Rodolfo, El Rojo
Benjamín García
“Es un gordo detestable”, dijo él. Los demás lo vieron azorados, ¿cómo se atrevía a hablar de esa manera del jefe? “No podemos seguir así, hay que hacer algo. Con el pretexto de las festividades ha monopolizado la producción y ha esclavizado a todo el Polo Norte. He platicado con los duendes, llevan años trabajando para él, sin descanso, apenas les da para comer. Hay uno de ellos, Grinch, ¿lo han oído?
El viento gélido silbaba tétricamente. Los demás lo vieron escépticos. Tenían frío, no como lo tendría un visitante: tembloroso y maldiciendo su suerte de estar ahí, ellos estaban acostumbrados. El frío jugaba a matarlos y ellos jugaban a no morirse. La voz de él era como un pequeño incendio en medio de la tundra.
El más veloz de los renos lo encaró: “Él manda, es el jefe. Es más fuerte o más listo. No lo sé. Pero cada vez que hemos intentado liberarnos sólo hemos acabado de peor manera. La revuelta de Tintineador, ¿todos lo recuerdan? Cuando aún eras chico, Rodolfo, no sirvió sino para hacernos caer. Teníamos privilegios por sobre los duendes. Claro que el Grinch, el Dunch y el Duch y no sé cuántos advenedizos han hablado en contra o a su favor, pero todo sigue igual. ¡Deja de pensar tonterías! Piensa en hacer bien tu trabajo, esa es la manera de ayudar a los demás”.
Era muy difícil salir del Polo Norte sin vehículos y provisiones. A quien intentaba abandonar la Villa Polar por sus propios medios le aguardaba una muerte inclementemente fría. O se enfrentaba a Nicolá, quien se hacía llamar El Zar de La Navidad, o huían, para lo cual necesitaban convencer a los renos. Nadie confiaba en ellos, casi todos obedecían ciegamente a Nicolá. Los que no lo obedecían ciegamente lo obedecían de todos modos. Nicolá había creado una jerarquía privilegiada, como todas las jerarquías: ser reno del trineo acarreaba muchos favores. Los renos viejos, incapaces de develar que su vida no había servido para nada, se regocijaban en contar las leyendas de sus viajes por el mundo. Los jóvenes, por su parte, soñaban todo el tiempo con formar parte del equipo del trineo.
Rodolfo Calló, por ese día. Fue a reunirse con los duendes de Irlanda. A ellos los habían atrapado en su tierra los ayudantes de Nicolá.
Les decían Los Erizos por sus vellos abundantes y rectos. Acostumbrados a la resistencia y a la clandestinidad, desde su arribo comenzaron las tareas para que el secuestro resultara contraproducente. Tomaban fotos, notas y las enviaban a escondidas. Sobre todo a Arabia, en espera de movilizar a las fuerzas de Los Reyes Magos. El Grinch no confiaba en Los Reyes y discutía a menudo al respecto con los erizos.
Él y Uladol agitaban a los demás. El Grinch argumentaba: ¿Quién produce? Nosotros, nosotros hacemos todo y ése haragán sólo llena la panza y nos esclaviza. Si no trabajamos no hay Navidad, mejor dicho: O la Navidad es eterna o no es Navidad.
Esa consigna conmovió a los jóvenes duendes y a algunos renos, como Rodolfo, a quien, gracias a su participación en los debates, comenzaron a llamar Rodolfo, El Rojo, aunque nunca se supo bien si por su cercanía con los duendes que se distinguían por usar tal color, o por su nariz, que casi siempre lucía de ese tono por su afecto a beber licor de pino para soportar el frío.
—Hay que obligarlos entonces. Si matamos al gordo todo se derrumba, nos haremos cargo de la navidad y obligaremos a los renos a abrir los ojos.
—¿No es excesivo? ¿Una muerte para salvar La Navidad?
—No hay otra forma, no lo vamos a convencer con bonitos discursos ni nos va a dar nuestra libertad como regalo de Navidad. Además, el se ostenta por todo el orbe como estandarte de La Navidad. ¡Ha vendido La Navidad! Debemos recobrarla.
Demasiado…
Demasiado joven. Demasiado viejo. La combinación no daba como termino medio la fortaleza y la madurez. Renaro y Rodolfo eran los dos únicos renos verdaderamente convencidos de que la situación debía cambiar. La Navidad no podía seguir significando el secuestro de gnomos de todas partes del mundo y la esclavitud de los renos. No sólo ellos se daban cuenta, pero a la mayor parte les hacía falta valor o se conformaban con una buena ración de heno polar, manjar inexistente en alguna otra parte del mundo.
Demasiado viejo. Renaro, veterano de los viajes por el mundo, de las exploraciones cuando Nicolá comenzó la conquista del Polo Norte, no contaba ya con fuerzas para hacer el viaje: moriría, él estaba dispuesto, pero tácticamente no resultaba conveniente. Así lo dijo Erick, de los gnomos erizos: “No lo tome a mal, viejo, si usted muere, la responsabilidad de El Rojo es seguir adelante; no lo hará, es un romántico, no un soldado, terminarían por morir los dos en medio de la nieve. Y, si Rodolfo muriese, aún contaremos con su experiencia”.
Renaro dilucidó las razones de Erick. Un tibio vaho expelía de su nariz. “Llamen a Rodolfo”.
Demasiado joven. Y ahí estaba, perdido, hambriento. Rodolfo era un reno fuerte, con las corvas macizas, un lomo amplio y recio y un pelaje resplandeciente. Mas le faltaba algún tiempo para llegar a la plenitud de sus fuerzas. Voluntad no, ésta le sobraba. Cayó sobre la nieve: “No puedo morir, me necesitan”.
Doble bola
Cuando Rodolfo despertó se encontraba calientito y sobre un camastro de heno, muy cómodo. Después de todo, a los renos los apodaban “los exquisitos” por ser delicados y dados a la buena vida, hasta el más salvaje de ellos disfrutaba con una mullida cama.
A su lado reposaba una sopa humeante, sopa de harina de pino, un manjar. Súbitamente una idea perturbó a Rodolfo, ¿quién era su benefactor? Estableció hipótesis, una, en particular, lo asustó mucho: Tal vez se encontraba en alguna casa de Nicolá, quizá el buen trato era una forma de tortura: “Los erizos dicen que la tortura agresiva es fuerte y difícil de soportar; pero que es casi imposible resistirse a la tortura blanda: te dan regalos, mimos, cariños, y puedes hacer todo lo que te venga en gana, menos atizarle al jefe”.
“¿Quién se resiste? Claro, en el fondo vivirás siempre con la marca de traidor. No habrá vuelta atrás, por eso es la peor de las torturas”. Eso pensaba cuando apareció un doble bola, un modelo viejo, pues no los había visto con sombrero, botones, bufanda, guantes y un bolso muy bonito que parecía ser de piel.
—Hola —dijo el doble bola—, ¿cómo te encuentras?
—Bien, creo, ¿quién eres? ¿Un agente de Nicolá?
—El doble bola se carcajeó estridentemente; al hacerlo sujetaba su barriga y se balanceaba de atrás hacia delante, una y otra vez.
—Solía serlo —respondió.
Rodolfo se sobresaltó. Tensó sus músculos y sintió calor y dolor al mismo tiempo.
—Solía serlo —repitió el doble bola— hasta que descubrí la verdad. Tú eres joven, los venados no viven tanto como un doble bola; es decir, tanto como vivía un doble bola.
—¿Cuánto vive un doble bola?
—¿Ahora? Ciento veinte años, más o menos. Ya sé, vas a preguntar cuánto vivíamos antes, no lo hagas, soy muy viejo.
—No lo pareces.
—¡Por supuesto que no!
—Perdón, déjame adivinar, tienes doscientos años.
“Ja, ja”, se volvió a reír el doble bola y se balanceó de nuevo. Acercó a Rodolfo una taza de chocolate.
—Es del mejor chocolate que hay —dijo el doble bola—, de Oaxaca.
—¿Oaxaca?
—Una ciudad mexicana, no la conoces porque eres joven. Es una lástima.
—Aún puedo ir.
—No, no puedes y no me refería a eso, es una lástima que los doble bola no podamos beber chocolate caliente, nos contentamos con olerlo
Rodolfo bebió. Un calor delicioso entró a su cuerpo. Con sus redondos y cafés ojos vio al doble bola. Lo escudriñó: un tipo afable, aunque algunas líneas delataban un poco su edad y el trayecto de su vida.
—¿Así que solías trabajar para Nicolá?
—Hace más de cien años hubo una revuelta de doble bolas, duendes, renos y hombres. Los más indignados éramos los doble bola. Somos más viejos que La Navidad misma, casi más que el hombre, sólo que no poseemos su capacidad para adaptarse a cualquier lugar de la tierra. Vimos el desarrollo del hombre de lejos, los duendes nos contaban lo que ocurría en el mundo. Los doble bola, los renos, los duendes y gnomos hemos compartido desde tiempos inmemoriales una visión fraterna, nos consideramos parte de lo uno, de lo único. Lo uno es único, pero somos nosotros quien conformamos a lo único. Entendemos a la naturaleza. Uno que vive se come a otro que vive, es un poco inevitable, todos comemos vida. La vida es redundante. Eso no nos ocasiona ningún problema; pero, ¡atención!, no significa que permitamos todo. Hay una diferencia entre alimentarse y asesinar. La diferencia sólo es posible en alguien que sabe. Los doble bola sabemos, los renos saben, los gnomos saben.
—¿Qué es lo que sabemos?
—El lugar. Yo no busco matar a nadie. Sólo lo hago si es necesario.
—¿Ni a Nicolá?
—Pon atención, he dicho: si no es necesario. A ningún ser vivo, pero, mucho menos a un igual. Somos tan inquietos como el hombre en nuestro deseo de conocer, a veces también somos mezquinos, ingratos y aun traidores. Pero no deseamos dominar en lo absoluto. Nosotros vimos ese deseo en el hombre, optamos por mantenernos a distancia.
—¿No fue un error? Tal vez habrían podido educar al hombre.
“Ja, ja”. Se carcajeó el doble bola y se balanceó.
—Eres listo chico: escucha, en esta vida hay que comprender las diferencias, hazlo y serás un reno sabio: una cosa es no ser malo; otra es no ser malicioso. No ser malo es algo bueno. No ser malicioso es muy malo.
Rodolfo permaneció perplejo. Le simpatizaba el doble bola, mas no comprendía bien sus palabras. Había entendido que mucho del pasado había sido oculto. Pero la verdad no había desaparecido, no, muy a su pesar Nicolá sólo mantenía dominado al Polo Norte, en el resto del mundo había razas que conocían la historia; además había otro Polo, Rodolfo no sabía por qué, pero se hallaba seguro de que ahí no había un Nicolá.
—Escucha hijo, por arriba jamás llegarás a Oriente. Hay otro camino, ¿nadie te lo dijo?
—No. Todos los renos sabemos volar, eso creo, yo nunca lo he hecho.
El doble bola sonrió.
—Ningún reno puede volar, esa es una fantasía inventada por Nicolá. Él sólo ha hecho un par de viajes por el mundo, y jamás lo recorrió completo. Él se valía de la ayuda de duendes, renos, doble bolas y gente del mundo. Después se negaron al ver sus intenciones, quería, quiere se el gobernador del mundo. Tú creciste admirando a Nicolá, ahora sabes quién es en verdad, pero, hace unos años, ¿te hubieras opuesto a que Nicolá gobernara al mundo? No respondas, sé lo que vas a decir.
El doble bola se paseó por la cueva, de su bolso extrajo una pipa de madera.
—El único calor que soportamos los doble bola es el del humo, por eso casi todos fumamos pipa, es muy confortable sentir el humo en nuestras células de hielo.
Siguió dando vueltas y, mientras lo hacía, le explicó a Rodolfo que debía reunirse con los Reyes para planear la estrategia y conseguir los recursos para la rebelión.
Dos días después Rodolfo se despidió del doble bola y partió hacia la zona de las auroras, donde se hallaba el mar.
Hielo calido
Un bloque de hielo gigantesco, tan blanco que parecía imposible, surgido más bien de un sueño, pero no, nadie podía imaginar tanto blanco. Rodolfo jamás había visto un diamante pero había escuchado de ellos: “Así deben ser”, pensó al ser deslumbrado por el fulgor. Sus ojos centellearon. El doble bola le había dicho que ahí lo iban a esperar: “Jamás llegarás a Oriente a pie, a pata, es decir. Ahí habrá un contacto”.
Del bloque de hielo se desprendió un pedazo. Rodolfo vio que el fragmento se dirigía hacia él. El iceberg tenía grabada una estrella con una luz roja y al lado una luna del mismo color. A la orilla arribó el trozo de hielo. Era más grande de lo que Rodolfo había imaginado, como del tamaño de una cueva para unos cinco renos. Rodolfo se acercó a él. También podía verse el grabado de la estrella y la luna. El bloque cambio su color blanquiazul por uno gris plomizo. Se abrió una compuerta. Rodolfo pudo percibir el destello de dos ojos.
De súbito, Rodolfo tuvo una visión, como si el hielo formase una silueta. Sintió un aire frío, seco y, curiosamente, en su interior hubo tal calor que casi comenzó a sudar.
“Bienvenido, tú debes ser Rodolfo”. Asustado se frotó los ojos, frente a él pudo ver a una mujer de hielo o de crista..
No te asuste, me conocen como Mary Clause. Antaño Nicolá y yo fuimos amigos, hasta su traición.
—¿Cómo sabías que yo estaría aquí?
El hada sonrió, por un poco estuvo a punto de reír abiertamente.
—Nicolá les evita conocer todo lo que pasa en el exterior, viven uno o dos siglos atrás. Ahora existen teléfonos, aparatos que sirven para hablar a distancia.
—¿Magia?
—Parece magia, no lo es. Lo irás descubriendo poco a poco. Caminemos. Voy a llevarte al bloque de hielo. En realidad no es hielo, es una máquina flotante, una base espía de los Reyes de Oriente. Has de saber que no son reyes, detestan a los monarcas y las fábulas de los buenos reyes, son luchadores, como tú, pero ni modo, así los conocen.
Hasta entonces Rodolfo no había sido conciente de su nueva condición. Al principio todo había sido lento, llegó a pensar que imposible. Nadie le hacía caso, sus compañeros renos a veces se mofaban, o lo ignoraban, o lo creían peligroso. Los duendes desconfiaban de él, un poco por su juventud y, principalmente, porque los renos les parecían seres proclives a la traición.
Ahora estaba ahí, sin punto de retorno. Había desertado de ARMI (asociación de renos y marsupiales internacionales, por cierto que jamás había conocido a un marsupial). Cuando preguntó le dijeron que eran como renos aptos para climas cálidos. Sólo eso. Tampoco nadie supo decirle si lo de internacional era porque había más renos en el resto del mundo.
Mary Clause llevó a Rodolfo al buque de hielo. Le costó trabajo entrar, se resbalaba y Mary Clause debía sujetarlo. Cuando logró ingresar quedó absolutamente deslumbrado, desde adentro podía verse hacia fuera, casi como ir sobrevolando el mar. Había muchas máquinas de vivos colores y muchos duendes que Rodolfo no atinaba a pensar de dónde habían salido.
Súbitamente escuchó una voz cálida y firme: “¡Alto!”
—Rodolfo —dijo Mary Clause—, te presento al Capitán Cascanueces.
—Cascanueces —respondió el reno—, pensé que había muerto en las cumbres heladas.
—La verdad es como el blanco del Polo Norte —indicó el soldadito—, ¿sabes que ese color es la combinación de todos los colores? Si giras un disco con los colores del arco iris a toda velocidad, ese disco se verá de color blanco. Nicolá hace girar al Polo Norte como ese disco, cuando detengamos su máquina volverá el arco iris.
—¿Qué es el arco iris?
En ese momento un duende frenó su marcha incesante, palmeó con sus manos, al separarlas surgió un arco que comenzó a brillar.
—Los duendes gnomos —enunció a Rodolfo— estamos en relación con el arco iris, tal vez hayas oído decir que al final del arco está la olla del duende, ese refrán que se usa para indicar que tras el problema viene la recompensa surge de nuestra tradición de colocar un premio al final del arco iris.
Rodolfo recordaba las palabras de Eric. No confiaba por completo en los Reyes Magos, ni en Mary Clause, después de todo había sido la esposa de su enemigo. ¿Había otras salida? No debía arriesgarse, Nicolá había usurpado La Navidad.
Había muchos soldaditos de plomo. Todos armados. Hasta ese momento Rodolfo no se había detenido a pensar en la forma de parar a Nicolá, conocía tan sólo la fuerte necesidad de hacerlo.
—¿Con armas?
—El soldadito y Mar Clause se miraron extrañados. Fue ella quien comprendió.
—Rodolfo, debes estar completamente conciente, una lucha no rehace por las buenas. Nicolá no va a devolvernos la Navidad fácilmente.
—Armas —repitió Rodolfo.
En Villaclause jamás se veía la muerte. Tal vez por eso se le temía y al mismo tiempo resultaba indiferente. Cuando alguien se acercaba a una edad avanzada, se le recluía en el anexo del taller de juguetes y no volvía a saberse de esa persona.
Por medio d la pantalla Rodolfo pudo conocer a los Reyes Magos. Parecía muy jóvenes, barbados como los dibujaban, pero lozanos, frescos, con los ojos llenos de travesura y picardía.
Fue el rey negro quien habló con Rodolfo:
—Hola, Rojo, disculpa que usemos estos medios, es por seguridad y estamos algo ocupados. Mary Clause nos ha contado sobre ti y sobre tus inquietudes. Escucha y después pregunta cuanto quieras: Hace mucho tiempo un grupo de hombres vio al mundo lleno de avaricia, donde los animales eran matados sin razón, donde el hombre asesinaba al hombre por unos gramos de sal. Ese grupo decidió crear una especie de cofradía, un club, si prefieres llamarle así. En aquel entonces éramos veinte miembros, todos se dispersaron por el mundo para llevar un mensaje de amor y paz. Para dar a la gente las albricias de un nuevo año, un nuevo ciclo y una nueva oportunidad. Pero uno de los nuestros traicionó estos ideales. La Navidad se celebra en el mundo desde tiempos muy viejos, es la celebración de la vida, del renacimiento, de las nuevas hojas y de los nuevos tiempos. No puede pertenecerle a una persona o a un grupo. Nicolá traicionó sus principios, lo cual no puede ser, está mal, se apoderó de La Navidad, engañó a las personas, decidió comerciar con ella, la convirtió en un asunto de mercado, de competencia, de ganancia, mentira y simulación. Nosotros no podemos aceptarlo. Por eso hemos venido luchando para recuperar el verdadero sentido de La Navidad. Gracias a que hemos construido un grupo fuerte tenemos los recursos para apoyar las distintas luchas que hay en el mundo para ganar la Navidad, sin embargo, no podemos intervenir directamente, debes entender que es un principio, La Navidad no es una imposición de un pueblo sobre otro, surge de los ideales y necesidades de cada pueblo, sólo así se puede lograr una fraternidad internacional, nosotros tan sólo damos apoyo y recursos, que ya es bastante, pero no vamos a imponer nada.
Rodolfo escuchó cada palabra con atención, cuando el Rey le preguntó si deseaba saber algo más, no respondió, dio la vuelta y se dirigió a la salida. M. Clause lo siguió.
Una vez que descendieron del bloque de hielo, Rodolfo expresó sus inquietudes.
—No es posible Madame Clause, si no nos apoyan verdaderamente no vamos a triunfar.
—No te ofendas, padeces el síndrome del perdedor, quieres dar la batalla pero no crees ganarla. Debes de pensar en la derrota del enemigo. Tú puedes, ustedes pueden, nosotros podemos. La fuerza de Nicolá reside en sus tropas sólo en apariencia, en realidad no son tan numerosas, su poder reside sobre todo en el miedo, en la abulia de los habitantes de la Villa Polar. Por eso nos emociona tu participación, los más reticentes en toda Villa Polar son los renos.
Rodolfo comprendía eso, mas no se hallaba seguro de que los demás renos se levantarían. Desconfiaba de su gusto por el confort y las prebendas.
Había pensado que los renos sólo despertarían cuando vieran a la Villa Polar libre, no antes. Tampoco había pensado en la sangre sobre la nieve. Habíase imaginado sólo una demostración de fuerza, y esa idea quedaba fuera si los Reyes Magos decidían apoyar de lejos.
—Mira Rodolfo, La Navidad no puede surgir de una imposición, eso es lo que ha hecho Nicolá. Y su recuperación sólo puede surgir de cada pueblo del mundo. Cada sito debe ser una parcela de Navidad, pero no obligando a los demás, tan solo podemos apoyarlos y en ese momento nos toca a nosotros ganar la primera batalla. En la medida en que un pueblo esté decidido a hacerlo nosotros podremos intervenir, no antes.
—Creí que sólo se trataba de liberar a la Villa Polar.
—Eso es un parte Rodolfo, La Navidad es mundial y su sentidota sido usurpado, no sólo la Villa Polar debe recobrarla, el mundo entero. Los Reyes Magos poco a poco han propiciado discusiones por todo el mundo, cada pueblo se va dando cuenta de lo que ha pasado, y todos confiamos en que la liberación de la Villa Polar creará un efecto en cadena.
El buen reno jamás había pensado en las dimensiones de La Navidad. Cierto, a menudo Nicolá se vanagloriaba ante los invitados a la Villa Polar: “La Navidad soy yo”. Y desde hacía años ya no había regalos, en realidad la Villa Polar fabricaba los juguetes y se exportaban al resto del mundo, a un precio especial pues portaban la leyenda: “Claus, Inc.”
Rodolfo no comprendía del todo, ¿por qué los Reyes Magos podían dar armas y apoyo logístico y no infantería? De una u otra forma había participación. “Peor, nada”, pensó. Ya no había vuelta atrás. Victoria o muerte, esas fueron las últimas palabras de Renaro cuando se quedó en un cabaña en medio del hielo. Ahora debía ir por los osos y por las focas. M. Clause había garantizado el triunfo si obtenía su apoyo: “Sólo esperan un grito para alzarse”, así lo había afirmado.
Rabiosos
Hasta entonces Rodolfo sólo había visto las fotos de Nicolá al lado de los osos polares, Jamás había visto a un oso, aunque sabía que se comían a las focas, no comprendía, pues, cómo podían ser aliadas dos razas enemigas.
“Es muy simple, Rodolfo, ellos no aceptaron la autoridad de Nicolá, así que los expulsó de la Villa Polar y los envió a las zonas más frías. Desde entonces no hubo comida para los osos, intentaron ser vegetarianos, pero sus organismos requieren carne. Comenzaron a comerse alas focas. Ellas también buscan la caída de Nicolá para entablar de nuevo la paz con los Osos. Antaño había un acuerdo: los osos se comían los cadáveres, así que cuando todos vivía juntos no faltaba el sustento, de vez en cuando las focas les conseguían peces. Quizá no suene muy agradable, pero se trataba de una medida razonable, les permitía convivir en armonía. Todo eso cambió con Nicolá”.
Rodolfo avanzaba sobre el trineo motorizado que le habían proporcionado los Reyes, entendió que la batalla no se ganaría sin organizarse: “Caminando hubiera muerto en este páramo congelado”. También le dieron un abrigo, uno especial para un venado de talla mediana como él. Llevaba igualmente una ración de pescado, era un presente para agradar al gran oso. “Antar”, así se llamaba y era el más viejo. Se decía que el primero en comerse viva a una foca.
Antar inspeccionó al venado. Un muchacho orgulloso, sin duda. Con su pelaje brillante y sus ojos cafés y nobles. La nariz roja era curiosa, lo mismo causaba gracia que lo hacia ver gallardo.
—Un reno, así que a Nicolá se le ha escapado un reno, se está haciendo viejo. Debes ser muy valiente, aquí cualquiera puede comerte, desde nuestra expulsión procuramos evitarnos para no comernos entre nosotros, pero nunca estamos tan lejos el uno del otro. Somos como el polvo: disperso y unido al mismo tiempo.
—Antar, yo vengo de Villa Polar ha traer un mensaje, el mensaje de La Navidad. Es hora de terminar con el reinado de Nicolá.
Antar sonrió con una mueca extraña, casi perversa. Y luego soltó una carcajada, una carcajada que no manifestaba alegría; muy estentórea, como desde las profundidades de un abismo.
—Nicolá es un hombre peligroso, pero sólo es eso, un hombre. No uno cualquiera, es cierto, pero de todos modos morirá, como tú y como yo. Lo que quiero decir es que Nicolá no es el problema, por tu trineo y tu abrigo intuyo que ya te has reunido con los Reyes. Deben haberte dicho que la Villa Polar es un símbolo, pero lo que está en juego es el mundo, la vida. Reyes, emperadores, autócratas, jefes, ha habido muchos. Y los habrá mientras la gente no comprenda ese sentido. ¿Estás dispuesto a incendiar la pradera? La tundra, debo decir. ¿Estás dispuesto a ver correr la sangre? Porque, amiguito, el discurso es el trasfondo de una lucha, pero una batalla no se gana con palabras. En los sesenta hubo unos duendes celtas, se habían contagiado de la fiebre mundial del amor y paz. Querían convencernos de ser vegetarianos. Nos comimos a uno de ellos y los demás huyeron despavoridos. ¿Sabes por qué? Ya lo intentamos, nuestro cuerpo necesita carne, esa es una realidad, la otra es que aquí ni siquiera se puede cultivar algo. No bastan las buenas intenciones, ¿quieres apoyo? Lo tienes. Tampoco nos importa morir. Para nosotros la batalla significa un festín, los que sobrevivan se alimentarán de los que mueran. Ya sea Nicolá, un oso, un duende o tú mismo. Ahora, dime, ¿tú lucha cuenta con tu propio apoyo?
Rodolfo se sintió abrumado, perplejo. Ya M. Clause le había puesto al tanto del fragor de una batalla, habría muertos, eso era definitivo. Ahora Antar le mostraba un escenario sanguinario, cruel. La inquietud anidó en su corazón como un virus ingresa a una célula que invade.
Gris sobre blanco
Pese a todos los pronósticos, había sido fácil conseguir el apoyo de Antar, ahora Rodolfo se dirigía al reino de las focas. No parecía empresa fácil, las focas no se comían a los osos, los osos a las focas sí, ¿con que seguridad lucharían hombro con hombro?, ¿o aleta con garra?
Sheví se llamaba la joven foca, era el líder, aunque entre ellos se aseguraba que no existían líderes sino portavoces.
—Voy a serte sincero, hemos ideado un plan, estamos perforando un diámetro, de tal suerte que esperamos formar una isla artificial, lejos de unos y de otros. Nosotros vivimos de comer peces, en cualquier parte del océano los hallaremos, no necesitamos más, ¿por qué habríamos de arriesgar la vida al lado de nuestros predadores? ¿Qué ganamos?
—La Navidad.
Rodolfo lo afirmó con una seguridad tan grande que hasta él mismo se sorprendió. Sheví mantuvo silencio durante unos minutos. Se dirigió a los demás. El reno sólo había visto a dos o tres focas, intempestivamente aparecieron ciento. Se acercaron tanto que dejaron encerrados a Rodolfo y a Sheví, quien se dirigió a la multitud.,
—¿Han escuchado al chico? Nos propone luchar contra el Zar de la Navidad, nos promete recuperar el mensaje original de la fraternidad, mas debemos luchar al lado de nuestros enemigos, los osos. Es un gran riesgo, estaremos entre dos enemigos y no sabemos si este reno cuenta realmente con el apoyo de los habitantes de la Aldea Polar del mundo; nosotros sabemos que Nicolá no está sólo, todos los mercaderes que se han hecho ricos a su costa van a estar con él, no hasta el final, no son gente de honor, pero van a tratar de mantener a Nicolá en el poder ya que les conviene para sus intereses. Díganme amigos, ¿qué debemos hacer?
Rodolfo miró en derredor. Las focas lucían escépticas. De entre la multitud, una foca, ya muy vieja, levantó la voz:
—Hay momentos para todo en la vida, hemos pasado el momento de aislarnos, de dejar que las cosas pasen sin nuestra intervención, ahora hay aquí un joven reno que ha venido desde muy lejos, arriesgando su ida, porque tiene un deseo, tiene voluntad y porque más que en él, confía en los demás. Para mí eso basta, ese es el mensaje de La Navidad.
Miró a sus congéneres con una vista fuerte, con los ojos encendidos y el pecho en alto, palmeó fuertemente: “¡Dou, dou; dou, dou; dou, dou!”. Sheví lo siguió, entre los dos lanzaron fuertes “dous”. La multitud se enardeció y comenzaron a palmotear hacia el suelo.
Rojo tundra
La señal fue dada por el Niño del Tambor. Se situó en una de las altas cumbres heladas y desde ahí hizo retumbar su instrumento. En algunas zonas el hielo comenzó a desgajarse. Nicolá bebía licor de pino mientras sobaba su gruesa panza. Sintió cómo ésta se estremecía. Mientras tanto los erizos ya se encontraban preparados, habían construido un sistema de túneles por todo Villa Polar. Empezaron por tomar el granero, que era la fuente de provisiones.
Nicolá era un hombre malo pero no un hombre tonto, supo que algo estaba mal y llamó al comandante Svar, éste era un doble bola, pero no de nieve, de lata como un robot. Svar alistó a sus tropas compuestas de renos, algunos osos, algunos duendes y más seres de lata como él.
Con los lanzaramas al hombro los duendes tomaron también el área de descanso de los renos, a los cuales prácticamente inmovilizaron amarrándoles las patas. Todo muy fácil, pero cuando llegaron al Taller de Reparación, acceso real a la Villa Polar, la batalla comenzó. Los renos eran derrotados de inmediato, como estaban acostumbrados a la buena vida no tenían ni entrenamiento ni condición física, bastaba con fracturarles alguna pata para dejarlos fuera de circulación. Pero los osos no eran así. Louys, uno de los duendes del trópico, quien ya había vencido a tres renos, se vio de frente con Polito, un oso de tres metros. Louys le apuntó con su lanzaramas, pero antes de que disparara ya se encontraba en las fauces del gigante. El susto lo ayudó a morir antes de que sintiera su ser desgajado por los colmillos de Polito. De inmediato El Grinch se lanzó contra el oso. Fue una batalla de caballeros, sin armas. Polito era un gigante al lado del escuálido Grinch, pero sin duda su agilidad y sus colmillos eran letales. Mientras Polito manoteaba, Grinch lo arañaba, lo mordía. Hasta que trepó sobre su cabeza y le enterró las uñas en los ojos. Polito lanzó tal alarido que por un momento se detuvo la batalla, todo, los de un bando y otro voltearon hacia Polito. El propio Nicolá se sintió estremecido. Pero el Zar tenía otras sorpresas, tocó una corneta y llamó a los “gijoe”, unos soldados de plástico armados con tanques, helicópteros, metralletas y un sinfín de instrumentos mortíferos. Los disparos comenzaron. Los Erizos tenían armas que habían proporcionado los Reyes. Fue una tarde brutal. Alrededor de la madrugada todo parecía perdido para los rebeldes. Los muertos eran incontables y las municiones casi habían llegado a su fin. Del lado de Nicolá también había muchas bajas, pero aún le quedaban tropas suficientes y muchas armas. El Grinch pensó en dar la retirada justo cuando un temblor se dejó sentir en la tierra. Era el palmoteo de las tropas de Sheví que rodearon a los “gijoe”. Estos se replegaron y se unieron dispuestos a disparar al unísono, mas por los costados sintieron la presencia de los doble bola, por atrás arribaron los osos. Los disparos impactaron en la primera fila, pero aún heridos, los rebeldes atacaban a sus enemigos. Antar, pese a su gran estatura, dio un ágil salto, manoteó a diestra y siniestra para hacerse paso, los ojos se le inyectaron de sangre, parecía que el odio invadía por completo su ser, en realidad era hambre. Desde el aire vio directo a los ojos de Nicolá, quien instintivamente se echó hacia atrás al tiempo que empuñaba su pistola. Antar cayó sobre él colocando sus garras sobre sus hombros. La batalla se Detuvo de nuevo. Todos pudieron ver cómo Antar mordía la cabeza de Nicolá y la devoraba. Aunque había soldados alrededor de Nicolá, ninguno se atrevió a atacar al gran oso. Una mezcla de horror y fascinación invadió a cada uno de los combatientes. Antar, aún con pedazos de ropa en la boca, gritó: “¡Hemos triunfado!” Las tropas de Sheví reaccionaron golpeando el suelo y emitiendo fuertes “dous”.
Rodolfo se encontraba estupefacto, hizo acopio de fuerzas y ordenó desarmar a las tropas del Zar.
Victoria Amarga
El día terrible había pasado. Pero quedaba en Rodolfo una sensación muy parecida a la derrota. Se encontraba en un granero, sólo, cuando lo halló ahí M. Clause. El reno se dirigió a ella.
—Lo siento.
—¿Qué sientes?
—La muerte de tu esposo, se había convertido en un mal hombre, pero después de todo murieron todos los Nicolá: el malo y el bueno y todos los que fue.
—No lo niego, hay tristeza en mí, pero hay más alegría porque hemos recuperado La Navidad.
—Firmando con sangre.
Con su blanco vestido teñido de rojo, se acercó, mesó su cabeza y le dijo:
—No ha estado en nuestras manos sino en las de Nicolá y en las de sus aliados. Esta sangre que ves no nos pertenece, les pertenece a ellos. Pero no será en vano, la estrella volverá a alumbrar en lo alto y por fin, con todas nuestras diferencias, más que paz, te prometo que todos los seres nos daremos cuenta de que somos hermanos. Entiende eso querido, no luchamos por la paz sino por la plenitud y la fraternidad. La paz sólo la conocen los muertos.
Rodolfo la miró intensamente, ya no había inocencia en sus ojos, por primera vez su voz poseía un timbre de decisión absoluta:
—Debemos ser inteligentes, no podemos escudarnos en el enemigo, es cierto que la culpa es suya, pero también es responsabilidad nuestra cuidar que el número de bajas de ambos bandos sea el menor posible. Si nuestras tácticas son las adecuadas, la sangre pertenecerá sólo al enemigo y será la menos posible. Los renos viejos actúan por miedo, ahora no seguirán sin ningún problema, sin embargo, me temo que ahora vendrán los mercaderes, ellos eran el verdadero sostén de Nicolá. Los Reyes Magos han decidido no intervenir directamente para respetar nuestra independencia, así y todo debemos convencerlos de actuar por medio de la propaganda y en contra de los mercaderes. Necesitamos el apoyo. El resto del mundo debe saber que Nicolá y los mercaderes han usurpado La Navidad, que la han convertido en motivo de discordia entre los diferentes seres que habitan el planeta.
A lo largo del día las imágenes taladraban el cerebro de Rodolfo. Su nariz roja lucía opaca. Procuraba mostrarse recio ante las tropas. Además, había una felicidad generalizada, después de todo la primera batalla había sido ganada. En los ojos de los Doble Bola, de las hadas, elfos, nomos, renos y hasta en el brillo del pelaje de los osos.
Al amanecer, Rodolfo se dejó caer sobre el hielo. Esperaba que nadie lo viera. Jamás lo había imaginado así. Hubiera querido que Nicolá rectificara, que la luz de La Navidad lo hiciera regresar al buen redil; pero no, todos necesitaban una buena sacudida de vez en cuando. Recordó todo lo recientemente vivido. Había golpeado y asesinado a otros renos. ¿Por qué debían ser así las cosas?
Mary Clause se acercó a Rodolfo: “Te has convertido en el líder y en el símbolo”.
—Los líderes no cuentan, sólo el valor de la gente.
—Aunque no quieras, Rodolfo, eres el portavoz, deja ya la amargura, es un momento de fiesta. Escúchame, he oído de cierto hombre que emprendió una lucha por liberar a su país de la opresión. Inició con la fortuna de su lado, ganando batallas, pero sus tropas eran tropas de hombres que habían vivido esclavizados, humillados; el rencor y la ira los consumían. Ese hombre se aterrorizó ante el deseo de sangre que tenían sus tropas. Estaba a punto de tomar la capital, si lo hubiera hecho hubiera ganado, sintió temor ante lo que imaginó podría ocurrir y tomó otra dirección. ¿Sabes qué ocurrió? Ese país conquistó su libertad una década más tarde. ¿Sabes cuánta sangre se derramó? Tú has dicho que debemos ser inteligentes. No te dejes llevar por la amargura o nos pasará lo que a ese país.
La estrella polar brillaba en lo alto. Los ojos de Rodolfo se iluminaron. Llamó a los erizos. Platicó con ellos durante dos horas.
Tres días más tarde en la chaqueta de cada miembro de la tropa brillaba una estrella plateada: Rodolfo se dirigió a todos ellos: “Navideños, no es nuestra hora, es la hora de La Navidad”. No sólo ganaban la primera batalla contra Nicolá, también contra sus aliados, los mercaderes de La Navidad. Ahora que él ya no existía, probablemente dejarían la aldea en paz.
Por desgracia no fue así
Los muérdagos rotos
Habían pasado cinco días. En la aldea comenzaban a escasear los suministros. Desde el taller ce radio se intentaba establecer comunicación con los Reyes Magos. Hacía falta ayuda, de otra manera la victoria se convertiría en derrota. Era muy temprano cuando un gran estruendo pudo oírse. Todos se asomaron para ver de qué se trataba.
Era como ver al Cid pero con un sentido y una forma completamente distintos. Se trataba no de un Nicolá, sino de un ejército de nicolás, era el ejército de la ASO, el país aliado del gordo sonriente. Y aunque éste ya no existía, los empresarios de ASO no deseaban perder las jugosas ganancias que les reportaba La Navidad. Sobre la blancura del polo, los trajes rojos de los nicolases parecían una llamarada infernal.
Demasiados. Todo parecía perdido. Nicolá iba a ganar sin haber ganado.
Los mercaderes se habían unido. Tenía muco armamento. Rodolfo y los suyos no contaban sino apenas con su fuerza. La situación no resultaba nada fácil.
El Rojo había planeado una trampa: los osos avanzaban por el flanco izquierdo y los doble bola y los chotacabras por el derecho. En otras condiciones hubiera sido una táctica perfecta. Había tal emoción que nadie sentía frío. Los duendes andaban sin su habitual saco, los renos lucían sedientos.
Al llegar al centro de El Valle de los Hielos, Rodolfo encendió su nariz. Mascó un poco de heno polar para después escupirlo: “¡Hadas! ¡Ahora!”, gritó y miles, millones de hadas aparecieron en el cielo, el blanco de la nieve reflejó la luz hasta lo insoportable. Las tropas de los mercaderes se detuvieron, la luz enceguecía espantosamente. Las tropas navideñas llevaban unos cristales que les evitaba ser deslumbrados. Los osos, los doble bola y los chotacabras comenzaron el ataque.
Rodolfo se movía de un lado a otro, dando órdenes, animando a las tropas de vez en cuando hasta pateaba a algunos mercaderes. Pero sus máquinas, se requerían de muchos osos para voltear una, sólo ellos poseían la fuerza. Tal vez los aguardaba la derrota, Nicolá iba a vencer aun muerto.
Cuando parecía que las tropas navideñas lograban tomar ventaja, el cielo se vio invadido por esas máquinas que pueden tomar el cielo, desde ahí lanzaban proyectiles y fuego. Un soldado en tierra apuntó con un lanzamisiles hacia El Rojo. Todo fue tan rápido. De no ser por Antar, hubiera muerto ahí mismo, pero el gran oso intervino y recibió el impacto, deteniendo el misil lo más posible con la fuerza de sus manos mientras lo atravesaba de lado a lado. Debió haber muerto inmediatamente, pero aún pudo caminar hasta donde se hallaba su atacante. Antes de caer le arrancó la cabeza.
Al caer la noche la Villa Polar casi había sido tomada. Toda la noche la pasaron despiertos. Los mercaderes no eran tipos muy listos, pero estaban llenos de armas y de tropas. Rodolfo pensaba todo muy seriamente, tal vez debía optar por la rendición, de otra manera todos acabarían muertos y él ya no quería ver más sangre de la gente de la Aldea Polar. Justo cuando dilucidaba todo esto llegó una señal telegráfica, el único pingüino de la Aldea, Poinpo, era quien sabía clave morse, cuando interpretó el mensaje saltó de alegría: “Rodolfo, el mensaje dice: Resistan, estamos con ustedes”.
¿Quién estaba con ellos? No lo sabían, pero la promesa bastaba para resistir unas horas más. En ese momento un montón de cosas saltando cayeron sobre las tropas de los mercaderes. El Grinch gritó: “Marsupiales, son marsupiales”. Golpeaban con una precisión tremenda y con una contundencia terrible. Venían acompañados de una multitud de pingüinos, quienes saltaban sobre los puños de los marsupiales y éstos los lanzaban contra los aparatos aéreos. Poco a poco la suerte pasó a favor de las tropas navideñas.
Hacia el siguiente amanecer las tropas de los mercaderes comenzaron la retirada. Con ayuda de los Reyes Magos, los habitantes de la Aldea planearon una emisión satelital. A la media noche del veinticinco de diciembre Rodolfo apareció en televisión internacional: “Buenas noches amigos del mundo. Yo soy Rodolfo, el reno de la nariz roja, o El Rojo, como algunos me llaman. Soy portavoz tan sólo del deseo de recuperar La Navidad. Durante años Nicolá la usurpó junto con los comerciantes, desde hace tiempo ya no se regalan cosas a los niños si no hay un fotógrafo y un publicista presentes. Eso no es La Navidad, pensamos que debe tratarse de un mensaje de fraternidad entre los pueblos, entre los seres humanos, entre la vida consigo misma. En este momento, un cúmulo de renos, dobles bola y duendes están pasando por sus casas para dejarles algún sencillo presente; pero el verdadero regalo se halla en devolver a La Navidad su significado original: el renacimiento, la oportunidad de volver a comenzar y la fraternidad universal. A nosotros nos han lanzado balas; a ustedes, mentiras. Los invitamos a venir a la Aldea Polar, o a cualquiera de las aldeas de los duendes, quienes, por cierto, eran secuestrados y obligados a trabajar por y para Nicolá, quien se enriquecía con todo ello. Alguna vez Nicolá fue un buen hombre, la ambición fue su derrota. Ahora nosotros esperamos que vengan ustedes no a ver La Navidad, a construirla entre todos”.
La celebración comenzó, todos los duendes hacían aparecer arco iris por todas partes, los marsupiales y los renos daban saltos, los pingüinos y las focas chocaban las palmas. Los doble bola se desternillaban de la risa. Sólo un habitante parecía entristecido:
—Rodolfo, ganamos —afirmó M. Clause.
—Así es, Madame.
—¿No estás feliz?
—Claro, aunque pagamos un precio muy alto.
En ese momento el reno se desplomó sobre el hielo. La estrella más blanca brillaba en lo alto mientras la sangre de El Rojo se confundía con su nariz. Había entregado su vida a La Navidad.
