafeinado, leche ligera, cerveza sin alcohol. Me parecía que eso no podía resistir
más, que las gruesas valquirias retomarían sus fueros e inundarían los cielos
con su carnoso encarnar.
A la vuelta de un par de décadas puedo observar que no me
equivoqué, pero tampoco me asistió la razón. Por un tiempo la flacura extrema
pareció alejarse, si bien las valquirias y los vikingos no volvieron a surcar
los horizontes, al menos parecía que la obsesión espiritufláutica se borraba y
daba paso a una diversidad de formas de habitar la carne y sus gustos y gozos. Pero
la era cerda es sacrificial, parte de sus preceptos dicta que sin angustia no
hay paraíso.
Es como en esa famosa imagen de los lugares donde venden carnitas
y chicharrón, uno puede ver al cerdo dentro de la cacerola, presuponemos que
hierve, que escuece, que su existencia se achicharrona mientras él nos sonríe y
vierte sobre sí el aceite burbujeante. De pronto, los cuerpos parecen agotados,
enfermos, pero las personas se visten con una sonrisa que parece decir: «Estoy
bien, incluso estoy mejor».
Me pregunto si detrás de ello no hay también un deseo
culpígeno, como no hemos logrado resolver la hambruna en diferentes lugares del
mundo, quizá es una forma de emparejar vidas.
Para darle fin a la era cerda tendremos que, como decía
algún heterónimo de Pessoa, extirpar la adquisición más reciente, en el caso de
él, proponía el cristianismo. La era cerda implica un retorno, sin duda, pero nunca
un retorno es un verdadero regreso a lo mismo, el reto es averiguar cuáles han
sido tales adquisiciones recientes, probablemente esa angustia, eso que hace
unos años se determinó como “sad”, no una melancolía profunda, sino una forma
de estar en la contemplación pueril. Desterrar al puerco para recuperar al
cerdo, dejar de sonreír ante el caldero y mostrar las fauces de quien sabe
devorarse en vida.
Big Ben
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