Conocí al violín en una de las marchas a que nos obligaron a asistir. Poco antes habían hecho una "junta". Las juntas entre músicos son básicamente mecanismos de limpieza. Comienza por la queja: "Ya somos muchos en la base". Viene la propuesta: "Debemos hacer una junta". Los resultados: "Todos los viejos (más de cinco años) se quedan. De los nuevos, tú sí, tú no..." Al Violín le tocó estar en tú no.
Sagazmente, al enterarse de la marcha, decidió acudir, había pancartas, tomó una, la esgrimió como una espada contra el dragón de la adversidad. Conclusión: Tú sí eres de los nuestros, no como los que no vienen a las marchas, esos a la verga, tú te quedas.
Como Gonzalo, Sergio y yo, produjo un disco para vender. Un día nos lo encontramos en la base, se quejaba de que su disco no se vendía. Como ya había terminado de chambear, subí con é al vagón para analizar la situación. Ejecutaba como los ángeles, o como un demonio, mejor aún, pero carecía de técnica mercadológica: Di algo al terminar —le aconseje— y al pasar a los asientos por la cooperación, da los buenos días, saludes, míraños a los ojos. Todas enseñanzas del gurú Chalo.
Simpatizamos.
Abismo en el sol
poesía, literatura, crónica, historias, borracheras, periodismo,
domingo 5 de febrero de 2012
martes 31 de enero de 2012
Metrox24
Benjamín García
Inicié mi vida de músico urbano con un pandero. Contrario a lo que se podría pensar, hay público muy exigente:
—Nomás te doy por el del saxofón, el pandero ¿qué?
En la línea 7 Chalo me presentó a los personajes del mundo suburbano. Juanito, un vendedor de encendedores y chicles, me contó de su pasó por el mundo obrero, había sido líder sindical, lo boletinaron en todas las fábricas, no pudo conseguir trabajo de nuevo, así llegó al metro. Cuando lo conocí, diez años atrás, intentaba instruir a los vendedores jóvenes. Su táctica consistía en llevar libros de marxismo y sindicalismo en su mochila. Se los "vendía" a razón de un peso a la semana. Pero la mayoría de los vendedores no tiene conciencia política, basta con defender el espacio a "madrazos" y listo.
Los vendedores se saludan deslizando las respectivas manos y rematando en un choque de puños. Esto simboliza aceptación. Todos los que han viajado en Metro han oído su singular discurso: “Si mire, se va a llevar, el disco, la noveda’, son veinte canciones, veinte éxitos de José José…”. Usan un tono grave que poco a poco se desliza hacia lo agudo y acentúa nuestro timbre cantadito. Es de suponer que al ser más lento, es más fácil de entender. Jermán Argueta, editor de la revista Crónicas y Leyendas, nos explica que también es herencia de la tradición de los pregoneros, quienes desde la época de la colonia anunciaban productos o nuevos hechos de sitios lejanos, con una voz fuerte y “cantadita”. También existe el del publicista, más dinámico; un tono medio que pretende ser amable, elegante, inclusive.
Inicié mi vida de músico urbano con un pandero. Contrario a lo que se podría pensar, hay público muy exigente:
—Nomás te doy por el del saxofón, el pandero ¿qué?
En la línea 7 Chalo me presentó a los personajes del mundo suburbano. Juanito, un vendedor de encendedores y chicles, me contó de su pasó por el mundo obrero, había sido líder sindical, lo boletinaron en todas las fábricas, no pudo conseguir trabajo de nuevo, así llegó al metro. Cuando lo conocí, diez años atrás, intentaba instruir a los vendedores jóvenes. Su táctica consistía en llevar libros de marxismo y sindicalismo en su mochila. Se los "vendía" a razón de un peso a la semana. Pero la mayoría de los vendedores no tiene conciencia política, basta con defender el espacio a "madrazos" y listo.
Los vendedores se saludan deslizando las respectivas manos y rematando en un choque de puños. Esto simboliza aceptación. Todos los que han viajado en Metro han oído su singular discurso: “Si mire, se va a llevar, el disco, la noveda’, son veinte canciones, veinte éxitos de José José…”. Usan un tono grave que poco a poco se desliza hacia lo agudo y acentúa nuestro timbre cantadito. Es de suponer que al ser más lento, es más fácil de entender. Jermán Argueta, editor de la revista Crónicas y Leyendas, nos explica que también es herencia de la tradición de los pregoneros, quienes desde la época de la colonia anunciaban productos o nuevos hechos de sitios lejanos, con una voz fuerte y “cantadita”. También existe el del publicista, más dinámico; un tono medio que pretende ser amable, elegante, inclusive.
Metrox33
Así comenzó la aventura naranja.
“Realmente fue una aventura. Yo estudiaba tambor en el Instituto Mexicano de la Juventud, El Traumas, un amigo, me dijo: ‘Vamos a tocar en el Metro’, no traíamos para comer. Lo hicimos. Ya antes había vendido el periódico Machetearte en el Metro. A partir de entonces tocaba de la estación Refinería, donde vivo, a Barranca del Muerto, donde se localizaba mi preparatoria. Un día conocí a un saxofonista, Gonzalo, quien se acercó y me propuso un palomazo (improvisación súbita). No sabíamos mucho. Nos pusimos a improvisar en el andén. Nuestra primera paga fue una mandarina que nos dieron unas chavas. Estábamos en los pasillos y yo le propuse abordar los vagones. Ese mismo día nos contrató un güey para llevarle música a su chava al Hotel Presidente”.
A los pocos minutos habían reunido 80 pesos para cada quien (160 en total). Quedaron de encontrarse al día siguiente. Ambos de carácter explosivo. Gonzalo, formado en la Superior, exigía ritmos menos sencillos de lo que un djembee podía generar. A pesar de la buena amistad que generaron, discutían a cada rato. Un día Sergio le mentó la madre en pleno vagón y se marchó. A los pocos días de eso, yo renuncié a la preparatoria. Me encontré a Chalo y me contó que había soñado que necesitaba chamba: Vente, dijo. Y fui, después de todo lo había soñado, un argumento irrebatible para mí
“Realmente fue una aventura. Yo estudiaba tambor en el Instituto Mexicano de la Juventud, El Traumas, un amigo, me dijo: ‘Vamos a tocar en el Metro’, no traíamos para comer. Lo hicimos. Ya antes había vendido el periódico Machetearte en el Metro. A partir de entonces tocaba de la estación Refinería, donde vivo, a Barranca del Muerto, donde se localizaba mi preparatoria. Un día conocí a un saxofonista, Gonzalo, quien se acercó y me propuso un palomazo (improvisación súbita). No sabíamos mucho. Nos pusimos a improvisar en el andén. Nuestra primera paga fue una mandarina que nos dieron unas chavas. Estábamos en los pasillos y yo le propuse abordar los vagones. Ese mismo día nos contrató un güey para llevarle música a su chava al Hotel Presidente”.
A los pocos minutos habían reunido 80 pesos para cada quien (160 en total). Quedaron de encontrarse al día siguiente. Ambos de carácter explosivo. Gonzalo, formado en la Superior, exigía ritmos menos sencillos de lo que un djembee podía generar. A pesar de la buena amistad que generaron, discutían a cada rato. Un día Sergio le mentó la madre en pleno vagón y se marchó. A los pocos días de eso, yo renuncié a la preparatoria. Me encontré a Chalo y me contó que había soñado que necesitaba chamba: Vente, dijo. Y fui, después de todo lo había soñado, un argumento irrebatible para mí
lunes 30 de enero de 2012
Metrox22
Benjamín García
Yo conseguí un puesto como profesor todólogo en una preparatoria especializada en recibir chicos rebeldes que ya no querían en ninguna escuela. Chicas hermosas, pero estrechas como dicen los españoles, y chavos deseosos de una nana regañona que les ordenara: cállate, siéntate, lee, haz algo de tu vida, etc.
Mientras yo sufría con mis pupilos. La banda de Taraf de Haidoük anunció sus conciertos en México. Chalo seguía apasionado por la música. No tenía ni un peso en la bolsa, aun así fue a la taquilla, entre los que estaban en la fila anduvo pidiendo para completar el boleto. Una cabello hermosa llamó su atención. Al poco de ir hacia ella ya había concertado una cita para el día siguiente con T. Bien, la cita no fue problema, pero, ¿cómo conseguir dinero para la cita?
Un año antes presté a chalo un libro de Henry Miller, en alguna parte menciona que para tocar el piano hacen falta dos cosas: las ganas de tocar el piano y un piano. Mi camarada tenía gana de tocar el saxo, hizo pases mágicos y obtuvo un sax. Por supuesto, luego de una banda de jazz conocida coo Aguacate Jass, el instrumento permaneció bajo la cama de su dueño. Hasta que decició ir por él a su casa y ponerse a tocar afuera del aplació de Bellas Artes, donde sólo le permiten instalarse a los cilindreros, hombres de color caqui, con una caja monstruosa llamada cilindro, que emite melodías como si tuviese úlceras en el estómago. Los policías corrieron de ahí al incipiente músico urbano.
No se amilanó. Dirigió sus pasos al metro. Fue a la línea 7, que corre de Rosario a Barranca del muerto. En la estación Auditorio escuchó unos tamborazos. Al asomarse vio a un muchacho con aspecto de Pedro Picapiedra en su juventud. El pitido que avisa el cierre de puertas sonó. Gonzalo corrió, entró al vagón, Sergio Percastegui lo miró atónito. Gonzalo extrajo su sax y preguntó: ¿Tocamos?
Yo conseguí un puesto como profesor todólogo en una preparatoria especializada en recibir chicos rebeldes que ya no querían en ninguna escuela. Chicas hermosas, pero estrechas como dicen los españoles, y chavos deseosos de una nana regañona que les ordenara: cállate, siéntate, lee, haz algo de tu vida, etc.
Mientras yo sufría con mis pupilos. La banda de Taraf de Haidoük anunció sus conciertos en México. Chalo seguía apasionado por la música. No tenía ni un peso en la bolsa, aun así fue a la taquilla, entre los que estaban en la fila anduvo pidiendo para completar el boleto. Una cabello hermosa llamó su atención. Al poco de ir hacia ella ya había concertado una cita para el día siguiente con T. Bien, la cita no fue problema, pero, ¿cómo conseguir dinero para la cita?
Un año antes presté a chalo un libro de Henry Miller, en alguna parte menciona que para tocar el piano hacen falta dos cosas: las ganas de tocar el piano y un piano. Mi camarada tenía gana de tocar el saxo, hizo pases mágicos y obtuvo un sax. Por supuesto, luego de una banda de jazz conocida coo Aguacate Jass, el instrumento permaneció bajo la cama de su dueño. Hasta que decició ir por él a su casa y ponerse a tocar afuera del aplació de Bellas Artes, donde sólo le permiten instalarse a los cilindreros, hombres de color caqui, con una caja monstruosa llamada cilindro, que emite melodías como si tuviese úlceras en el estómago. Los policías corrieron de ahí al incipiente músico urbano.
No se amilanó. Dirigió sus pasos al metro. Fue a la línea 7, que corre de Rosario a Barranca del muerto. En la estación Auditorio escuchó unos tamborazos. Al asomarse vio a un muchacho con aspecto de Pedro Picapiedra en su juventud. El pitido que avisa el cierre de puertas sonó. Gonzalo corrió, entró al vagón, Sergio Percastegui lo miró atónito. Gonzalo extrajo su sax y preguntó: ¿Tocamos?
domingo 29 de enero de 2012
Metro1
SUBURBANO
LA VIDA DE LOS MÚSICOS BAJO TIERRA
BENJAMÍN GARCÍA
Vivir en el metro
Mis primeros viajes en el metro ocurrieron en mi infancia. Mi familia provenía del Estado de México, de Tlalnepantla. Íbamos al Centro para conseguir telas, velas, colchas, ropa, zapatos; objetos que mi abuela vendía en abonos. Desde entonces me capturó el vaivén del llamado "gusano naranja". Interminables rostros: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, viejos; parejas, familias, secundarianos de pinta, militares de faces impasibles; un cruce de vidas, líneas, historias y tiempos.
En los 80 los pasillos estaban convertidos en una multitud de tianguis. Puestos de comida, dulces, juguetes, baratijas. También artistas. Recuerdo a un hombre grande y gordo que se valía de una voz grande y gorda para irrumpir en el vagón con su estentóreo: "hermano lobo".
De pronto, un día, ya no vi puestos en los pasillos del metro, ni músicos en sus vagones. Por algunos años no vi más ambulantaje, aunque tampoco era yo un usuario frecuente, pero en mis escasos recorridos dejé de verlos.
Ello no obstó en mi admiración por el metro. A los quince años conseguí un trabajo de mensajero para un despacho contable. Recorría todas las líneas. En cada transborde me enamoraba de alguna chica, ya lacia, ya china; ya morena, ya rubia. Los vendedores volvieron, ya no con su tianguis en los pasillos, sino repletos de productos chinos. Volvieron los músicos con la invariable "Historia de un minuto": Ella convirtió la noche en un poema de amor, luego el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no. Ella se marchó dejando una carta en el buró. La emblemática "No tengo tiempo": cabalgo sobre sueños innecesarios y rotos, prisionero iluso de esta selva cotidiana.
Los veía embelesado, quería saber su historia, conocer como habían llegado ahí, por qué decidían ejecutar sobre el piso de un vagón y no en otro espacio. No sabía entonces que unos años después conocería a Gonzalo Zetina.
En 1997 ingresé a la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (hoy Facultad de Estudios Superiores) Acatlán. Provenía de una familia pobre, una tía auguraba que ni siquiera acabaría la secundaria. convertirme en universitario parecía darme las claves para ideas desarrollo profesional prometedor. No sabía que mi elección había sido un tanto equívoca.
Escogí estudiar periodismo por un criterio económico. Sentía deseos de estudiar literatura o filosofía, pero el padre de mi entonces novia, me hizo ver que en la literatura había una mafia llamada Octavio Paz, que como un Dios dictaba el destino de los aspirantes a escritores y que por lo tanto era más sensato estudiar algo productivo y escribir en los ratos libres.
Romántico como tantos, me había cruzado la idea de ser corresponsal de guerra. Pensé que el periodismo era una actividad lucrativa y que finalmente tenía algo que ver con escribir. Así encontré a Gonzalo, Chalo. Hijo de una familia de clase media, a los once años, asistió a un concierto de jazz. Salió del lugar determinado a convertirse en músico de jazz. Pidió a sus padres que le compraran un bajo eléctrico, no sabía tocarlo, pero eso no era impedimento. Se dirigió a la Escuela Superior de Música. Lleno de la convicción de sus sueños declaró: Quiero aprender jazz. Faltaban algunos años para que se abriera la Licenciatura en jazz. Le dijeron que se inscribiera en Violoncello y listo, algún día tocaría jazz. Dos años más tarde, con un buen conocimiento del solfeo, de la armonía clásica, y con muy poca ejecución de Violoncello, porque no podía comprarse uno, mando la escuela al diablo. Se juntó con cuanta banda de rock halló a su paso. Al finalizar la preparatoria, por razones similares a las mías, escogió estudiar periodismo.
Los dos advenedizos nos encontramos en Acatlán. Cuando terminamos la carrera nos hallamos con que no había trabajo. Apenas y algunas colaboraciones en Excélsior y en la revista Vértigo. Con el triunfo del pianista Vicente Fox, la publicidad estatal priísta se retiro de los medios, muchas publicaciones cerraron. Se podía ingresar com facilidad a cualquier medio, con la condición de trabajar sin pago alguno durante un tiempo indefinido, el tiempo es un cáncer incurable, lo sabíamos, la palabra indefinido sonaba como el cristal opaco de la última sílaba de la palabra eternidad.
LA VIDA DE LOS MÚSICOS BAJO TIERRA
BENJAMÍN GARCÍA
Vivir en el metro
Mis primeros viajes en el metro ocurrieron en mi infancia. Mi familia provenía del Estado de México, de Tlalnepantla. Íbamos al Centro para conseguir telas, velas, colchas, ropa, zapatos; objetos que mi abuela vendía en abonos. Desde entonces me capturó el vaivén del llamado "gusano naranja". Interminables rostros: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, viejos; parejas, familias, secundarianos de pinta, militares de faces impasibles; un cruce de vidas, líneas, historias y tiempos.
En los 80 los pasillos estaban convertidos en una multitud de tianguis. Puestos de comida, dulces, juguetes, baratijas. También artistas. Recuerdo a un hombre grande y gordo que se valía de una voz grande y gorda para irrumpir en el vagón con su estentóreo: "hermano lobo".
De pronto, un día, ya no vi puestos en los pasillos del metro, ni músicos en sus vagones. Por algunos años no vi más ambulantaje, aunque tampoco era yo un usuario frecuente, pero en mis escasos recorridos dejé de verlos.
Ello no obstó en mi admiración por el metro. A los quince años conseguí un trabajo de mensajero para un despacho contable. Recorría todas las líneas. En cada transborde me enamoraba de alguna chica, ya lacia, ya china; ya morena, ya rubia. Los vendedores volvieron, ya no con su tianguis en los pasillos, sino repletos de productos chinos. Volvieron los músicos con la invariable "Historia de un minuto": Ella convirtió la noche en un poema de amor, luego el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no. Ella se marchó dejando una carta en el buró. La emblemática "No tengo tiempo": cabalgo sobre sueños innecesarios y rotos, prisionero iluso de esta selva cotidiana.
Los veía embelesado, quería saber su historia, conocer como habían llegado ahí, por qué decidían ejecutar sobre el piso de un vagón y no en otro espacio. No sabía entonces que unos años después conocería a Gonzalo Zetina.
En 1997 ingresé a la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (hoy Facultad de Estudios Superiores) Acatlán. Provenía de una familia pobre, una tía auguraba que ni siquiera acabaría la secundaria. convertirme en universitario parecía darme las claves para ideas desarrollo profesional prometedor. No sabía que mi elección había sido un tanto equívoca.
Escogí estudiar periodismo por un criterio económico. Sentía deseos de estudiar literatura o filosofía, pero el padre de mi entonces novia, me hizo ver que en la literatura había una mafia llamada Octavio Paz, que como un Dios dictaba el destino de los aspirantes a escritores y que por lo tanto era más sensato estudiar algo productivo y escribir en los ratos libres.
Romántico como tantos, me había cruzado la idea de ser corresponsal de guerra. Pensé que el periodismo era una actividad lucrativa y que finalmente tenía algo que ver con escribir. Así encontré a Gonzalo, Chalo. Hijo de una familia de clase media, a los once años, asistió a un concierto de jazz. Salió del lugar determinado a convertirse en músico de jazz. Pidió a sus padres que le compraran un bajo eléctrico, no sabía tocarlo, pero eso no era impedimento. Se dirigió a la Escuela Superior de Música. Lleno de la convicción de sus sueños declaró: Quiero aprender jazz. Faltaban algunos años para que se abriera la Licenciatura en jazz. Le dijeron que se inscribiera en Violoncello y listo, algún día tocaría jazz. Dos años más tarde, con un buen conocimiento del solfeo, de la armonía clásica, y con muy poca ejecución de Violoncello, porque no podía comprarse uno, mando la escuela al diablo. Se juntó con cuanta banda de rock halló a su paso. Al finalizar la preparatoria, por razones similares a las mías, escogió estudiar periodismo.
Los dos advenedizos nos encontramos en Acatlán. Cuando terminamos la carrera nos hallamos con que no había trabajo. Apenas y algunas colaboraciones en Excélsior y en la revista Vértigo. Con el triunfo del pianista Vicente Fox, la publicidad estatal priísta se retiro de los medios, muchas publicaciones cerraron. Se podía ingresar com facilidad a cualquier medio, con la condición de trabajar sin pago alguno durante un tiempo indefinido, el tiempo es un cáncer incurable, lo sabíamos, la palabra indefinido sonaba como el cristal opaco de la última sílaba de la palabra eternidad.
viernes 21 de octubre de 2011
Votos miserables
Benjamín García
Fidel Castro es un tirano. Milosevic era un tirano. Hussein era un tirano. Gadafi era un tirano. Eso dice Occidente (de aquí en adelante llamado Accidente). Pero todos esos nombres guardan en común el haber creado un proyecto de carácter socialista, ¿socialista? ¡Horror! Propio de bárbaros sin corazón que pretenden que nadie se quede sin comer y que cada quien tenga de acuerdo a sus necesidades, ¡no aman la democracia!
Y ¿qué es la democracia? ¿Un médico por cuadra o tres candidatos que no construirán ni un hospital dejando todo en manos de una botarga?
En Estados Unidos, el país que exporta democracia mediante guerras, tan sólo hay dos partidos. En México hay tres fuertes y los demás, eso, en México hay tres fuertes. Da igual que yo pueda hacer mi partido, en teoría, no puedo porque no tengo los recursos que ellos sí. La democracia es una forma de comercio político, no un sistema de gobierno y menos aún un sistema de vida.
No sabemos si Gadafi era el malvado que pintan por la simple razón de que no sabemos. Lo saben en todo caso los Libios y a ellos correspondía el asunto.
¿Qué interés persigue Accidente en entrometerse en tales asuntos? ¿Por qué exhibir como si fuera el Alarma el ahorcamiento de Saddam y la muerte de Gadafi? ¿Como un anuncio para cualquier forajido que no sea demócrata, es decir comerciante de Accidente.
Yo no me regocijo en la muerte de Gadafi en lo más mínimo. Cada vez más la democracia significará que el parlamento de cada país se hallé representado entre republicanos y demócratas. Ya se ve que hay de tiranos a tiranos.
Y por cierto: Euskadi ta askatasuna!!!
Fidel Castro es un tirano. Milosevic era un tirano. Hussein era un tirano. Gadafi era un tirano. Eso dice Occidente (de aquí en adelante llamado Accidente). Pero todos esos nombres guardan en común el haber creado un proyecto de carácter socialista, ¿socialista? ¡Horror! Propio de bárbaros sin corazón que pretenden que nadie se quede sin comer y que cada quien tenga de acuerdo a sus necesidades, ¡no aman la democracia!
Y ¿qué es la democracia? ¿Un médico por cuadra o tres candidatos que no construirán ni un hospital dejando todo en manos de una botarga?
En Estados Unidos, el país que exporta democracia mediante guerras, tan sólo hay dos partidos. En México hay tres fuertes y los demás, eso, en México hay tres fuertes. Da igual que yo pueda hacer mi partido, en teoría, no puedo porque no tengo los recursos que ellos sí. La democracia es una forma de comercio político, no un sistema de gobierno y menos aún un sistema de vida.
No sabemos si Gadafi era el malvado que pintan por la simple razón de que no sabemos. Lo saben en todo caso los Libios y a ellos correspondía el asunto.
¿Qué interés persigue Accidente en entrometerse en tales asuntos? ¿Por qué exhibir como si fuera el Alarma el ahorcamiento de Saddam y la muerte de Gadafi? ¿Como un anuncio para cualquier forajido que no sea demócrata, es decir comerciante de Accidente.
Yo no me regocijo en la muerte de Gadafi en lo más mínimo. Cada vez más la democracia significará que el parlamento de cada país se hallé representado entre republicanos y demócratas. Ya se ve que hay de tiranos a tiranos.
Y por cierto: Euskadi ta askatasuna!!!
sábado 25 de junio de 2011
Dukka.
Dukka, fragmento p. 13
Benjamín García
Ojo en el ojo
—Tan nervioso… por eso te hablé de asaltar un banco.
Sonrisa.
—¿De verdad?
—Deseaba ver si realmente serías mi cómplice.
Pupilas dilatadas. Ojos luminosos. El esplendor de la vida, de las plantas nutriéndose con el agua de la lluvia y chispitas del cerillo frotado contra las paredes de la calle en Navidad.
—Por eso dije que siempre digo: Asómate al mar, si te gusta lo que ves, te avientas al fondo.
—Tus ojos en mis ojos. Tus brazos en mis brazos.
—No me rompas el corazón, pedí.
—¿Y el mío? Está más remendado que un calcetín… mi respuesta.
—No lo romperé, palabra, y mira, mi vida, he cumplido.
Labios en labios.
Latido en latido.
Un ojo que se quiebra.
Otro se rompe.
Benjamín García
Ojo en el ojo
—Tan nervioso… por eso te hablé de asaltar un banco.
Sonrisa.
—¿De verdad?
—Deseaba ver si realmente serías mi cómplice.
Pupilas dilatadas. Ojos luminosos. El esplendor de la vida, de las plantas nutriéndose con el agua de la lluvia y chispitas del cerillo frotado contra las paredes de la calle en Navidad.
—Por eso dije que siempre digo: Asómate al mar, si te gusta lo que ves, te avientas al fondo.
—Tus ojos en mis ojos. Tus brazos en mis brazos.
—No me rompas el corazón, pedí.
—¿Y el mío? Está más remendado que un calcetín… mi respuesta.
—No lo romperé, palabra, y mira, mi vida, he cumplido.
Labios en labios.
Latido en latido.
Un ojo que se quiebra.
Otro se rompe.
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