domingo, 20 de diciembre de 2009

La Enfermedad del Petrarquismo

Medical Journal

La Enfermedad de Francesco

Benjamín García

Lo han dicho ya varios hombres ilustrados: el amor es una enfermedad, o un accidente; ambas cosas, tal vez. Se trata de una invasión patógena que irrumpe en el ser sensible, el del mundo físico, pero que, a su vez, causa delirios; de tal suerte que termina por afectar al ser total.
Causa una permanente distorsión de la realidad, de hecho rompe con todo principio de la misma. Por ello, resultaría más pertinente nombrarla como Enfermedad de Francesco, Petrarquismo o S. I. D. A. (síndrome de inmunodeficiencia afectiva).
Una vez contraído el petrarquismo, las cosas se cambian de extremo: la miseria es un jardín edénico si aparece el gen transportador; o un sitio despreciable ante la ausencia y desprecio del mismo.
Baste con tomar la distancia de un científico social mientras se observa a una pareja y se descubre el horror ridiculis: bicho, puchunguito, persona, bebé, corazón, mi vida, mitad, cosita, cielo, etc., etc. Todo ello aderezado con canciones que, como dice Andrés Calamaro: “Nunca tienen razón”: Te quiero, te amo, te adoro, eres mi tesoro, no me dejes nunca, voy a quererte toda la vida et alia.
Lo peor de la distorsión causada por el S. I. D. A. es que se convierte en una torsión, una verdad trastocada. Llegados a cierto punto, si hay correspondencia entre los agentes, el petrarquismo provoca en alguno de ellos la actitud de un espejo que absorbe a otro. La fusión trastoca a los enfermos y el mundo se ve cambiado, un lugar hecho para que existamos tú y yo, porque nacimos para encontrarnos y nada nos podrá separar. Verbigratia: Palinuro y Estefanía en la gran novela de Fernando del Paso. Claro que si uno lee La Cenicienta o la Bella Durmiente, o si tan sólo sigue alguna telenovela, descubre de inmediato que sin tensión no hay pasión. El petrarquismo, como todo drama respetable, necesita de antagonistas, o de fuerzas actanciales a las cual vencer: para que tú y yo juntos las enfrentemos y demos prueba de que nuestro amor es como el de ninguno.
Pero, como saben los físicos, una extrema tensión propicia una ruptura. He ahí lo más grave del síndrome de Francesco: la etapa superior que algunos llaman duelo, olvido. Y que sería más apropiado denominar Ariadnismo Hipertrofiado: ¿Por qué se va el ingrato? ¿Por qué me abandonas? Tiene dos grandes vertientes: la de la chancla que yo tiro, donde el paciente jura y perjura que él no pierde sino el otro. Y aún más grave, la Radiohedesia Creepesca, bautizada así a causa de la sensación de ser una basura, un pecador similar a Luzbel cuyo deseo es estar cerca de lo divino sin poderlo conseguir por estar lleno de imperfecciones: “Pero soy un arrastrado, un cerdo, ¿qué diablos hago aquí”.
En realidad lo que persiste es la distorsión, pero el objeto anhelado se ha convertido en una especie de furúnculo, protuberancia ajena a nuestra constitución normal. Debe entonces recurrirse a medidas extremas, a una cirugía: La Hablación.
La hablación tiene 2 partes fundamentales. Antes de verlas es preciso recordar que la ruptura implica un desequilibro absoluto, es como si un niño de 12 años recibiera un puñetazo de Mike Tyson. Todo se mira borroso, desenfocado. El paciente avanza a tientas, trompicones y tirando lo que halla a su paso.
Pero ello, la primera parte de la hablación consiste en hablandar el furúnculo por medio del sulfato bláblico, que genera un deseo de compartir la distorsión con cuanta oreja cruce el camino. A raíz del citado desequilibrio, es importante conducir al paciente con orejas lo más ajenos posibles, de tal suerte que, cuando se recupere la cordura, no exista el más mínimo indicio de remordimiento.
Las orejas son un remedio llevado con cautela. El paciente, como ocurre con otros fármacos, puede volverse adicto y llegar a una aguda añoranza; peor aun, a una profunda melancolía. Antes de ello deberá procederse con la etapa final de la hablación: la extirpación. El riesgo aquí es mayúsculo, no hay cirujano propio para la operación, sólo el paciente mismo.
Se trata de coger al quiste y extraerlo por completo, sin piedad. Para lograrlo es menester seguir el consejo del siguiente tema:
Por qué voy a llorar cuando te vayas
si alguna vez tenía que terminar
este cariño ardiente como el fuego
si se que el fuego se tiene que apagar

Por qué voy a llorar cuando te alejes
y digas que ya no regresarás
es cierto que me duele que me dejes
pero como otras veces ya se me pasará

Por que voy a llorar por tu abandono
si ni parientes somos
lo mismo a mi me da

Si antes que tu ya había tenido otros amores
que en su momento quise tanto como a ti
cuando alguien muere siempre se le mandan flores
y tu ni flores vas a recibir de mí.

Es decir, la extirpación es psicofísica. El paciente debe volverse consciente de que el petrarquismo consiste en una alucinación de principio a fin (con algunos elementos reales, pero alucinación a final de cuentas).
Si hemos llegado a este nivel, basta sólo con afirmar las palabras de Borges: “Yo no hablo de venganzas ni de perdones: el olvido es la única venganza y el único perdón”.
Se habrá recuperado la inmunidad afectiva y la capacidad de volver a perderla.

2 comentarios:

Everest Landa dijo...

Pues a enfermarse, Benjazz.
O a jugar a que pega la enfermedad, fingir síntomas.

Anónimo dijo...

Definición del primer enfermo de esta enfermedad (el buen Francesco): Est enim amor latens ignis, gratum vulnus, sapidum venenum, dulcis amaritudo, delectabilis morbus, iucundum supplicium, blanda mors (o en la versión de otro contagiado: Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte).

Felicitaciones por tu entrada...