sábado, 21 de marzo de 2009

Un poco de Miller

Nota autobiográfica
Henry Miller
Nací en la ciudad de Nueva York, el 26 de diciembre de 1891, de padres estadounidenses. Mis abuelos vinieron a los Estados Unidos para evitar el servicio militar. Todos mis antepasados son alemanes y provienen de todas las regiones de Alemania; la familia se ha dispersado por todo el mundo, en las regiones más remotas y alejadas. Los hombres fueron casi todos marinos, campesinos, poetas y músicos. Hasta que comencé a asistir a la escuela sólo hablé alemán, y la atmósfera en que me críe, a pesar de que mis padres nacieron en los Estados Unidos, era total y absolutamente alemana. De los cinco a los diez fueron los años más importantes de mi vida; viví en la calle y adquirí el típico espíritu pandillero de los norteamericanos. Siento particular cariño por el Distrito 14, de Brooklyn, donde me crié; era una barriada de inmigrantes y mis compañeros eran todos de diferentes nacionalidades. La guerra hispano-estadounidense, que estalló cuando yo tenía siete años, fue un acontecimiento importante de mis primeros años; me complació el espíritu turbulento que entonces se desató y que me permitió comprender a temprana edad la violencia y la ilegalidad que son tan características de los Estados Unidos.
Mis padres eran personas relativamente pobres, laboriosas, frugales y sin imaginación. (Mi padre no leyó un libro en toda su vida.) Fui bien cuidado y viví con salud y felicidad hasta que tuve que valerme solo. No deseaba ganarme la vida, no tenía sentido de la economía, ni respeto por mis mayores o por las leyes y las instituciones. Desafié a mis padres y a quienes me rodeaban casi desde el momento que fui capaz de hablar. Salí de la Universidad local pocos meses después de ingresar, disgustado con la atmósfera del sitio y la estupidez de los programas. Tomé un empleo en el distrito comercial, en una compañía de cementos, y muy pronto lo lamenté. Dos años después mi padre me dio el dinero necesario para ir a Cornell. Tomé el dinero y desaparecí con mi amante, una mujer que tenía edad suficiente como para ser mi madre. Volví a casa aproximadamente un año después y luego me marché definitivamente para ir al Oeste. Trabajé en varias regiones del país, y sobre todo en el Sudoeste. Realicé toda suerte de tareas manuales, generalmente como peón de estancia. Me hallaba en camino hacia Juneau, Alaska, para trabajar como minero lavador en yacimientos de oro, cuando me abatió la fiebre. Regresé a Nueva York para llevar una vida errante, vagabunda y sin rumbo, trabajando en cualquier cosa y en todas, pero nunca mucho tiempo. Fui buen atleta y me adiestre todos los días durante cinco años... como si pensara competir en los juegos olímpicos. Debo mi excelente salud a este precoz régimen espartano, a la permanente pobreza en que viví agitado y rebelde hasta los treinta años, fui el cabecilla en todo y sufrí sobre todo porque era excesivamente honesto, demasiado sincero, veraz y generoso.
A temprana edad me obligaron a estudiar piano, demostré cierto talento y después lo estudié con seriedad, con la esperanza de convertirme en concertista, pero no lo hice. Abandoné completamente, pues mi lema fue siempre “todo o nada”. Me vi obligado a ingresar en la sastrería de mi padre, porque él no estaba en condiciones de administrar sus asuntos. No aprendí casi nada de sastrería; en cambio, empecé a escribir. El primer trabajo escrito por mí probablemente lo redacté en la sastrería de mi padre... un extenso ensayo sobre el Anticristo de Nietzsche. Solía escribir cartas a mis amigos, cartas de cuarenta y cincuenta páginas de extensión, sobre todo lo que existe bajo el sol: eran cartas humorísticas, y al mismo tiempo pomposamente intelectuales. (¡Aún hoy me place particularmente escribir cartas!) De todos modos, en eso días nunca pensé que llegaría a ser escritor... la sola idea casi me atemorizaba.
Cuando Estados Unidos entró en la guerra fui a Washington a ocupar un puesto en el Departamento de Guerra... para clasificar correspondencia. En mis ratos libres escribí varias crónicas para uno de los periódicos de Washington. Salí de filas usando la cabeza, volví otra vez a Nueva York y me hice cargo del negocio de mi padre durante su enfermedad. Fu siempre y soy todavía un pacifista ciento por ciento. Creo que está justificado matar a un hombre en un momento de cólera, pero no a sangre fría o por razones de principio, como preconizan las leyes y los gobiernos del mundo. Durante la guerra me casé y fui padre. Aunque los empleos abundaban entonces, yo siempre estaba sin trabajo. Ocupé innumerables puestos por un día y a menudo por menos tiempo. Entre ellos los siguientes: lavaplatos, ayudante de restaurante (newsie), mensajero, sepulturero, pegador de carteles, vendedor de libros, mozo de hotel, encargado de bar, vendedor de licor, dactilógrafo, operador de máquina de sumar, bibliotecario, estadígrafo, trabajador social, mecánico, corredor de seguros, recolector de basura, ordenanza, secretario de un evangelista, estibador, guarda de tranvía, instructor de gimnasia, repartidor de leche, contralor de entradas, etcétera.
El más importante encuentro de mi vida fue el que tuve con Emma Goldman en San Diego, California. Ella me abrió todo el mundo de la cultura europea e infundió a mi vida nuevo ímpetu, y también orientación. Me interesó apasionadamente el movimiento I. W. W. en la época de su auge, y recuerdo con gran respeto y afecto a gente como Jim Larkin, Elizabeth Gurley Flynn, Giovanitti y Carlo Tresca. Nunca fui miembro de ningún club, fraternidad u organización social o política. Cuando era un jovencito me vi llevado de una Iglesia a otra... primero fui luterano, luego metodista, luego episcopal. Luego seguí con gran interés las lecturas del Centro Bahai, de los teósofos, de los partidarios del Nuevo Pensamiento, de los Adventistas del Séptimo Día, y de otros. Mi actitud era absolutamente ecléctica e inmune. Los cuáqueros y los mormones me impresionaron por su integridad y su sinceridad... y por su autosuficiencia. Creo que son los mejores norteamericanos.
En 1920, después de desempeñarme como mensajero y alcahuete de la compañía, fui jefe de personal de la Western Union Telegraph Company, en la ciudad de Nueva York. Conservé el empleo cinco años, y todavía lo considero el período más rico de mi vida. La resaca y el desecho de Nueva York pasaron por mis manos... más de cien mil hombres, mujeres y jóvenes. En 1923, durante una vacación de tres semanas, escribí mi primer libro, que era el estudio de doce mensajeros excéntricos. Era un libro largo y probablemente muy malo, pero me impulso a escribir. Dejé el empleo sin el más mínimo anuncio previo, decidido a ser escritor. Allí comenzó la auténtica miseria. De 1924 a 1928 escribí numerosos cuentos y artículos, ninguno de los cuales fue aceptado jamás. Finalmente edité mi propia producción y con la ayuda de mi segunda esposa la vendí de puerta en puerta, y posteriormente en restaurantes y en clubes nocturnos. Con el tiempo me vi obligado a mendigar en las calles.
Gracias a un golpe inesperado de la suerte pude viajar a Europa en 1928, y allí permanecí un año entero recorriendo buena parte del continente. Permanecí en Nueva Cork el año 1929, otra vez sin dinero, miserable, incapaz de hallar una salida. A principios de 1930 reuní el dinero necesario para volver a Europa, con la intención de dirigirme directamente a España, pero nunca pasé de París, donde estoy desde entonces.
Además del libro sobre los mensajeros escrito en tres semanas, mientras viví en los Estados Unidos completé dos novelas y llevé conmigo a Europa una tercera, que se hallaba inconclusa. Después de completarla la ofrecí a un editor de París, que se apresuró a perderla y que un día me preguntó si estaba seguro de habérsela dado. No había copia del libro… tres años de trabajo tirados a la calle. Comencé Trópico de Cáncer, anunciado como mi “primer” libro, aproximadamente un año después de desembarcar en París. Fue escrito en distinto sitios en toda clase de papeles, a menudo al dorso de viejos manuscritos. Mientras lo escribía tenía escasas esperanzas de verlo publicado jamás. Fue un gesto de desesperación. La publicación de esta obra por Obelisk Press, de París, me abrió las puertas del mundo. Me aportó innumerables amigos y conocidos en todas partes. Todavía estoy sin dinero y aún no sé cómo ganarme la vida, pero tengo muchos amigos y muchas personas que me desean bien, y he perdido el miedo a la miseria, que estaba convirtiéndose en obsesión. Ahora estoy unificado absolutamente con mi destino y me he reconciliado con lo que pueda ocurrir. No temo en lo más mínimo el futuro, porque he aprendido a vivir en el presente.
En cuanto a las influencias… la auténtica influencia ha sido la vida misma, particularmente la vida de las calles, de la que nunca me fatigo. Por donde se me busque soy un hombre de la ciudad; odio la naturaleza, del mismo modo que odio a los “clásicos”. Debo mucho al diccionario y a la enciclopedia que, como hacía Balzac, leía vorazmente cuando era joven. Hasta los veinticinco años apenas había leído una novela, con excepción de los rusos. Me interesaba exclusivamente la religión, la filosofía, la ciencia, la historia, la sociología, el arte, la arqueología, las culturas primitivas, las mitología, etc. Casi nunca miraba los periódicos… y durante toda mi vida jamás leí una novela policial. Por otra parte he leído todo lo que pudo hallar en el campo del humor… ¡es tan escaso y tan valioso lo que hay! Me gustaba la literatura popular y los cuentos de hadas de Oriente, y especialmente los relatos japoneses, que están impregnados de violencia y malevolencia. Me gustaban autores como Herbert Spencer, Fabre, Havelock Ellis, Fraser, el viejo Huxley y otros por el estilo. Conocí mucho el drama europeo, gracias a Emma Goldman… conocí a los dramaturgos europeos antes que a los ingleses o a los norteamericanos. Leí a los rusos antes que a los anglosajones y a los alemanes antes que a los franceses. Los autores que ejercieron mayor influencia sobre mí fueron Dostoievski, Nietzsche y Elie Faure. Proust y Spengler tuvieron tremenda capacidad de fecundación. De los escritores norteamericanos las únicas influencias reales fueron Whitman y Emerson. Reconozco el genio de Melvilla, pero lo encuentro aburrido. Me disgusta intensamente Henry James, y detesto absolutamente a Edgar Allan Poe. En general, me disgusta la tendencia de la literatura norteamericana; es realista, prosaica y “pedagógica”; está rebajada para satisfacer el mínimo común denominador, y en mí opinión es buena solamente en el dominio del cuento corto. En este dominio, opino que hombres como Sherwood Anderson y Saroyan, escritores completamente opuestos, son verdaderos maestros e iguales si no superiores a cualquier europeo. En cuanto a la literatura inglesa, me deja tan frío como los propios ingleses: es una suerte de mundo ictiológico que resulta totalmente extraño. Me siento agradecido por haber concertado una humilde relación con la literatura francesa, la que en conjunto es débil y limitada, aunque en comparación con la literatura anglosajona actual configura un ilimitado mundo imaginativo. Debo mucho a los dadaístas y a los surrealistas. Prefiero a los escritores franceses que son antifranceses. Creo que Francia es la China de Occidente, aunque decididamente inferior en todo sentido a la auténtica China. Creo que para vivir y trabajar, Francia es el mejor lugar del

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