miércoles, 12 de marzo de 2014

Estética del pobrismo

La estética pobrista Benjamín García Cuando Lenin criticó a los "acelerados" tildándolos de "infantilistas, es seguro que nunca imaginó o pensó en que décadas después el infantilismo sería verdaderamente una cuestión infantil. En México tenemos un par de conceptos asaz inasibles: lo fresa y lo naco. En la época del rock & roll fresa no era sinónimo de rico, sino de costumbres buenas: beber malteada en lugar de alcohol, novios de manita sudada en lugar de faje troglodita, comer con cubiertos en lugar de usar las manos, etcétera. Lo naco (llamado entonces lo peladito, pelafustán, broza, raspa y demás, en aquel entonces) era lo que venía de los sectores populares: lo pachuco, Pedro Infante en nosotros los pobre, Cantinflas, Tin Tan. Hasta los más acendrados pensadores de izquierda asimilaban lo naco con el lúmpen. Pero en los años 80 y 90 vino una revaloración del "pueblo" ( sea lo que sea). El pueblo es lo sincero, lo "neto", hay que estar con el pueblo, es el origen. Y prácticamente, se ha asimilado con la categoría lúmpen, devino en "proletariado", sin importar que se trate de un explotador de chóferes de taxis, con tal de que viva en Tacubaya; de un jipi en Real de Catorce, de un obrero de Sabritas o de músico del metro (como lo fui por años). Ser proletario paso a significar ser pobre, y pobre pasó a ser no el que carece de dinero, sino el que lo parece. Huaraches, manta, paliacates. No trajes, no corbatas. A esta moda le vino bien un matrimonio con el rock y su rebelión parricida: no oficinas, no orden, mezclilla, cuero, subir la moto a la banqueta, muerte a todo lo bien hecho. Se conformó así una estética del pobrismo. Es más "neto" vivir en Neza que en Polanco; beber hasta la cirrosis por sobre el yoga, comprar en el tianguis y estar en contra del capitalismo mala onda; lo que por supuesto implica la existencia de uno buena onda. Roland Barthes, en Mitologías, analiza la figura de Chaplin en el célebre filme: Tiempos modernos: ... el plano del El último chiste de Chaplin es haber hecho pasar la mitad de su premio soviético a las arcas del abate Fierre. En el fondo, esto equivale a establecer una igualdad de naturaleza entre el proletario y el pobre. Chaplin siempre ha visto al proletario bajo los rasgos del pobre: de allí surge la fuerza humana de sus representaciones, pero también su ambigüedad política. Esto resulta visible con claridad en ese film admirable que es Tiempos modernos. Ahí Carlitos roza sin cesar eltema proletario, pero jamás lo asume políticamente; nos ofrece un proletario aún ciego y mistificado, definido por la naturaleza inmediata de sus necesidades y su alienación total en manos de sus amos (patrones y policías). Para Chaplin, el proletario sigue siendo un hombre que tiene hambre. Y las representaciones del hambre siempre son épicas: grosor desmesurado de los sandwiches, ríos de leche, frutas que se arrojan negligentemente apenas mordidas. Como una burla, la máquina de alimentos (de esencia patronal) proporciona sólo alimentos en serie, pequeños y visiblemente desabridos. Sumergido en su hambruna, el hombre Carlitos se sitúa siempre justo por debajo de la toma de conciencia política; para él la huelga es una catástrofe, porque amenaza a un hombre totalmente cegado por su hambre; este hombre sólo alcanza la condición obrera cuando el pobre y el proletario coinciden bajo la mirada (y los golpes) de la policía. Históricamente, Carlitos representa, más o menos, al obrero de la restauración, al peón que se rebela contra la máquina, desamparado por la huelga, fascinado por el problema del pan (en el sentido propio de la palabra), pero aún incapaz de acceder al conocimiento de las causas políticas y a la exigencia de una estrategia colectiva. Pero justamente, porque Carlitos aparece como una suerte de proletario torpe, todavía exterior a la revolución, su fuerza representativa es inmensa. Ninguna obra socialista ha llegado todavía a expresar la condición humillada del trabajador con tanta violencia y generosidad. Sólo Brecht, quizás, ha entrevisto la necesidad, para el arte socialista, de tomar al hombre en vísperas de la revolución, es decir, al hombre solo, aún ciego, a punto de abrirse a la luz revolucionaria por el exceso "natural" de sus desdichas. Al mostrar al obrero ya empeñado en un combate consciente, subsumido en la causa y el partido, las otras obras dan cuenta de una realidad política necesaria, pero sin fuerza estética. Chaplin, conforme a la "idea de Brecht, muestra su ceguera al público de modo tal que el público ve, en el mismo momento, al ciego y su espectáculo; ver que alguien no ve, es la mejor manera de ver intensamente lo que él no ve: en las marionetas, los niños denuncian a Guignol lo que éste finge no ver. Por ejemplo, Carlitos en su celda, mimado por sus guardianas, lleva la vida ideal del pequeñoburgués norteamericano: cruzado de piernas, lee su diario bajo un retrato de Lincoln. Pero la suficiencia adorable de la postura la desacredita completamente... El hambre nunca ha sido buena consejera, la genialidad de Chaplin está en la denuncia brutal, conforme lo explica Barthes, no en su postura política. Lo que en Chaplin es genialidad, en la posmodernidad se convirtió en pobrismo. Hace poco fui a Ciudad Neza a presentar el libro Clones de mis recuerdos, de mi amigo el poeta Jonathan Guerrero. En uno de sus poemas dice : Agujetas urbanas La mierda seca viene de la nada. Dopada niña. Nademos en la mierda ¿Preocupada? ¡Oh mi estimada! ¿Flechada? No, lechada. Si un romance vano sano, puritano y cursi. Nací del puro pantano tú no. Del terciopelo carmesí. Tus pupilas nunca fueron tan grandes comerciantes, traficantes, necrófilas Miralas violando cuerpos indeseables ¿Desleales días? No, vívelas. Insomnio convertido en somnolencia demencia tomando tu dominio. Suicidio, muerte sin alguna condolencia vivencia de todos lo diluido. Recordé en esa ocasión que en mi primera visita a Ciudad Neza, me sorprendió la grisura, yo tendría unos 25 años y me pregunté cómo sería crecer ahí, entre autos, nubes grises, avenidas grises, ladrillos grises y rostros grises, como los hombres que fuman el tiempo de la gente en Momo, de Michael Ende. ¿Eso es la neta para los pobristas? Prefiero el color e imagino que los niños también. Cuando se colocan obras monumentales, los pobristas se desgarran: ¡lo que urge es el hambre! Como si el hambre sólo lo fuera de pan. Mis amigos europeos dice que Polanco es otro mundo, que es muy fresa, y gustan de irse a las pulquerías de Xochimilco, como si eso cambiara la desigualdad, como si eso significara estar del lado de los oprimidos, como si bebiendo pulque derrumbaramos tanques imperialistas. No sé si la anécdota sea cierta, el profesor Horacio Crespo contó una vez que dos hombres se encontraron en Inglaterra y salieron a pasear por las calles, uno de ellos, al ver esos caserones inmensos, comentó: Cuando la Revolución triunfe, destruirá todo esto. El otro hombre lo vio con detenimiento y sentenció: “La Revolución heredará todo esto”. El primer hombre respondía al nombre de León Trotsky, el segundo al de Vladimir Lenin. El debate no puede ser entre lo fresa y lo naco, la revolución no significa escuchar a Panteón Rococó y a Maldita Vecindad, ni mucho menos hacer de América Latina un monumento al esperpento. Algún día enterreremos la desgracia. Algún día la Revolución heredará las magnificencias.

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