La era de los cerdos

 

La era de los cerdos

Big Ben

 

Los cerdos arrastran la cruz de una inmerecida fama, son buenos seres, tranquilos y amigables, sin embargo, también son considerados emblema de lo peor, no de ellos, sino de nosotros, las personas, la gente, los entes del dassein (quizá podríamos ser los dasseins), o sea, lo sucio, desagradable, truculento, excrementicio. Y a pesar de los pobres lechones, su fama da cuenta de esta nauseabunda época, la era cerda, puerca, marrana.

Por un lado, son tiempos del desperdicio, no me refiero sólo a la basura y sus montes, montañas y torres, sino al propio reciclaje que, como cultura de DJ, hacemos de prácticamente todo, de manera que convive el Ché con Mussolini, Dylan con Def Leppard, Tchaikovsky con Bad Bunny, y ya de paso, Bugs Bunny con Peppa Pig, don Quijote y Spiderman.

Este tiempo de cerdos, de hecho, carece de tiempo, como en esas películas donde los multiversos colapsan y se encuentra todo revuelto, la revolución (con minúscula) sustituye a la Revolución (con mayúscula), la revuelta no es sino escaramuza y la escaramuza no llega ni a guateque.  

Se nos muere el romance, al tiempo que todo es romántico, baratijas amorosas y corazones masificados. Ya no es posible enamorarse como Werther, sino más bien autonombrarse Fausto Tinder. Los cerdos se envuelven en épicas apoltronadas y se regodean en su lodazal. El problema, no creo que sean las pantallas, en realidad estas son un efecto colateral de esta era cerda, que vive en un mar de ansiedad e impulsos asesinos, mas los oculta tras mensajes de soberbia indignación: «¿Cómo es posible? Es insoportable. ¡Cuán nefastos los nefarios!», pero en cada proclama desliza el filo del cuchillo sobre la piel de quien sea, porque no hay distinción entre víctima y victimario, en conjunto formamos parte del matadero, ya como cerdo, res, carnicero, filete, moronga o cliente desesperado que no quiere ver la sanguinolencia, pero sí degustarla.

La era cerda es caníbal y su fin último es autofagocitarse.  

 

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