miércoles, 12 de marzo de 2014

El mito del escritor obrero según R. Barthes

Por supuesto, esa proletarización del escritor es acordada con parsimonia y
para, posteriormente, destruirla mejor. Ni bien se provee de un atributo social (las
vacaciones constituyen un atributo y bien agradable, por cierto) el hombre de letras
regresa al empíreo que comparte con los profesionales de la vocación. Y la
"naturalidad" en la que se eterniza a nuestros novelistas, en realidad se instituye para
traducir una contradicción sublime: una condición prosaica producida,
desgraciadamente, por una época muy materialista, frente al lugar prestigioso que la
sociedad burguesa concede con liberalidad a sus hombres de espíritu (siempre que
sean inofensivos).
La prueba de la maravillosa singularidad del escritor es que durante esas tan
comentadas vacaciones, que comparte fraternalmente con obreros y dependientes, no
deja de trabajar, o al menos no deja de producir. Falso trabajador, también es un falso
vacacionista. Uno escribe sus recuerdos, otro corrige pruebas, el tercero prepara su
próximo libro. Y el que no hace nada lo confiesa como una conducta auténticamente
paradojal, una hazaña de vanguardia, que sólo un espíritu fuerte puede permitirse
mostrar. Con esta última baladronada, se hace conocer que es absolutamente
"natural" que el escritor escriba siempre, en cualquier situación. En primer lugar, esto
reduce la producción literaria a una suerte de secreción involuntaria, por lo tanto
tabú, pues escapa a los determinismos humanos; para hablar más noblemente, el
escritor es víctima de un dios interior que habla en todo momento sin inquietarse,
tirano, por las vacaciones de su médium. Los escritores están de vacaciones, pero su
musa vela y da a luz sin interrupción.
La segunda ventaja de esta verborrea es que, por su carácter imperativo,
aparece —con toda naturalidad— como la esencia misma del escritor. Él acepta sin
duda que está provisto de una existencia humana, de una vieja casa de campo, de
una familia, de un short, de una hijita, etc., pero contrariamente a los otros
trabajadores que cambian de esencia y en la playa no son más que veraneantes, el
escritor conserva en todas partes su naturaleza de escritor; al tener vacaciones,
muestra el signo de su humanidad; pero el dios permanece, se es escritor como Luis
XIV era rey, inclusive en el inodoro. De este modo, la función del hombre de letras es
a los trabajos humanos, casi lo que la ambrosía es al pan: una sustancia milagrosa,
eterna, que condesciende a la forma social para que se lo capte mejor en su
prestigiosa diferencia. Todo esto introduce a la idea de un escritor superhombre, de
una especie de ser diferente que la sociedad exhibe para gozar mejor de la
singularidad ficticia que ella le concede.
La imagen sencilla de "el escritor en vacaciones", pues, no es nada más que una
de esas mistificaciones retorcidas que la buena sociedad opera para sojuzgar mejor a
sus escritores: nada muestra mejor la singularidad de una "vocación" que
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Barthes. Mitológicas.
Roland Barthes
Mitologías
contradecirla -—pero no negarla, ni mucho menos— con el prosaísmo de su
encarnación: es un viejo recurso de todas las hagiografías. También se puede
observar cómo el mito de las "vacaciones literarias" se extiende muy lejos, mucho
más allá del verano; las técnicas del periodismo contemporáneo se dedican cada vez
más a ofrecer un espectáculo prosaico del escritor. Pero sería un grave error tomar
este hecho como un esfuerzo de desmistificación. Es todo lo contrario. Sin duda, a mí,
simple lector, puede parecerme conmovedor y hasta sentirme halagado por
participar, gracias a la confidencia, de la vida cotidiana de una raza seleccionada por
el genio; sin duda sentiría deliciosamente fraternal a una humanidad en la que sé,
por los diarios, que un gran escritor usa pijamas azules y que un joven novelista
gusta de "las chicas bonitas, el queso reblochon y la miel de lavanda". Pero esto no
impide que el saldo de la operación sea que el escritor se vuelva un poco más
estrella, que abandone un poco más esta tierra por una morada celeste donde sus
pijamas y sus quesos no le impiden, de ninguna manera, retomar el uso de su noble
palabra demiúrgica.
Proveer públicamente al escritor de un cuerpo bien carnal, revelar que le gusta
el blanco seco y el biftec jugoso, es volver para mi aún más milagrosos, de esencia
más divina, los productos de su arte. Los detalles de su vida cotidiana, en vez de
hacer más próxima y más clara la naturaleza de su inspiración, confirman la
singularidad mítica de su condición: sólo puedo atribuir a una superhumanidad la
existencia de seres tan vastos como para usar pijamas azules en el mismo momento
en que se manifiestan como conciencia universal o, más aún, declarar el gusto por los
reblochon con la misma voz con la que anuncian su próxima Fenomenología del Ego.
La alianza espectacular de tanta nobleza y de tanta futilidad significa que aún
creemos en la contradicción: milagrosa en su totalidad, también es milagroso cada
uno de sus términos. Esa alianza perdería todo interés, sin duda, en un mundo
donde el trabajo del escritor estuviese desacralizado hasta parecer tan natural como
sus funciones vestimentarias o gustativas.
EL CRUCERO DE LA SANGRE AZUL
Desde la coronación los franceses esperaban ansiosos un resurgimiento de la
actualidad monárquica, a la que son extremadamente aficionados; el viaje de un
centenar de príncipes en un yate griego, el Agamemnon, los ha entretenido
muchísimo. La coronación de Isabel era un tema patético, sentimental; el Crucero de
la Sangre Azul es un episodio excitante: los reyes han jugado a ser hombres, como en
una comedia de Flers y Caillavet; surgieron mil situaciones, divertidas por sus
contradicciones, del tipo María-Antonieta-jugando-a-la-lechera. La patología de tal
entretenimiento es grave: uno se divierte con una contradicción, cuando se suponen
muy alejados los términos de ésta; dicho de otro modo, los reyes son de una esencia
sobrehumana y cuando temporariamente toman ciertas formas de vida democrática,
sólo puede tratarse de una encarnación contra natura, posible, únicamente, por
condescendencia. Mostrar que los reyes son capaces de prosaísmo, es reconocer que
esa situación les resulta tan natural como el angelismo al común de los mortales; es
verificar que el rey sigue siéndolo por derecho divino.
Los gestos neutros de la vida cotidiana en el Agamemnon cobraron carácter de
exorbitante audacia, como esas fantasías creativas donde la naturaleza transgrede sus
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Roland Barthes
Mitologías
reinos: ¡los reyes se afeitan solos! Este rasgo fue comentado por nuestra gran prensa
como un acto de singularidad increíble, como si, con él, los reyes aceptaran arriesgar
toda su realeza y en ese acto afirmaran su fe en la naturaleza indestructible de la
misma. El rey Pablo llevaba una camiseta de mangas cortas, la reina Federica un
vestido estampado, es decir no exclusivo, cuyo dibujo puede encontrarse sobre el
cuerpo de simples mortales. Antaño los reyes se disfrazaban de pastores; hoy,
vestirse durante quince días en un supermercado es para ellos el signo del disfraz.
Otra manifestación democrática: levantarse a las seis de la mañana. Esto informa, por
antífrasis, sobre un ideal de la vida cotidiana: llevar puños, hacerse afeitar por un
siervo, levantarse tarde. Al renunciar a esos privilegios, los reyes los elevan aún más
en el cielo del sueño; su sacrificio —estrictamente temporario— coloca en la
eternidad esos signos de la dicha cotidiana.
Más curioso resulta el hecho de que ese carácter mítico de nuestros reyes hoy se
haya laicizado —pero de ningún modo conjurado— mediante cierto cientificismo.
Los reyes se definen por la pureza de su raza (sangre azul), como cachorros, y el
navío, lugar privilegiado de cualquier clausura, es una suerte de arca moderna,
donde se conservan las principales variedades de la especie monárquica. Tanto, que
se calcula abiertamente las posibilidades de algunos apareamientos; en cerrados
dentro de su potrero navegante, los pura-sangre están a cubierto de toda boda
bastarda, todo les está (¿anualmente?) preparado para que puedan reproducirse
entre sí; tan pocos en la tierra como los pug dogs, el navío los fija y los congrega,
constituye una "reserva" temporaria donde se los cuida y donde se ofrece la
oportunidad de perpetuar una curiosidad etnográfica tan bien protegida como un
parque con Siux.
Los dos temas seculares se mezclan: el del rey-dios y el del rey-objeto. Sin
embargo ese cielo mitológico no es tan inofensivo para la tierra. Las mistificaciones
más etéreas, los divertidos detalles del crucero de la sangre azul, toda esa baratija
anecdótica con que la gran prensa atragantó a sus lectores, no se ofrece
impunemente. Afianzados en su divinidad reflotada, los príncipes hacen política
democráticamente: el Conde de París abandona el Agamemnon para ir a París a
"fiscalizar" la suerte de la Comunidad Europea de Defensa, y se envía al joven Carlos
de España en auxilio del fascismo español.
CRITICA MUDA Y CIEGA
Los críticos (literarios o teatrales) se valen a menudo de dos argumentos
bastantes singulares. El primero consiste en decretar bruscamente que el objeto de la
crítica es inefable y, por consiguiente, la crítica inútil. El otro argumento, que también
reaparece periódicamente, consiste en confesarse demasiado tonto, demasiado torpe
para comprender una obra reputada como filosófica: así, una pieza de Henri
Lefebvre sobre Kierkegaard ha provocado entre nuestros mejores críticos (y no hablo
de quienes abiertamente hacen profesión de tontería) un fingido pánico de
imbecilidad (cuya meta, evidentemente, era desacreditar a Lefebvre relegándolo al
ridículo de la cerebralidad pura).
¿Por qué la crítica proclama periódicamente su impotencia o su incomprensión?
No es por modestia ciertamente: para uno, nada más cómodo que confesar no
comprender nada del existencialismo; para otro, nada más irónico, y por lo tanto más
seguro, que reconocer profundamente avergonzado que no tiene la suerte de estar
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