viernes, 15 de enero de 2010

Nunca ya es hora

Nunca ya es hora


Benjamín García

He vuelto a soñar contigo, de madrugada. Todos mis sueños son así. Hermosa, ataviada con un suéter gris y un pantalón azul. El cabello corto y delgado, café, almendrado. Esos pequeños ojos y la mirada un tanto soñadora, un poco perdida.

Caminábamos por un terreno baldío. Platicábamos, no sé de qué, yo era quien soñaba pero no alcancé a escucharnos.

Llegamos a la obertura de una barda. Era la entrada a un panteón.

Sorpresivamente me abrazaste. ¡Qué abrazo tan exquisito, tan lleno de cariño!

Respondí con toda la fuerza y ternura de mi ser. Nos dimos un beso. Si los sueños fuesen realidad, habría sido el segundo de nuestra vida. “Nuestra”, un plural trágico para mí.

Un beso lento, sin intervención de la lengua pero con las bocas abiertas.

“No puedo quedarme”, sentenciaste. Comprendí. Tomabas tu camino y yo el mío. Te vi marchar por la abertura del muro, las delgadas hebras castañas agitándose elegantemente y esas delgadas piernas avanzando a la distancia.

Al despertar sentía miedo de que hubieses muerto, de que eso significara el sueño. Las siete de la mañana. Debía levantarme para cumplir con los deberes. Qué me importaba el mundo. Hubiera deseado permanecer en ese otro sitio donde nos amábamos y no era sólo yo quien te amaba.

La vida continuó: los perros no dejaron de hurgar en la basura ni el camión que se la lleva, de pasar; tampoco el sol tuvo descanso, menos el calendario, pues siguió su marcha continua e inclemente.

Me di un baño. El agua se deslizába por mi cuerpo como si deseara cubrirme por entero para librarme de la suciedad del mundo exterior. “Qué bonito sueño”, me repetía una otra vez: “Qué bonito”. Sólo eso, sueño.

Había prometido liberarte de mi enfadoso amor. Todo amor no anhelado estorba, da lata, fastidia. Ya no soportabas mirarlo en mis ojos. Yo no soportaba disculparme por mi amor, ¿debe el amor pedir disculpas?

La última vez que te vi, no lo sabías, pero me despedía para siempre. Mandé un beso que revoloteó como una mariposa que ha logrado escapar de entre cuatro paredes y se va libre para no regresar nunca más.

Creí haberlo conseguido. La sensación dejada por el sueño me indicó la falsedad de mi creencia. Sentía rocas ardientes en mi estómago golpeando las paredes de mi estómago.

Soñé contigo, pero habías dicho que eso nunca iba a ser. Nunca es nunca. Cogí mi vida y me lancé al olvido.

Pasaron tres días luego del sueño. Iba en el transporte, transitando hacia la escuela, a la altura de Echegaray. No sé qué me hizo voltear hacia mi izquierda. Ahí te vi: un suéter gris, un pantalón negro, el cabello corto y delgado, café, como la nuez; la mirada un tanto soñadora, el semblante extraviado, como sin saber qué hacer ante una encrucijada de la vida.

Por un momento dejé anidar la ilusión de que fueses a buscarme, de que ibas para declarar amor, tiraríamos todo y nos marcharíamos por la puerta trasera a Katmandú o a Neptuno, daba igual, juntos, ambos. Me bajé en el siguiente semáforo a ver si pasabas por ahí, a ver si al menos te miraba de cerca y sentía tus mejilla al saludarnos, y vería esos ojos, los que me hicieron perder la razón y perderlo todo, pues me hallaba dispuesto a cualesquier cosa por ti: habría trabajado, usado corbata, comido cebolla, ajo, asistido a misa y hasta habría pensado en madurar.

Pasados quince minutos supe que no ibas a bajar ahí, sobre todo, supe que seguía enamorado, ¿por qué otra razón estaría ahí como imbécil esperando.

Enamorado, yo que ya no creía en eso, que ya no creo. Pero mi estómago, el sueño, mi corazón, la ilusión, mis ojos, tus ojos, el crucero, los caminos, tu voz, mi voz, nada, nunca. Porque nunca es nunca. Y te veo caminar hacia nunca mientras yo me siento en la esquina de siempre. Enciendo un cigarro y otro en la distancia; más allá, lejos, lejos, más que jamás.

Entonces el humo y yo nos hacemos uno mismo. Oigo la voz de tu mamá que grita: Lizbeth, Lizbeth, ya es hora de que te vayas a trabajar.

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