lunes, 29 de abril de 2013

Prometeo banda

Prometeo banda Al parecer los europeos trajeron consigo novísimas enfermedades que causaron estragos sobre la población náhua. Algunos autores marcan este hecho, incluso, como la causa del triunfo. Pero no sólo de virus enferma el hombre, también le aquejan la civilización y, en particular, una cepa especial de ésta: el romanticismo. Se acepta en generl que el romanticismo fue una respuesta al racionalismo: las emociones frente al gnosos, la episteme. Sturm and drang, rayos y centellas, las trombas de la existencia. Pobre humano desgarrado ante un mundo frío y cerebral que pretende explicarlo todo, que pretende hacer funcionar hasta la más pequeña partícula. Escapar de la maquinaria. Ofrecer la vida como un nuevo Prometeo, ¿qué importa el castigo? Buitres, ¡devoren mis entrañas! De todas manera entregaré el fuego a los hombres, me sacrificaré. Ritual y sacrificio El romántico adopta como emblema la muerte. Así el joven Werther se suicida por amor, es imposible vivir en un mundo que no satisface nuestras emociones. Nada más poco productivo que la muerte, un muerto deja de fabricar. La muerte se convierte en una forma de estar en contra, en una forma de sacrificarse para entregar el fuego-mensaje. Nace entonces el artista como lo conocemos modernamente, ese YO GIGANTESCO: yo sufro, yo padezco, yo muero. All nacer el artista nace el autor, Dios deja de ser el creador, ahora hay un cúmulo de creadores, hacedores del universo, deicidas (como los ha llamado Vargas Llosa). El autor, como Cristo, viene a sufrir por nosotros, vive el suplicio, y luego de vivirlo, entrega su vida, resucita al tercer día en la antología, en el encumbramiento del semanario, se vuelve un Dios con nombre de biblioteca, un mito que se cuenta en los pasillos: Baudelaire, Rimbaud, Blake, Henry Miller, Roberto Bolaño, Alberto Roblest, Pablo Hoyos, Yaxkin Melchin (espero que se escriba así), et alia. El artista: funesto funámbulo. Un grupo de vagamundos en acción de espantar al burgués. La bohemia. Uno tras otro muerto en sacrificio. Incluso Marx, a diferencia de Engels, entrega su vida para dar el fuego. Sadness Todo es tristeza, el mundo es triste, la luna llena, el sol se lamenta con esplendores flatulentos, el mar ruge su estertor agónico. Nada es cierto, todo es mentira, todo es error, como dijo el grigo: No hay mayor bien que no haber nacido / pero si ya ha nacido, / lo mejor es volver de prisa / por la misma senda por donde se vino. Esta estructura narrativa será heredada a los jipis, a los heavy metaleros, a los propios artistas de nuestra época e incluso a los chavos banda de la urbe mexicana. El sarcófago con ruedas Viajaba en microbús por el rumbo de Atizapán. El chofer soltó su play list: Quién te cantará, con esa guitarra, cuando no esté yo. Cuando aspira, fuma; no come, bebe; no vive, muere... Derrota, fracaso: Él es como el sol y en la eternidad unieron sus almas. El chavo banda sufre, padece, encarna el sacrificio. Inconforme con el sistema, no se aytreve a cambiarlo, mejor morir. Como el Ché Guevara, donde la muerte llegue, bienvenida. Calcinarse en la insatisfacción y en la ansiedad. Yo mismo, hijo del romanticismo he entregado mi vida para dar el fuego, pero ¿de verdad he/mos espantado a alguien? ¿Realmente hemos sacudido a las buenas conciencias? ¿No habremos, entre tanto sufrir, fumar, beber y morir, extraviado el mensaje? ¿O es que el mensaje siempre lo fue de dolor? Quizá sea hora de reencontrarnos con el sol, de volvernos gozosos, de disfrutar, de arder no en las llamas infernales, sino en la hoguera del universo,, que la luna y el sol dancen, que el mar nos cuente historias y que la muerte no sea sino una amiga fiel. Henry Miller decía a menudo: bailaré sobre vuestras tumbas... Yo lo haré sobre la mía. B. G. 2013

miércoles, 17 de abril de 2013

El hijoputismo

Sobre la necesidad de ser un hijo de puta El romanticismo nos enseñó que el artista es un yo sensible, un catalizador y un detonador. El artista es un ente sobre el que los rayos y truenos del mundo caen, es como aquel personaje de los adolescentes Picapiedra, que va permanentemente acompañado por una nube cargada y gris: un ente sufriente, un profesional de la emoción. Aun cuando la emoción sea positiva, como la alegría, es tormenta. Sobre el sufriente recae toda bondad y toda maldad en el mundo. Nadie más percibe la belleza y la ternura como él, nadie más y él está aquí para dar constancia del sufrir universal. De ello no puede mas que devenir un hijo de puta. De tanto sentir todo, siente nada. No hay emoción imperecedera, sólo la emoción. No importa el sufrimiento de los demás, ninguno es su sufrimiento y, como Cristo, él artista vino a sufrir por todos. Vivir como artista es entonces vivir en laceración constante, no alejado de lo mundano sino subsumido en ello, como una rata en una licuadora. Tanto Rimbaud como Henry Miller son excelentes ejemplos de la actitud del hijodeputa. Sólo se puede a escribir como ellos siendo tal, porque los conduce la sinceridad extrema, no hay en ellos visos de buscar una beca, un premio o una publicación, dialogan con el pasado y con la posteridad como si estuviese frente a ellos con una botella de vino y trocitos de queso. El hijodeputa no busca serlo, simplemente se descubre como tal en su insatisfacción, no llega al arte pretendiendo ser artista, simple y sencillamente está ahí. El hijo de puta llega a publicar, pero ese no es su destino, ni siquiera escribir o pintar, lo hace por hijo de puta, por hijo de la chingada. Vive navegando la tradición, no se reconoce en ninguna escuela sino en la hijoputez. Su desvergüenza y su orfandad lo llevan a asirse de otros hijos de puta, así, lo mismo dice que Cristo es su padre, o Manuel Maples Arce. Como madre escoje a Alfonsina Storni o a Anaïs Nïn. La orfandad permite inventarse cualquier prosapia. Ser huérfano es estar libre de atavismos (aunque no de herencias), nada se debe a nadie, acaso se es acreedor de la humanidad por causa del nacer y del vivir surfeando la ansiedad. El hijo de puta es un enfermo, le tiemblan los huesos, le gruñe el corazón, tiene el alma llena de caspa y su espíritu sufre halitosis. No es una buena vida, ni mucho menos deseable, quizá como mérito posea sólo el desapego, porque como buen huérfano busca su casa en todas y ninguna. Cuantas veces le griten "hijo de puta", no devolverá sino el eco de un corazón roído e infeccioso. César, los que van a morir te saludan: Chinga tu madre. B. G. 2013

lunes, 15 de abril de 2013

¿Para qué leer?

¿Para qué leer? La soledad padecida por mi madre arrastró al mocoso que tuvo por hijo. Al verla mitigar su pena con revistas, folletines y cómics de Bugs Bunny (conocido como el Conejo de la Suerte, en aquellos años), resolví, a los cinco años, actuar de la misma forma. La lectura rompió el cerco de la soledad y el de la pobreza. Deseaba viajar, conocer otras latitudes fuera de Tlalnepantla. No había dinero para viajar a París, en los 80 eso hacían los ricos, nada más. Los libros me llevaron a ciudades destruidas mil años atrás, el Apocalipsis de San Juan me hizo, con sus 7  trompetas, retumbar al borde de mi cama; conmovido por la soledad de la criatura llevada a la vida por Víctor Frankstein, inició mi cruento romanticismo. Pero todo eso lo doy por sabido. Quien lee conoce la experiencia... ¿Y quien no lee? El sueño de la razón y sus monstruos Leer es una inyección antisoledad, para gente como yo, es una de las mejores drogas para evadirse de realidad. No es la única forma ni la mejor, simplemente no hay una mejor forma, a cada quien sus alucinógenos. Pensar que la lectura es una obligación humana o que leer nos hace mejores personas es un completo error. Es razonar como los hippies psicodélicos, cuyo plan consistía en inundar el sistema hidráulico norteamericano con LSD para construir una sociedad feliz. Por supuesto, quienes amamos la lectura, pretendemos arrastrar al mundo entero a nuestro vicio, tanto como los pintores, músicos, performanceros, cineastas y demás quisieran hacer. La lectura es un acto de amor y el amor no se impone ni se mandata. Vlady, el célebre pintor, decía unos años antes de su muerte: Leo puras cosas que no me gustan, pero hay que leer. No es necesario en realidad: hay que leer porque uno lo necesita, y si es prescindible en nuestra vida, más vale ocupar el tiempo de otra manera. El racionalismo, en su lucha contra el misticismo cristiano, donde toda verdad dependía de la voluntad divina, encontró en el conocimiento la felicidad y en el libro su principal difusor. Por eso, hombres modernos, creemos que todo lo afirmado en un libro es digno de crédito. Uno de los libros que más daño causó en mi vida fue Juventud en éxtasis. A mis 17 anos, presa de un irredento romanticismo mal comprendido, caí, fácil víctima, en un noviazgo tortuoso en el que todo el tiempo la culpabilidad cristiana acicateaba su látigo sobre mí. Aseguro que es un libro indigno, utilísimo acaso para fogatas. Cogito ergo sum, afirma descartes; coito ergo sum, responde Raymundo Ramos. Ambas sentencias deberían funcionar como imperativo vital. El hombre renacentista mantenía una actitud de apertura ante todo arte y toda ciencia. El hombre nascentista (que propongo para los nuevos tiempos), debe abrirse a la vida. No todo se halla en un libro, ni en la pintura. Henry Miller, voraz lector, declara en su vejez que prefiere leer personas. Leer es compartir con otro ser humano, como charlar, jugar basquetbol o un encuentro sexual. Así que cuando cierta persona se angustia porque lleva tres años sin leer nada que no sea Quino, Maitena y uno que otro reportaje, me pregunto, ¿cuál es el problema? Leer es la celebración de la intimidad voyeurista, no se lee entonces para ser más cultos o estar al corriente de las novedades. En lo que a mí respecta, encuentro placer en leer calles, personas, topologías femeninas. Me hablan las ranas y las cucarachas. Asisto poco a eventos literarios porque huelen a naftalina. Leer debe ser como manejar, bailar o tocar un instrumento: imperativos amatorios y no obligaciones. B. G.

lunes, 1 de abril de 2013

El Tren, B. G.

El tren ¡Chu chuuu…! Ya se va el tren El humo exhala Cuentos y cuentas La ventana es una adivina Que narra historias Sin hilo sin final ¡Chu chuuu…! Ya se va el tren Locomotora mortuoria La vía es la vida El tren el vaivén ¡Chu chuuu…! Ya se va Lejos Lejos Y yo me voy con él