miércoles, 12 de noviembre de 2008

Arrebato

El arrebato libertario ( en recuerdo de Werther)

Benjamín García

En todas las épocas de la historia humana ha existido el suicidio. Es uno de los pocos actos de auténtica libertad humana.
Ahora bien, en nuestra historia moderna el suicidio es un acto heredero de la tradición romántica. Aunque Shakespeare es anterior al estallido romántico, con Romeo y Julieta sienta las bases del arquetipo de la muerte ante la imposibilidad del amor.
Pero no sólo de amor eros muere el hombre. Las religiones prometen una vida mejor que la presente en el Cielo, el Paraíso, el Valhala, o en ese antro dionisiaco denominado el Más Allá.
Lo que se colige es muy sencillo: no es sólo nuestro absurdo deseo de permanencia inmortal; no, es también que la vida es per se insoportable. De suyo, la vida significa tensión, para satisfacer las necesidades más básicas como respirar, comer, dormir, y de ahí a la construcción de la historia individual y colectiva.
Una máxima genial de la cultura popular mexicana dice: “Ya habrá tiempo para descansar en la tumba”; parecida al “descanse en paz”, cristiano. ¿Qué anuncian – denuncian – esas frases? Que la vida es tensión diaria y por tanto insoportable, o peor aún: que la vida es soportable.
El romántico sabe esto, o al menos lo intuye, y se arroja con su corazón expuesto a la vida. No es que la vida lo golpee, uno se golpea contra la vida. En tanto que humanos comentemos y nos cometen traición, mentira, envida, sedicia y cuanta crapulencia existente sea posible.
Mas el romántico es un hombre de fe, he ahí a Petrarca – otro anterior al romanticismo – dotando a Laura de los atributos de un ángel, de una diosa. Nuestra forma de amor, entendámoslo bien, es cristiana: Jesucristo es el ejemplo máximo de la entrega: el diablo tienta su corazón, el mundo lo tienta e, incluso, el miedo lo tienta, sin embargo entrega su vida por amor.
Para el romántico el amado es puro y perfecto, está lejos de la podredumbre del mundo, es el ave de Salvador Díaz Miró que cruza el pantano sin mancharse las alas; es más, su sola presencia vuelve al pantano un lugar ideal. La vida se vuelve soportable, es más, gozable, porque el ángel ha venido a redimirnos.
Si el amado, como en el caso de Petrarca, queda en la lejanía, el ideal de amor se mantendrá en la pureza; si el amor se consuma, se consume.
El amado, como Jesucristo, es un representante de la humanidad entera; es esperanza e ilusión. Cuando el amado traiciona, miente, engaña o, simplemente no cumple con las expectativas del ideal de amor, adviene la desilusión.
Desilusión. El romántico, ser de fe, ¿en qué puede ahora creer? De nuevo el pantano surge como tal. Peor, ahora es un cúmulo de mierda donde es imposible que flote la esperanza.
La tensión diaria se magnifica, la vida ya no tiene solución.
En realidad la vida es una ecuación de incógnitas y variables sin respuesta, pero el romántico lo ha descubierto luego de un periplo aventurero, extático.
No hay más. Si una ilusión no germina nuevamente, sólo queda destruir al mundo. Hay quienes verdaderamente lo hacen, es típico el ejemplo de los hombres que se unen a la legión extranjera; otros a la guerrilla. Pero cerrar los ojos es la mejor manera de destruir al mundo.
Durante los 90 se puso de moda la siguiente definición del suicidio: Un instante de valor en un momento de cobardía. Mentiras. ¿La resignación es una forma de valentía? ¿No admiramos a los que no soportaron x o y situación y entregaron su vida para cambiarla?
En el libro Los 7 Samurai, de Helen Dewitt, la protagonista plantea el siguiente problema: a) X termina con su vida, digamos, un 9 de mayor de tal año.
b) X Termina sigue su vida y cae víctima de una enfermedad mortal.
¿No diremos que es mejor x(a) que x(b)?
El romántico es un ser vital y su muerte es un acto de vida, una flor que busca abrir camino en el pantano.
Ahora bien, hay suicidios hermosos, como el de Alfonsina Storni entrando océano para volver a la nada. Por desgracia el suicidio, como todo lo romántico, es un arrebato, no hay tiempo para el ingenio. En el Metro de la Ciudad de México hay suicidios todo el tiempo, digamos que es un sistema muy popular, junto con los balazos, ahorcamientos, píldoras y demás.
En una de sus ucronías, Oscar de la Borbolla convoca a un concurso de suicidios, uno de los ganadores es un tipo que innovo el disparo en la sien: se pegó con durex la bala y se dio un martillazo.
Es un dilema un tanto irresoluble el que plantea el romanticismo: entre el lugar común del arrebato y la invención. Quien esto escribe, como buen romántico, piensa en suicidios imposibles: abandonado en la luna, por ejemplo. Ha de ser espantoso morir de asfixia o inanición, pero qué bello debe ser irse con la imagen de la tierra y el espacio.
Otra forma sería en la quietud y soledad de Pripriat, una ciudad Rusa abandonada luego del estallido nuclear de Chernobyl. El problema es que ha de ser desesperante y tedioso aguardar la muerte ahí.
Hacia el final de Miau, la novela de Benito Pérez Galdós, el protagonista – lamento echarles a perder la obra a quienes no la han leído -, que es un anciano, se lanza por una cañada. Es el abandono absoluto del cuerpo, esa estorbosa cárcel.
En la película Abre los ojos hay un suicidio y un asesinato – aunque como dice Marcelino Perelló, el suicidio ya es de por sí un asesinato -: una mujer despechada lleva en su auto a su ex amante. En el camino lanza el auto hacia el vacío. El crimen perfecto: mata al desilusionado y al desilusionador.
El suicida, después de todo, es un vengador, un justiciera. Si bien su muerte es un llamado al otro, a los demás, es principalmente un ajuste de cuentas, una forma de reestablecer el equilibrio.
¡Larga vida al suicidio!
Y para quienes permanecemos, valor.

1 comentario:

Juan de Lobos dijo...

Que gusto Maese encontrarte finalmente entre los que nos hemos decidido dejar seducir por los Blogs, imagino que siendo un medio relativamente nuevo es bastante atractivo. Bien por ti. Así nos acompañaremos en letras y en pensamientos.
Recibe un aullido y un abrazo desde tierras chiapanecas, y creo que el mejor suicidio es vivir plenamente.