miércoles, 1 de abril de 2009

Suburbano, abismo en el sol

SUBURBANO, LA VIDA DE LOS MÚSICOS BAJO TIERRA
BENJAMÍN GARCÍA
Vivir en el metro
El metro es un cruce de vidas, de líneas, de historias y tiempos. Lo demuestran los relojes: unos en la hora de Irlanda; otros, en la de Timbuctú, o como el reloj de la estación Cuauhtémoc, con sus números oscilantes a perpetuidad, recordándonos a Segismundo: La vida es sueño.
Conviven aquí, usuarios malencarados, mujeres hermosas, gays anhelantes, vendedores, malabaristas, músicos, lisiados, ciegos extraídos de El Lazarillo de Tormes. Cada uno un camino y un código, pues aquí se halla también un cruce de códigos.
Los vendedores, por ejemplo, se saludan deslizando las respectivas manos y rematando en un choque de puños. Esto simboliza aceptación, aunque sea a regañadientes como ocurre con varios de la línea siete, quienes al recibir el saludo de un músico, dan su aprobación con un gesto de malediciencia absoluta.
Todos los que han viajado en Metro han oído su singular discurso: Si mire, se va a llevar, el disco, la noveda’, son veinte canciones, veinte éxitos de José José…”. Usan un tono grave, que acentúa nuestro timbre cantadito. Es de suponer que al ser más lento, es más fácil de entender. Jermán Argueta, antropólogo, nos explica que también es herencia de la tradición de los pregoneros.
No es el único tono: existe el del publicista, apuesta más por lo agudo y es más dinámico; un tono medio que pretende ser amable, elegante, inclusive, entre muchos otros.
Hay un código general: Rayarse o armarla, significa que a uno le ha ido bien; las cacharpas (o cacharfas), son las monedas de diez a veinte centavos, éstas además implican un insulto pues se piensa el usuario sólo deseaba deshacerse de ellas.
Los códigos de temporalidad y espacialidad no coinciden entre los vendedores y los músicos, pues existe lo que se llama base. La base es una forma primitiva de organización. Pongamos por ejemplo la Línea Siete, esta corre de Rosario a Barranca del Muerto, para chambear ahí, hay puntos generales, del Rosario a Tacuba es un tramo. Los vendedores cruzan de vagón en vagón hasta Tacuba.
Los tramos continúan de Tacuba a Auditorio, de Auditorio a Tacubaya y de Tacubaya a Mixcoac. El problema radica en que los músicos no pueden ir de vagón en vagón. No les daría tiempo de tocar una canción y pasar por la cooperación, así pues generalmente usan dos estaciones o tres por vagón que toman, en la línea dos el tramo es de Viaducto a Nativitas y se toman hasta cuatro estaciones.
Al ir los ventas vagón por vagón, se cruzan con los músicos Lo normal sería que se pasaran al siguiente vagón o que esperaran el próximo tren. Pero los ventas (como son denominados) detentan el código del poder, pues en su creencia la historia es derecho. Generalmente argumentan que ellos abrieron el espacio a putazos (contra los vigilantes, se entiende), además, suponen mayor riesgo por su actividad comercial. Y de hecho, ciertamente son los que organizaron las movilizaciones contra la Ley de Cultura Cívica y quienes negocian ahora para recibir parte de los espacios de venta que se construyen al interior del Metro.
Para los ciegos el código es el del lisiado, la lástima por antonomasia. Ellos nunca hacen base, agarran los vagones indistintamente y al hacerlo ocasionan problemas tanto a músicos cono a ventas. Cuentan con un oído muy aguzado, saben cuando hay alguien laborando en el vagón, mas no le importa, empiezan a cantar. No obtienen ni un peso cuando ocurren en tal conducta, pero tan poco les preocupa demasiado.
Entre ellos son un poco más amables. Cuando se hallan esperan el tren, de cuando en cuando silban con un timbre muy peculiar, agudo y corto, como latigazo. El silbido se lanza como se lanza un gancho para pescar. Si llega a otro ciego, éste silba, por medio del silbido se sitúan y se ponen de acuerdo para ver quién se va en cuál vagón. Pese a ello llegan a irse el tren sin nadie, o ambos toman el mismo vagón.
Los músicos por su lado, arrojan un símbolo bohemio, de libertad. La gente se admira de su habilidad, ya sea para ejecutar un instrumento o para cantar.
Sin embargo, existen los músicos sometidos al dictamen del venta. Ven en el espacio un sinónimo de marca territorial. No aceptan a otros músicos o los mandan a los vagones de atrás, los vacíos, como una prueba para ganar el derecho de tocar en los primeros vagones; y es que aquí sólo hay dos códigos para ganar un absoluto respeto: el tiempo (siete años, diez años, etcétera) o los puños.
Los vigilantes son el código de la autoridad. Son el poder y por tanto, también, representan la corrupción. Actualmente la mayoría son muy amables con todos. Esto porque hacia mediados de los noventa, cuando atrapaban a presuntos infractores, les daban sendas golpizas. Tan así que los vendedores recurrieron a Derechos Humanos y se hicieron marchas con apoyo de Antorcha Campesina. Se infiltró una observadora y al publicar su informe se suscitó un escándalo. Según un vendedor, al día siguiente todo el personal había cambiado.
Hoy en día el antagonismo entre vigilantes y vendedores, músicos y demás es un poco como vivir las historias de Trino sobre Policías y Ladrones. A veces saludan al músico cuando van llegando al trabajo, y luego los persiguen cuando la cacería comienza.
Estar aquí es, por un lado, encontrarse en un sistema sanguíneo, donde todo fluye raudo, en forma fija, todos los días, la al misma hora. La rutina sólo se ve interrumpida cuando falla alguna línea, con la lluvia, a veces, o por algún suicidio. Suicidios utópicos que intentan frenar la vida permanentemente y no logran sino interrumpir unos minutos a los pasajeros. La vida sigue, sigue, sigue.
Y es que el Metro es también un gran sarcófago, un inframundo. Un ataúd donde un cúmulo de gusanos devoran ansiosos al cadáver del hombre cotidiano.
Y con todo y eso, hay más vida aquí que en las oficinas, los periódicos, los hospitales o los microbuses
El código del arte, del arte libre, lo ejemplifica, Bolillo, un payasito de la línea Dos, quien ha trabajado en el circo, para él ha sido más importante el deseo de ser libre y dirigir su propia vida: “Yo no quiero que nadie me esté mandando”, dice y luego enfatiza: “Y quiero ser el mejor”.

Línea Siete, un profesionista que logró serlo gracias a su djembee
Sergio Percástegui se coloca frente a su computadora. Debe realizar una portada para una revista. Hoy en día es diseñador gráfico. Esa meta la consiguió gracias a su labor como músico en el Metro. Se inició ahí hace unos seis o siete años: “Fue una aventura. Yo estudiaba tambor en el Instituto Mexicano de la Juventud, El Traumas, un amigo, me dijo: Vamos a tocar en el Metro, no traíamos para comer. Ya antes había vendido el periódico Machetearte en el Metro. A partir de entonces tocaba de la estación Refinería, donde vivo, a Barranca del Muerto, donde estaba mi preparatoria. Un día conocí a Gonzalo Zetina, quien se acercó y me propuso un palomazo. Él no sabía mucho, ni yo. Nos pusimos a improvisar en el andén. Nuestra primera paga fue una mandarina que nos dieron unas chavas. Estábamos en los pasillos y yo le propuse abordar los vagones. Ese mismo día nos contrató un güey para llevarle música a su chava al Hotel Presidente”.
A partir de ese momento comenzaron a trabajar juntos. En ese entonces la fusión de saxofón y djembee era una novedad, sobre todo en la música urbana: “La verdad nos iba muy bien, obteníamos 300 o 400 pesos en tres o cuatro horas. Después nos separamos. Yo me integré con bandas de folklore y rock”.
Mientras comienza a revisar las imágenes que le dieron para hacer la portada, piensa que en el Metro existe calidad, “hay personas que estudian en la Superior, en la Nacional”. Pero hace falta que la gente entienda que el músico urbano está separado de la vendimia. Explica que muchos de los músicos de la disquera Denver, han salido del Metro.
Cuenta que se han hecho en Chabacano muchas cosas como conciertos para demostrarle a las autoridades que sí hay cosas de calidad: “Se deben generar espacios y que se nos respete como músicos. Tu trabajo es tan digno como el que ellos hacen. Hace falta mucho valor para subirse en un vagón y ponerte a tocar Somos cultura, debería haber un apoyo mínimo para el arte”.
Piensa en su djembee, ese instrumento de madera, tan sencillo, tan rústico, de hecho Sergio lo bautizo como Ruperto. Es su amigo. Considera que ser un músico urbano es una opción de vida, pero ello depende de la vida que se desee: “Te deja más que ser asalariado. En cuatro horas puedes tener cuatrocientos pesos. Cuando yo entré, me llevaba casi 1, 400 a la semana, de ocho a once de la mañana, porque a las dos de la tarde entraba a la escuela”.
Él dejó el Metro porque nunca quiso establecerse ahí, fue un medio para terminar su carrera, además se hartó de pelear con vigilantes, vendedores, ciegos. “La gente te ve como si estuvieras mendigando, eso me causaba conflicto, sentía que me veían y pensaban: ponte a trabajar. Ahora el gobierno ficha a los músicos como si fueran vendedores”.
Analiza la situación de los músicos urbanos: “Cuando eres soltero, la vida te la pasas en el cotorreo, aunque si visualizas un futuro. Cuando ya tienes familia, el Metro es una salida rápida, porque tú eres tu propio patrón, ganas al día no esperas la quincena. Es un escenario con millones de espectadores al día y puedes hacer lo que sea: tocar, bailar. Para mí fue un escalón para llegar a otra parte, pero hay gente que lleva aquí veinte años y no quieren salir, se los come el tiempo, como saben que el Metro siempre te va esperar. Si tienes algún pedo muy grande, te vas a tocar y te saca del apuro”.
A pesar de todo, no olvida su estancia en el submundo, de hecho sigue haciendo portadas para muchos de los grupos que han emanado de ahí. Durante dos años formó parte de un proyecto de rock. Grabaron con una disquera independiente y se presentaron en El Festival de la Primavera de la Ciudad de México, en la Universidad Autónoma Metropolitana, entre otros sitios. Después el proyecto quedó en el olvido:
“El grupo se llamaba La Berde (sic). Yo creía en ese proyecto pero el conflicto era a qué le tiraba cada quien. Yo quería una banda fresca, con un toque de pop. Bulmaro, el guitarrista pensaba en algo más setentero. Juan, el bajista, algo muy Urbano. Y el Stunt, el tecladista no sabía ni qué chingados quería. No hubo concordancia en horarios. Era buena la propuesta pero el músico urbano se va gastando, ya no disfruta la música. Ya era como vivir con ellos porque también trabajábamos juntos en el Metro”.
De hecho, piensa que uno de los principales retos en el Metro es la convivencia: “Si te está yendo chido y ya traes un poco de dinero en la bolsa, y te agarran los vigilantes, pues dices: ya ni modo; pero si te está yendo mal y no traes dinero, y te agarran, te enojas con todos, le reclamas a tu compañero por qué no se fijo y maldices a todo mundo”.
Ahora Sergio ha dejado de ir al Metro, pero no descarta darse unas vueltas de vez en cuando para divertirse y completar la quincena. Ve de nuevo la pantalla de la computadora, sonríe, y mientras trabaja comienza a tararear uno de los temas que interpretó con Gonzalo: “Ta ta, tata, ta, ta, tata… Tequila”.

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