miércoles, 26 de noviembre de 2008

abismo en el sol, entrevista con Marcelino Perelló

El cuerno de la abundancia y el vacío cultural de nuestra época, una charla con Marcelino Perelló.

Benjamín García.

"La de ustedes es una generación desabanderada. Pero no todo es su culpa, los (sesenteros) no supimos pasar el testigo (estafeta)", asegura Marcelino Perelló, líder el 68 mexicano, mientras sujeta un cigarro. Explica que la abundancia de "vacas sagradas" —Jean Paúl Sartre, Marshall Mc Luhan, y otros—, construyó un "cuerno de la abundancia" que permitió el estallido cultural y libertario en esa época. El mundo anterior a ese momento, es "un mundo horrorizado ante lo que Goya llamó: El sueño de la razón engendra monstruos”
Marcelino tiene la altura y la corpulencia de un oso. Sus facciones son finas y angulosas, con una nariz alargada y que remata en un gancho picudo. Unos ojos tremendamente luminosos. Le faltan algunas muelas, tal vez recuerdos de las noches en que dormía en un sleeping bag en las calles de París, o de sus correrías por Rumania, país que lo recibió en su exilio después de levantada la huelga estudiantil de 1968, el cuatro de diciembre.
Nos dirigimos a él con el deseo de saber cómo era el mundo de los sesenta y su opinión sobre la época actual.
“El mundo quedó tocado después de la segunda guerra mundial. Toda guerra es terrible y deja cruda, pero ésta posee elementos que van más allá de ella, la convierten en otra cosa: Por un lado el genocidio judío llevado a cabo por los alemanes y, por otro, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La gente queda en un pasmo, una parálisis. Esa parálisis durará trece o dieciséis años, hasta el cincuenta y siete”, dilucida.
Y los sesenta, ¿qué han representado para ti?
“He llamado a los sesenta el canto del cisne de la revolución. Según la leyenda el cisne sólo canta cuando muere. Sesenta representan la muerte de la revolución y, al mismo tiempo, su momento más bello. Es un gran error este efecto reduccionista que quiere concentrar todo en el sesenta y ocho. Y más aún, en México se quiere concentrar todo en Tlatelolco. No se trata de lo que pasó una noche en una plaza sino de lo que pasó en una década en el mundo”, explica. Para él se trata de una década de catorce años. El inicio de esa arbitrariedad matemática la fija en enero de 1959, cuando entran las tropas del movimiento Veintiséis de julio a La Habana; y la cierra el once de septiembre de 1973, cuando se produce el golpe de estado en Chile.
“Esta década sólo tiene un antecedente en la historia: los años cuarenta del siglo XIX. El movimiento del cuarenta y ocho en Europa será derrotado, como el sesenta y ocho en el mundo. Pero tres décadas después todas las demandas, las reivindicaciones, se van imponiendo una tras otra, por encima de la derrota. Así, Francia se hará republicana para siempre, Alemania se convertirá en el estado más federal y descentralizado del mundo, el movimiento sindical italiano conocerá un auge incomparable, en Rumania los estados balcánicos se independizan. Pero esta efervescencia no volverá a producirse hasta ciento veinte años después”.
Narra que en los sesenta se vivía en un mundo blanco y negro, en una sociedad sepia, triste y sombría; lo que Helen Keller llamó la generación existencialista: “Sartre y Kierkeegard como estandartes de esa grisura, de ese pasmo y cruda. Lo que no quiere decir que no hubiera mentes brillantes como el propio Sartre. De pronto algo sucede, y la generación sesentera se sacude la cruda, la culpa, sobre todo. Ya no se considera responsable de ocurrido e irrumpe el color. “Esa irrupción del color no es sólo metafórica. En mi infancia todos los teléfonos eran negros, las sábanas blancas, la televisión blanco y negro y la ropa interior masculina era blanca a huevo. La primera vez que vi a un hombre en calzoncillos rojos, creí que era puto. Después resultó que la ropa interior a colores se hizo tradicional. Irrumpe no sólo en la ropa o en los tenis, teléfonos y sábanas; sino también en las conciencias”.
El eje de todo de la movilización política, indica, es la guerra de Vietnam y la solidaridad que se genera tanto de estudiantes como de intelectuales con los vietnamitas. Las manifestaciones de apoyo se producen en todo el mundo. “Las manifestaciones eran muy parecidas. En México hicimos muchas, en el sesenta y ocho mismo. Los retratos y los gritos de "Ho, Ho, Ho Chi Min, Ho, Ho, Ho Chi Min", o de "Ché, Ché, Ché Guevara, Ché, Ché, Ché Guevara", eran infartantes. Y junto a esto el movimiento de liberación mundial: Douglas Bravo en Venezuela, Marygella en Brasil, los tupamaros y Lucio Blanco en Perú, Tirofijo en Colombia; incluso en México. El primer hecho guerrillero en México fue el asalto al Cuartel Madera, en que mueren: el profesor Arturo Gámiz y otros; maestros rurales casi todos. Después surge la guerrilla guerrerense: Lucio Cabañas y Genaro Vásquez”, razona el fundador del Cine Club de la Facultad de Ciencias.
“Y también estaba la descolonización de África, eran puras colonias. Creo que había dos estados independientes: Egipto, que entonces se llamaba República Árabe Unida, y la República Sudafricana. Luego sale Kenia, Congo y Argelia. Y el movimiento de liberación negra, tanto el pacifista de Martin Luther King como el agresivo delos Panteras Negras. Pero junto a esta movilización hay un movimiento cultural que va de la mano: pensadores, filósofos, sociólogos. Es el momento de los grandes pensadores del siglo veinte: Jaques Lacan, Jean Piaget, Jean Paul Sartre, Marshall McLuhan, Rigth Mills. A eso lo he llamado una cornucopia, el cuerno de la abundancia”.
Perelló encuentra que en el terreno del arte pasaba lo mismo, estaba el cine italiano con Viscontti, Passolini, Fellini, Bertolucci y Monticelli; la nueva ola francesa, Jean Luc Godard, el free cinema inglés con Tony Richardson, Stanley Kubrick. En la música es el bossa nova brasileño, el jazz gringo “que deja de ser lacrimoso”. Y el plano literario mundial “está engarzado con el boom de la literatura latinoamericana moderna: García Márquez, Vargas Llosa, y, sobre todo, Fernando del Paso”.
Mientras el hoy profesor de la Facultad de Ciencias en la UNAM empuña un cigarro sin encender, le recordamos que ha dicho anteriormente que su generación se sentía a un paso de la revolución social, por lo que cuestionamos: ¿Cuál fue el error?
“No creo que haya habido un error sino que las cosas pasaron como tenían que pasar. Lo bailado ya ni quién lo quite. No había de otra porque el movimiento sesentero representa no sólo un enfrentamiento con el sistema, sino también con las estructuras tradicionales y burocráticas que pretendían encabezar la revolución en el mundo: Los partidos comunistas y los sindicatos. En Francia el Partido Comunista se pronunció abiertamente en contra del movimiento estudiantil. El secretario general George Marshé llegó a declarar cosas como que los estudiantes eran un grupúsculo. Tres días después se organiza una manifestación, la mayor que se recuerda en París. Había un millón de personas que llevaban una sola manta con el lema: "Sólo somos un grupúsculo". Marshé manifiesta que no estaba dispuesto a tolerar en Francia un movimiento dirigido por un judío alemán, refiriéndose a Daniel Cohn Benditt. Se hace otra manifestación y la manta dice: "Todos somos judíos alemanes".
“En México el enfrentamiento fue más suave. El Partido Comunista Mexicano no condenó ni anatemizó al movimiento, pero quedó marginado de él. Ellos insistían, desde agosto de 1968, en que debíamos levantar la huelga, nos advertían que se estaba yendo derechito al abismo: "Hay que levantar el movimiento cuando está en pleno vigor y no esperarse a que les partan la madre". Nosotros nos negamos terminantemente. La historia parece haberles dado la razón. Pero en términos históricos, los que tuvimos razón fuimos nosotros, porque le dimos sentido a toda la movilización, aunque haya sido un sentido trágico”, afirma y suelta una bocanada de humo y vuelve a llenar su garganta antes de proseguir.
“Después de 1973 todo fue cuesta abajo. Primero salió la onda del eurocomunismo a la que se adhieren partidos incluso que no son europeos, como el mexicano o el dominicano. Pero el eurocomunismo no sólo no fue la pretendida medicina, sino que acabó de agravar las cosas, porque disolvió el rigor, la firmeza de la lucha de los comunistas. Los metió en esta trayectoria de la democracia, que nos hizo jugar en el terreno contrario, porque la democracia es el terreno de la burguesía, de las cadenas de televisión. La última vez que unas elecciones fueron ganadas contra el poder fue en Argelia, en 1996. Pero ahí estuvo el poder para corregir”.
Polémico y crítico, Marcelino juega con un conjunto de triángulos con los que se tiene que armar una pequeña pirámide. Se queda un tanto absorto, acto seguido nos da su reflexión sobre la época actual, en la que considera pueden jugar un papel central los sucesos del once de septiembre de 2001: “Los Estados Unidos son un país fundamentalista en el plano religioso, político y económico. Fundamentalismo que ocultan tras el término globalización. Este término encierra una enorme trampa, porque no sólo no hay globalización, sino que hay una centralización del poder como nunca antes. Cuando hablamos de globalización lo que queremos decir exactamente es la concentración del poder en los Estados Unidos, del poder económico, político y cultural.
Y en este sentido, después de los sesenta, las décadas que siguieron, ¿pueden considerarse décadas perdidas?
“No necesariamente. No toda década corresponde a una generación. Cuando hablamos de generaciones no lo decimos en el sentido estrictamente cronológico, sino en el sentido cultural e ideológico, y a pesar de que hay una evolución continua de pensamiento individual y social, hay momentos donde esa evolución lleva a grumos, se acumulan, se concentran, se acentúan. Eso pasó en los sesenta. Los años posteriores se caracterizan por un proceso de desestructuración; por un lado en el terreno cultural, y por otro la disolución definitiva del efecto de transformación revolucionaria del mundo”, responde.
Para el esto llevó a que las soluciones colectivas fueran sustituidas por soluciones individuales, entonces el pensamiento pierde su carga subversiva, “no tanto porque ya no haya tesis subversivas, sino porque perdieron audiencia e imaginación”.El discurso revolucionario actual, “o es muy alambicado, complejo y barroco, o se ha refugiado en el dominio de la filosofía y en cierto ascetismo intelectual; o bien es montaraz, primitivo, un discurso armado a base de eslóganes, de viejas consignas ajadas. No se ha logrado, aunque se ha intentado, construir un discurso renovador del viejo texto revolucionario”.
En el plano cultural encuentra que después de la cornucopia sementera, el panorama se vuelve de colores pastel, “como si las artes clásicas hubieran dado ya todo de sí. Es lo que sucede en pintura, literatura y música, donde se retoman viejas formas y se recrean en numerosas variaciones pero sin un impacto cultural importante. El caso de la música es particularmente ejemplar; en la elevada música culta, la evolución parece haberse detenido en los sesenta con los últimos intentos de compositores como Shenakis, Perio, Weber. Ahí se quedó y lo hecho después es muy elitista y tiene algo de la extravagancia. En la música popular ha sucedido algo semejante. El fenómeno del rock, por ejemplo, es altamente desmoralizante, por más de un motivo, porque son residuos del movimiento vivo de los sesenta a los que se les añade o se les combina con otras formas musicales también anteriores: jazz, blues o música sinfónica, sin que haya realmente algo creativo, original, de vanguardia; o sea, no hay arte si no es de vanguardia. Y la novela y la poesía también están empantanadas”.
Todo ello refleja la ausencia de las vacas sagradas, de la cornucopia, tanto en el pensamiento como en el arte. “Son ustedes una generación sin figuras totémicas. Los pensadores de los sesenta han fallecido prácticamente todos, y los nombres que quedan no alcanzan el estatus mítico que tuvieron. Hay un hueco, un vacío y una cierta desmoralización. Ustedes son una juventud harto desmoralizada, que en muchos casos cobra la forma de presión. Sabemos que hay una neurosis colectiva de la que también forma parte mi generación, pero como que las neurosis son distintas. Mi generación fue más bien histérica y medio obsesivo compulsiva. Ustedes son más bien depresivos”.
Esta reflexión la conecta con la idea de la sociedad el miedo. “Erich Fromm dijo eso, que vivimos en una sociedad dominada por el miedo. Yo no sé si en alguna de las civilizaciones antiguas existió el dios del miedo, pero si no existió, deberíamos inventarlo, porque a su culto se entregan grandes contingentes. Le tenemos miedo a todo, a la guerra, a la paz, a la muerte, a la vida, a los temblores, a los huracanes, a las abejas africanas, al sida, y miedo al miedo. Fromm llama a este miedo, a este espíritu de protección: necrofilia, amor a la muerte. Porque en nombre de la vida, lo que hacen es morirse. Los gringos son los portadores de esta carga de miedo, le tienen miedo a todo. No pueden comer sal, azúcar, grasa, ni chupar, fumar o tomar el sol porque hace daño. Llegan a una puta situación en que se pasan viendo videos encerrados en su casa. De la casa a la oficina y de la oficina a la casa”.
Perelló culmina dejando dos puntos para la reflexión: menciona que somos también una sociedad del eufemismo y de lo desechable.
“Hay que ir con los eufemismos siempre: no le puedes decir a alguien que es negro sino que es africanoamericano, ya no puedes decir los enanitos de Blancanieves sino los compañeros deficientes en estatura, no voy a decir inválido, no qué pasó cabrón, discapacitado o minusválido, mamadas ¿no? El pinche pueblo de los eufemismos. Cuando yo era niño, México era un país jodido, un país pobre y eso era muy cabrón decirlo, entonces vamos a decirle subdesarrollado, luego subdesarrollado también fue feo y se le dijo en vías de desarrollo, luego en vías de desarrollo también era muy feo entonces se llamó de tercer mundo, ahora tercer mundo ya también suena feo por tanto actualmente somos países emergentes ¿Emergentes de dónde y hacia dónde o cómo está el pedo?”
El líder del movimiento estudiantil del 68 enciende el último de sus cigarros y dice: “Es una sociedad de lo desechable, desde los encendedores hasta los grupos de música y los pensadores, se crea una sensación de vacío no hay nada más desechable que está chingadera (el encendedor que tiene en su mano) porque están en todas partes y están siempre; en lo desechable hay una idea de permanencia, o sea, el encendedor se va a la basura pero sale otro igualito y entonces hay una trampa en eso de las modas, la desechabilidad y la actualidad porque finalmente lo que permanece es la frivolidad y la superficialidad, la sensación de estacionarse en una falta de sentido, en una intranscendencia permanente, profunda, contundente”.

martes, 25 de noviembre de 2008

Prosas profanas

Dilema
Si tu mujer se fue con otro la verdadera duda es si debes dispararles ocho balazos o una cena de agradecimiento.

Revelación

Supe que ya no me amaba
Cuando ya no le entraba

Dificultad
Aunque ya no la amaba
¿Cómo habría de dejarla
si a todas horas
me la chupaba?

Certeza
Sé que me amó
Más ya mamó

Desmoronamiento
De aquellas sus nalgas
Sólo migajas

Algunas notas sobre Henry Miller

Booster
Estamos

A favor de En contra de
Comida Paz
Acorazados de bolsillo Gas venenoso
Depresiones Juego Limpio
Plagas Higiene
Pagos simbólicos Moderación
Epilepsia Reumatismo y artritis
Tomar la iniciativa Todos los ismos
Shangri-la Esquizofrenia


Los deseos de Larry
Alejandría Egipto

Esta vez las necesidades son sencillas. Una muchacha que coja con el corazón y el alma y las nalgas; un olivo, una máquina de escribir y unos cuantos grandes amigos como tú. ¿Qué te parece?

Cuando Larwence Durrel y Henry Miller se localizan por correspondencia, Durrel es apenas un mocoso más o menos aventurero y Miller un escritor recién ingresado a la madurez, en vías de aribar a su plenitud artística.
Cito la carta que durrel envía a Miller después de leer el Trópico de cáncer.

A/C del cónsul británico, Villa a Gazini, Perama, Corfú, [agosto de 1935
Es
Estimado Sr. Miller
Acabo de leer Trópico de Cáncer y siento que me gustaría escribirle unas líneas al respecto. Me da la impresión de que es la única obra de escala realmente viril de la que pueda alardea este sgilo (lo viril en Miller es importante, con un siglo que pronto se convertirá en el siglo de las marciconerías, lo viril aparece como una defensa del macho, que no necesariamente del machismo). Es un triunfo total desde el arranque; y no sólo representa una llamada de atención literaria y artística para todos, sino que realmente pone en el papel la sangre y las vísceras de nuestro tiempo. Nunca he leído nada igual. No me imaginé que pudiera escribirse algo así; y sin embargo, curiosamente, al leerlo me pareció reconocerlo como algo para lo que sabía que todos estábamos preparados. Estaba listo el espacio para ese libo. Trópico de Cáncer se abre paso a una nueva vida que ha recuperado sus agallas. Ante él los elogios se convierten en un lugar común, así que, por amor de dios, no me eche en cara que esto suene como los graznidos de un viejo reseñador o como un anuncio de crema facial. Sabe Dios que sopeso lo mejor posible las palabras pero el condenado libro ha estremecido las básculas como un terremoto y ha confundido mis habituales pesas y medidas. Me encantan sus agallas. Me encanta ver diezmados los cánones de la emoción oblicua y mezquina, ver cubiertos de estiércol los caprichos y las batallas de sus contemporáneos, de Eliot y Joyce. Que Dios nos dé a los jóvenes el valor de plantar encima margaritas y concluir esa tarea.
(...)
(Trópico) Encontró por fin como salir de las letrinas. Es gracioso que nadie haya pensado en salir de ellas por el excusado, junto con el agua, en lugar de apiñarse en la puerta. Saludo a Trópico como el libro de mi generación. Está hecho a la medida del hombre, y se ubica directamente entre esos libros (y son muy pocos) que los hombres han hecho desde sus propias entrañas. Dios me perdone, esto suena pomposo, pero ¿qué se puede decir?
p. 16 carta desde Corfú

Durrel da en el clavo según asegura el propio Miller, si algo distingue la obra de Henry, son las entrañas, las entrañas por la vía escatológica, las entrañas que sienten, que mastican, procesa y cagan. La estética de Miller se basa en la vida, ni siquiera pretende unir vida y arte, simplemente es vital en tanto que la vida, antes que arte, es eso, vida. Contrario a lo planteado por Miller, el camino de la literatura hoy día, corre más por el sendero de la forma, arquitectura evasiva. Durrel le escribe al autor de la Trilogía rosada:

Carta de Durrel
A/C Banco Jónico (mediados de enero de 1937)
En nuestra época hemos llegado a un punto en la literatura en que al escritor le es posible SER EL MISMO en el papel. Es más que posible. Es inevitable y necesario. Pero para los isabelinos escribir era algo totalmente separado de vivir.” P. 51 A propósito del ensayo sobre Hamlet.
Ya no se trata de lo que el arte representa, ni de su función de entretenimiento y tampoco su alcance de belleza, el arte se convierte en una posición y una exposición, Miller lo comprende y lanza la pluma para provocar al lector.

París 20 de enero de 1937

Henry Miller a Durrel

Veo pasar al hombre en largas oleadas, así. Pihteanthropus erectus. Neanderthal... Cro-Magnon... Tal vez hemos avanzado 10,000 años más o algo así en nuestro ciclo de desarrollo. Tal vez nos lleve 15,000 más mostrar todo lo que tenemos. ¡Y entonces fuera! ¡Fuera, como un relámpago! Y otra raza flamante, nuevas ideas, nuevos tabúes, etc. No necesariamente superiores. No, pero sí totalmente diferentes. Totalmente. Gloriosamente diferentes. Esto está siempre en el fondo de mis ideas... el hombre nuevo por venir, que ni siquiera sabrá cómo leer nuestras reliquias. (...) p. 57
Miller está en busca del nuevo hombre, aún a pesar suyo, él forma parte de esa constelación del medio milenio, de la edad moderna, lo mismo los ilustrados que los revolucionarios franceses, que el comunismo, que la ciencia y que los filósofos y beats (a quienes Durrel detesta) esa constelación, esa posición zodiacal que anuncia que el hombre no puede ser esta mierda que ahora es.
El querido Val de June Miller no se propone así mismo como el hombre modelo más que en dos cosas, y quizá puedan reducirse a una: Una actitud vital, y una capacidad de amor. El autor sugiere al lector humillarse no como un acto de sobajamiento perverso, arrastrarse no es convertirse en gusano si se hace con amor. En algún pasaje plantea: Si dios no es amor, su existencia no sirve para nada.

A/C Banco Jónico, Corfú. 27-01-1937
De cualquier manera, soy uno de los expatriados del mundo. Es solitario vese separado de la raza de uno.
Durrel.



La admiración por lo que todos nosotros consideramos una literatura superior tiene siempre un acento falso. La discrepancia entre lo que somos y lo que admiramos en los demás es, al fin y al cabo, una discrepancia en la vida. El estímulo que el arte le proporciona a los hombres no es más que el resultado del reconocimiento ciego de que no hemos vivido lo suficiente. El vivir, sin duda, puede darse en toda clase de planos. Pero vivir es siempre vivir; la prueba, o el óptimo, si lo prefiere, de la fe probada. P. 61 París 28-01-37
Henry Miller a Durrel.

Toda obra sincera incita a vivir, y vivir, hacerlo plenamente, signifca aceptar la aventura hasta sus últimas consecuencias, incluso en el aburrimiento, que tanto le interesaba a Miller. En otras palabras: La fiesta está en la fiesta.

Miller no es distante de lo q ue escribe, cuando Durrel le da a leer The Black Book, Miller le dice que ahora, al dejar de lado la literatura comercial, “Su carrera comercial ha terminado. De ahora en adelante está fuera de la ley, y lo felicito con tdo el aliento que hay en mi cuerpo”. P. 63

Todo acto sincero sale, rompe los márgenes de la ley, el amor por ejemplo, es un acto de violencia extrema, por eso se le viste con dulces bombones y rosas, para cubrir sus impudicias.

Al menos para mí significa que se da cuenta de que lo maravilloso no es un reino separado, estático, intocado, que anhelamos y por medio del cual destruiremos un presente siempre presente, sórdido, feo e insostenible, sino que en el aquí y en e ahora (que era exactamente mi tesis) siempre tenemos los maravilloso simplemente por el poder transformador del espíritu. P. 65 París. 13-01-1937
Argumento de Miller a propósito de TBB de Durrel y el surrealismo. Lo maravilloso, como en lo Real Maravilloso Americano, pero sin el exotismo, no está en un más allá lejano, se encuentra en la cotidianidad sorprendida, lo maravilloso de abandonarse al transcurso de 24 hrs. plenas de excitación.
En cierta forma no importa, porque la vida misma es simplemente una ilusión... que crece como un cristal de Venecia, con unos cuantos soplidos y luego... ¡Crac!
Lawrence Durrel, Carta a H. Miller a la muerte de Anaïs Nin 03-01-78

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Arrebato

El arrebato libertario ( en recuerdo de Werther)

Benjamín García

En todas las épocas de la historia humana ha existido el suicidio. Es uno de los pocos actos de auténtica libertad humana.
Ahora bien, en nuestra historia moderna el suicidio es un acto heredero de la tradición romántica. Aunque Shakespeare es anterior al estallido romántico, con Romeo y Julieta sienta las bases del arquetipo de la muerte ante la imposibilidad del amor.
Pero no sólo de amor eros muere el hombre. Las religiones prometen una vida mejor que la presente en el Cielo, el Paraíso, el Valhala, o en ese antro dionisiaco denominado el Más Allá.
Lo que se colige es muy sencillo: no es sólo nuestro absurdo deseo de permanencia inmortal; no, es también que la vida es per se insoportable. De suyo, la vida significa tensión, para satisfacer las necesidades más básicas como respirar, comer, dormir, y de ahí a la construcción de la historia individual y colectiva.
Una máxima genial de la cultura popular mexicana dice: “Ya habrá tiempo para descansar en la tumba”; parecida al “descanse en paz”, cristiano. ¿Qué anuncian – denuncian – esas frases? Que la vida es tensión diaria y por tanto insoportable, o peor aún: que la vida es soportable.
El romántico sabe esto, o al menos lo intuye, y se arroja con su corazón expuesto a la vida. No es que la vida lo golpee, uno se golpea contra la vida. En tanto que humanos comentemos y nos cometen traición, mentira, envida, sedicia y cuanta crapulencia existente sea posible.
Mas el romántico es un hombre de fe, he ahí a Petrarca – otro anterior al romanticismo – dotando a Laura de los atributos de un ángel, de una diosa. Nuestra forma de amor, entendámoslo bien, es cristiana: Jesucristo es el ejemplo máximo de la entrega: el diablo tienta su corazón, el mundo lo tienta e, incluso, el miedo lo tienta, sin embargo entrega su vida por amor.
Para el romántico el amado es puro y perfecto, está lejos de la podredumbre del mundo, es el ave de Salvador Díaz Miró que cruza el pantano sin mancharse las alas; es más, su sola presencia vuelve al pantano un lugar ideal. La vida se vuelve soportable, es más, gozable, porque el ángel ha venido a redimirnos.
Si el amado, como en el caso de Petrarca, queda en la lejanía, el ideal de amor se mantendrá en la pureza; si el amor se consuma, se consume.
El amado, como Jesucristo, es un representante de la humanidad entera; es esperanza e ilusión. Cuando el amado traiciona, miente, engaña o, simplemente no cumple con las expectativas del ideal de amor, adviene la desilusión.
Desilusión. El romántico, ser de fe, ¿en qué puede ahora creer? De nuevo el pantano surge como tal. Peor, ahora es un cúmulo de mierda donde es imposible que flote la esperanza.
La tensión diaria se magnifica, la vida ya no tiene solución.
En realidad la vida es una ecuación de incógnitas y variables sin respuesta, pero el romántico lo ha descubierto luego de un periplo aventurero, extático.
No hay más. Si una ilusión no germina nuevamente, sólo queda destruir al mundo. Hay quienes verdaderamente lo hacen, es típico el ejemplo de los hombres que se unen a la legión extranjera; otros a la guerrilla. Pero cerrar los ojos es la mejor manera de destruir al mundo.
Durante los 90 se puso de moda la siguiente definición del suicidio: Un instante de valor en un momento de cobardía. Mentiras. ¿La resignación es una forma de valentía? ¿No admiramos a los que no soportaron x o y situación y entregaron su vida para cambiarla?
En el libro Los 7 Samurai, de Helen Dewitt, la protagonista plantea el siguiente problema: a) X termina con su vida, digamos, un 9 de mayor de tal año.
b) X Termina sigue su vida y cae víctima de una enfermedad mortal.
¿No diremos que es mejor x(a) que x(b)?
El romántico es un ser vital y su muerte es un acto de vida, una flor que busca abrir camino en el pantano.
Ahora bien, hay suicidios hermosos, como el de Alfonsina Storni entrando océano para volver a la nada. Por desgracia el suicidio, como todo lo romántico, es un arrebato, no hay tiempo para el ingenio. En el Metro de la Ciudad de México hay suicidios todo el tiempo, digamos que es un sistema muy popular, junto con los balazos, ahorcamientos, píldoras y demás.
En una de sus ucronías, Oscar de la Borbolla convoca a un concurso de suicidios, uno de los ganadores es un tipo que innovo el disparo en la sien: se pegó con durex la bala y se dio un martillazo.
Es un dilema un tanto irresoluble el que plantea el romanticismo: entre el lugar común del arrebato y la invención. Quien esto escribe, como buen romántico, piensa en suicidios imposibles: abandonado en la luna, por ejemplo. Ha de ser espantoso morir de asfixia o inanición, pero qué bello debe ser irse con la imagen de la tierra y el espacio.
Otra forma sería en la quietud y soledad de Pripriat, una ciudad Rusa abandonada luego del estallido nuclear de Chernobyl. El problema es que ha de ser desesperante y tedioso aguardar la muerte ahí.
Hacia el final de Miau, la novela de Benito Pérez Galdós, el protagonista – lamento echarles a perder la obra a quienes no la han leído -, que es un anciano, se lanza por una cañada. Es el abandono absoluto del cuerpo, esa estorbosa cárcel.
En la película Abre los ojos hay un suicidio y un asesinato – aunque como dice Marcelino Perelló, el suicidio ya es de por sí un asesinato -: una mujer despechada lleva en su auto a su ex amante. En el camino lanza el auto hacia el vacío. El crimen perfecto: mata al desilusionado y al desilusionador.
El suicida, después de todo, es un vengador, un justiciera. Si bien su muerte es un llamado al otro, a los demás, es principalmente un ajuste de cuentas, una forma de reestablecer el equilibrio.
¡Larga vida al suicidio!
Y para quienes permanecemos, valor.