lunes, 31 de marzo de 2014

Mr. Vader song Big Ben Darth Vader says i’m your father/ Luke use the force and the laser/ Kill the father is the pattern/ The kaiser always eat kaiser

sábado, 29 de marzo de 2014

La pereza

La pereza y el ignorante
Big Ben



Considera Jaques Ranciere que la ignorancia más que condición emanada del funesto destino, no es sino pereza:
"Basta con que haya distracción, basta con que la inteligencia se deje ir, para que sea arrastrada por la gravitación de la materia. De este modo, algunos filósofos y teólogos explican el pecado original como una simple distracción. En este sentido, podemos decir con ellos que el mal no es mas que ausencia. Pero nosotros sabemos también que esta ausencia es un rechazo. El distraído no ve porqué tendría que tener atención. La distracción es en primer lugar pereza, deseo de sustraerse al esfuerzo. Pero la pereza misma no es el torpor de la carne, es el acto de un espíritu que subestima su propia potencia. La comunicación razonable se basa en la igualdad entre la estima de sí y la estima de los
otros".
Ahora bien, ignorantes somos todos, es cierto que unos sabemos unas cosas y otros, Perogrullo dixit, otras. Lo que no sabe el panadero lo sabe el doctor, y lo que ellos no saben lo sabe el albañil. Pretender estar por encima del otro es también pereza, es fácil regañar y despreciar al que, según nosotros, no sabe, es un reto acercarse a él y aprender juntos.
Cuando voy en el metro nada me parece más infecto y denostable que una porra futbolística, desde que me abofeteó Ranciere me pregunto cómo acercarme a los hinchas. No es la pereza de ellos sino la mía la que lo ha evitado.

Jodida jodidez

Jodida jodidez
Big Ben
Hoy en el metro escuché lo siguiente:
—Se me acabo el crédito (del teléfono).
—Pinche jodido.
La verdad es que mientras uno no sea dueño de los medios de producción, uno es un jodido. Da igual si se trabaja con mezclilla o lino. Particularmente, mientras vivamos en este sistema y nos empeñemos en mostrarlo como el mejor de los mundos posibles, seguiremos ominosamente jodidos.

jueves, 27 de marzo de 2014

Put-Hadita 2

PUT-HADITA 2 BIG BEN Put-Hadita apareció y ni la percibí, me hallaba ensimismado en mi desolación. Put-Hadita se dio cuenta y por vez primera fue acercándose a mí con ternura: ¿Qué tienes? No volteé a mirarla. Te amo. No comprendo por qué eres así conmigo. Si al menos yo no fuera realmente de tu interés, la distancia se convertiría en olvido. Retornas una y otra vez . No sé si encuentras en ellos un divertimento, o si algún afecto me tienes. Ya no puedo más. Put-Hadita, sin turbarse, contestó con toda seriedad: yo me alimento de tu deseo. Y si él se pierde también me perderé yo. No habrá de perderse, repliqué. Se perderá si lo consumamos, -aseguró ella- consumas, consumir, sumir. Quise detenerla pero ya daba vueltas. No dejé de llorar por dos horas.

Put-Hadita 1

Put Hadita Big Ben 1 Put-Hadita me contó que había asesinado a un pequeño hado sólo por placer. Un chico inocente, aunque un tanto precoz. La espiaba mientras ella se bañaba bajo el rocío matinal. Ella lo sabía y se desnudaba poco a poco, así le permitía ver todo lo que hay que ver de un hada. Desnuda fue hacia él, lo trepó a horcajadas, mientras el pequeño hado vibraba con su primer orgasmo, Put-Hadita le enterró una puntiaguda rama.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Contraviolación

No basta con ser violado, hay que violar la determinación histórica.
B. G.

El mito del escritor obrero según R. Barthes

Por supuesto, esa proletarización del escritor es acordada con parsimonia y
para, posteriormente, destruirla mejor. Ni bien se provee de un atributo social (las
vacaciones constituyen un atributo y bien agradable, por cierto) el hombre de letras
regresa al empíreo que comparte con los profesionales de la vocación. Y la
"naturalidad" en la que se eterniza a nuestros novelistas, en realidad se instituye para
traducir una contradicción sublime: una condición prosaica producida,
desgraciadamente, por una época muy materialista, frente al lugar prestigioso que la
sociedad burguesa concede con liberalidad a sus hombres de espíritu (siempre que
sean inofensivos).
La prueba de la maravillosa singularidad del escritor es que durante esas tan
comentadas vacaciones, que comparte fraternalmente con obreros y dependientes, no
deja de trabajar, o al menos no deja de producir. Falso trabajador, también es un falso
vacacionista. Uno escribe sus recuerdos, otro corrige pruebas, el tercero prepara su
próximo libro. Y el que no hace nada lo confiesa como una conducta auténticamente
paradojal, una hazaña de vanguardia, que sólo un espíritu fuerte puede permitirse
mostrar. Con esta última baladronada, se hace conocer que es absolutamente
"natural" que el escritor escriba siempre, en cualquier situación. En primer lugar, esto
reduce la producción literaria a una suerte de secreción involuntaria, por lo tanto
tabú, pues escapa a los determinismos humanos; para hablar más noblemente, el
escritor es víctima de un dios interior que habla en todo momento sin inquietarse,
tirano, por las vacaciones de su médium. Los escritores están de vacaciones, pero su
musa vela y da a luz sin interrupción.
La segunda ventaja de esta verborrea es que, por su carácter imperativo,
aparece —con toda naturalidad— como la esencia misma del escritor. Él acepta sin
duda que está provisto de una existencia humana, de una vieja casa de campo, de
una familia, de un short, de una hijita, etc., pero contrariamente a los otros
trabajadores que cambian de esencia y en la playa no son más que veraneantes, el
escritor conserva en todas partes su naturaleza de escritor; al tener vacaciones,
muestra el signo de su humanidad; pero el dios permanece, se es escritor como Luis
XIV era rey, inclusive en el inodoro. De este modo, la función del hombre de letras es
a los trabajos humanos, casi lo que la ambrosía es al pan: una sustancia milagrosa,
eterna, que condesciende a la forma social para que se lo capte mejor en su
prestigiosa diferencia. Todo esto introduce a la idea de un escritor superhombre, de
una especie de ser diferente que la sociedad exhibe para gozar mejor de la
singularidad ficticia que ella le concede.
La imagen sencilla de "el escritor en vacaciones", pues, no es nada más que una
de esas mistificaciones retorcidas que la buena sociedad opera para sojuzgar mejor a
sus escritores: nada muestra mejor la singularidad de una "vocación" que
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Barthes. Mitológicas.
Roland Barthes
Mitologías
contradecirla -—pero no negarla, ni mucho menos— con el prosaísmo de su
encarnación: es un viejo recurso de todas las hagiografías. También se puede
observar cómo el mito de las "vacaciones literarias" se extiende muy lejos, mucho
más allá del verano; las técnicas del periodismo contemporáneo se dedican cada vez
más a ofrecer un espectáculo prosaico del escritor. Pero sería un grave error tomar
este hecho como un esfuerzo de desmistificación. Es todo lo contrario. Sin duda, a mí,
simple lector, puede parecerme conmovedor y hasta sentirme halagado por
participar, gracias a la confidencia, de la vida cotidiana de una raza seleccionada por
el genio; sin duda sentiría deliciosamente fraternal a una humanidad en la que sé,
por los diarios, que un gran escritor usa pijamas azules y que un joven novelista
gusta de "las chicas bonitas, el queso reblochon y la miel de lavanda". Pero esto no
impide que el saldo de la operación sea que el escritor se vuelva un poco más
estrella, que abandone un poco más esta tierra por una morada celeste donde sus
pijamas y sus quesos no le impiden, de ninguna manera, retomar el uso de su noble
palabra demiúrgica.
Proveer públicamente al escritor de un cuerpo bien carnal, revelar que le gusta
el blanco seco y el biftec jugoso, es volver para mi aún más milagrosos, de esencia
más divina, los productos de su arte. Los detalles de su vida cotidiana, en vez de
hacer más próxima y más clara la naturaleza de su inspiración, confirman la
singularidad mítica de su condición: sólo puedo atribuir a una superhumanidad la
existencia de seres tan vastos como para usar pijamas azules en el mismo momento
en que se manifiestan como conciencia universal o, más aún, declarar el gusto por los
reblochon con la misma voz con la que anuncian su próxima Fenomenología del Ego.
La alianza espectacular de tanta nobleza y de tanta futilidad significa que aún
creemos en la contradicción: milagrosa en su totalidad, también es milagroso cada
uno de sus términos. Esa alianza perdería todo interés, sin duda, en un mundo
donde el trabajo del escritor estuviese desacralizado hasta parecer tan natural como
sus funciones vestimentarias o gustativas.
EL CRUCERO DE LA SANGRE AZUL
Desde la coronación los franceses esperaban ansiosos un resurgimiento de la
actualidad monárquica, a la que son extremadamente aficionados; el viaje de un
centenar de príncipes en un yate griego, el Agamemnon, los ha entretenido
muchísimo. La coronación de Isabel era un tema patético, sentimental; el Crucero de
la Sangre Azul es un episodio excitante: los reyes han jugado a ser hombres, como en
una comedia de Flers y Caillavet; surgieron mil situaciones, divertidas por sus
contradicciones, del tipo María-Antonieta-jugando-a-la-lechera. La patología de tal
entretenimiento es grave: uno se divierte con una contradicción, cuando se suponen
muy alejados los términos de ésta; dicho de otro modo, los reyes son de una esencia
sobrehumana y cuando temporariamente toman ciertas formas de vida democrática,
sólo puede tratarse de una encarnación contra natura, posible, únicamente, por
condescendencia. Mostrar que los reyes son capaces de prosaísmo, es reconocer que
esa situación les resulta tan natural como el angelismo al común de los mortales; es
verificar que el rey sigue siéndolo por derecho divino.
Los gestos neutros de la vida cotidiana en el Agamemnon cobraron carácter de
exorbitante audacia, como esas fantasías creativas donde la naturaleza transgrede sus
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Roland Barthes
Mitologías
reinos: ¡los reyes se afeitan solos! Este rasgo fue comentado por nuestra gran prensa
como un acto de singularidad increíble, como si, con él, los reyes aceptaran arriesgar
toda su realeza y en ese acto afirmaran su fe en la naturaleza indestructible de la
misma. El rey Pablo llevaba una camiseta de mangas cortas, la reina Federica un
vestido estampado, es decir no exclusivo, cuyo dibujo puede encontrarse sobre el
cuerpo de simples mortales. Antaño los reyes se disfrazaban de pastores; hoy,
vestirse durante quince días en un supermercado es para ellos el signo del disfraz.
Otra manifestación democrática: levantarse a las seis de la mañana. Esto informa, por
antífrasis, sobre un ideal de la vida cotidiana: llevar puños, hacerse afeitar por un
siervo, levantarse tarde. Al renunciar a esos privilegios, los reyes los elevan aún más
en el cielo del sueño; su sacrificio —estrictamente temporario— coloca en la
eternidad esos signos de la dicha cotidiana.
Más curioso resulta el hecho de que ese carácter mítico de nuestros reyes hoy se
haya laicizado —pero de ningún modo conjurado— mediante cierto cientificismo.
Los reyes se definen por la pureza de su raza (sangre azul), como cachorros, y el
navío, lugar privilegiado de cualquier clausura, es una suerte de arca moderna,
donde se conservan las principales variedades de la especie monárquica. Tanto, que
se calcula abiertamente las posibilidades de algunos apareamientos; en cerrados
dentro de su potrero navegante, los pura-sangre están a cubierto de toda boda
bastarda, todo les está (¿anualmente?) preparado para que puedan reproducirse
entre sí; tan pocos en la tierra como los pug dogs, el navío los fija y los congrega,
constituye una "reserva" temporaria donde se los cuida y donde se ofrece la
oportunidad de perpetuar una curiosidad etnográfica tan bien protegida como un
parque con Siux.
Los dos temas seculares se mezclan: el del rey-dios y el del rey-objeto. Sin
embargo ese cielo mitológico no es tan inofensivo para la tierra. Las mistificaciones
más etéreas, los divertidos detalles del crucero de la sangre azul, toda esa baratija
anecdótica con que la gran prensa atragantó a sus lectores, no se ofrece
impunemente. Afianzados en su divinidad reflotada, los príncipes hacen política
democráticamente: el Conde de París abandona el Agamemnon para ir a París a
"fiscalizar" la suerte de la Comunidad Europea de Defensa, y se envía al joven Carlos
de España en auxilio del fascismo español.
CRITICA MUDA Y CIEGA
Los críticos (literarios o teatrales) se valen a menudo de dos argumentos
bastantes singulares. El primero consiste en decretar bruscamente que el objeto de la
crítica es inefable y, por consiguiente, la crítica inútil. El otro argumento, que también
reaparece periódicamente, consiste en confesarse demasiado tonto, demasiado torpe
para comprender una obra reputada como filosófica: así, una pieza de Henri
Lefebvre sobre Kierkegaard ha provocado entre nuestros mejores críticos (y no hablo
de quienes abiertamente hacen profesión de tontería) un fingido pánico de
imbecilidad (cuya meta, evidentemente, era desacreditar a Lefebvre relegándolo al
ridículo de la cerebralidad pura).
¿Por qué la crítica proclama periódicamente su impotencia o su incomprensión?
No es por modestia ciertamente: para uno, nada más cómodo que confesar no
comprender nada del existencialismo; para otro, nada más irónico, y por lo tanto más
seguro, que reconocer profundamente avergonzado que no tiene la suerte de estar
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La libertad es un perfume burgués

Pero –y esto es lo definitorio–, es punto de llegada pues el obrero llega al mercado, al ámbito del cambio sancionado por el contrato, derrotado. Ha sido previamente vencido. Fue despojado de su propiedad, de sus medios de subsistencia y de vida. Esta ruptura de la propiedad no se ha realizado en el espacio mercantil ni contractual sino en otro ámbito.
Aquí es necesario recurrir a un razonamiento analógico. Si para obtener plusvalor el capitalista necesita comprar fuerza de trabajo en el mercado, emplearla en el proceso de producción y obtener nuevas mercancías que encerrarán plusvalor, luego deberá volver al mercado para realizar ese plusvalor. Si no lo pudiera hacer sobrevendría la crisis. Luego, para obtener plusvalor son necesarios dos ámbitos estrechamente interrelacionados e interdependientes: (1) el ámbito del cambio donde se compra-vende la fuerza de trabajo, (2) el ámbito de la producción donde se produce el plusvalor y nuevamente (1) el ámbito del cambio en el cual se realizan las mercancías que encierran el plusvalor. Sin estos dos ámbitos no se podría explicar la obtención del plusvalor, del “plus” que se agrega al dinero inicial que funciona como capital. Aunque en la explicación marxiana el determinante es el de la producción, se necesita recurrir también al otro para dar cuenta del proceso global.
Por analogía, para explicar el proceso histórico y político en el cual ha sido derrotado el obrero (colectivo), se necesita recurrir a otro ámbito, previo al del cambio donde se efectúa el perfumado contrato “libre y voluntario”. Éste es el ámbito del poder, el de las relaciones de fuerza, el de la lucha de clases, el de la confrontación. No el contrato sino la lucha es lo fundante, no la paz sino la guerra. Ésa es “la piedra de toque” de la teoría del poder y la dominación en Marx39, aun cuando en la Academia se le niega cualquier aporte teórico en este terreno.
Los obreros son expropiados entonces violentamente de su “naturaleza inorgánica”, de su relación de propiedad, en el ámbito del poder a través de procesos históricos que incluyen el robo, la tortura y diversas formas de violencia (siempre renovadas en el transcurrir del tiempo) como el pillaje, el fusilamiento, el secuestro, la desaparición, etc. Cuando
39 “El marxismo pisa sobre el terreno firme -señalaba provocativamente Lenin- de la lucha de clases y no sobre el terreno de la paz social. En ciertos períodos de agudas crisis económicas y políticas, la lucha de clases se desarrolla hasta llegar a la guerra abierta, es decir, a la lucha armada entre dos partes del pueblo. En tales períodos, el marxista se halla obligado [subrayado de Lenin] a colocarse en el punto de vista de la guerra civil. Y, desde el punto de vista del marxismo, está totalmente fuera de lugar todo lo que sea condenarla en el terreno moral”. Cfr. V.I.Lenin: Obras Completas. Bs.As., Cartago, 1960. Tomo XI,p.213.
http://www.amauta.lahaine.org
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examinemos el status teórico que éste posee en una lectura no economicista de Marx. A partir de este acercamiento podremos llegar a aquellas determinaciones principales para poder explicar de un modo no dualista ni dicotómico la articulación entre economía y poder.
Si en esta perspectiva tratamos de desanudar –para hacerlos observables– los presupuestos implícitos de la categoría central de “capital” habría que preguntarse: ¿por qué el obrero (colectivo) permite que se lo expropie “pacíficamente” cuando realiza su contrato de trabajo con el capitalista (colectivo), en el ámbito de las relaciones de cambio –dinero por fuerza de trabajo–?
En el espacio social del mercado se enfrentan dos poseedores de mercancías aparentemente “iguales”. Existe aquí una relación de valor, donde dos propietarios independientes de mercancías y ajenos entre sí se enfrentan e intercambian sus equivalentes. Estos dos poseedores “iguales” son el capitalista y el obrero, ambos colectivos. ¿Qué posee el capitalista? Dinero. ¿Qué posee el proletario? Su capacidad potencial de realizar trabajo. A partir de una relación jurídica (el contrato) pactan cambiar “voluntaria” y “pacíficamente” sus respectivas mercancías. Uno compra y el otro vende. El que compra paga la mercancía por su valor (éste es un supuesto metodológico al que recurre Marx para simplificar, en la realidad está sujeto a la lucha de clases). Aceptan realizar un cambio de equivalentes, que en realidad es un intercambio desigual pues la fuerza de trabajo es la única mercancía que produce, cuando se utiliza su valor de uso, mayor cantidad que la que corresponde a su propio valor.
Pero ¿por qué motivo el obrero (colectivo) permite esto? ¿Por qué en el mercado acepta pactar y negociar en este contrato tan desfavorable para él, para su familia y para su clase? ¿Qué secretos inconfesables esconde la igualdad moderna38? ¿Qué pecados ocultos y pestilentes se esconden por detrás y por debajo del perfume y el brillo contractual?
El mercado, donde se realiza la transacción contractual, no es el punto de partida sino un punto de llegada. El iusnaturalismo moderno había postulado –aun el más revolucionario, y también el contractualismo “socialista” de nuestros días– que el contrato era fundacional. Nacía algo nuevo. Era el punto de inicio, un axioma para luego deducir desde él. En realidad es el punto de partida en función de la relación de producción que se establecerá luego, cuando el
38 Un interrogante abierto e inabordado que, como ya señalamos, resulta plenamente pertinente frente a la idealización de la igualdad en los modelos comunicativo de Habermas o pragmático de Apel.
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Estética del pobrismo

La estética pobrista Benjamín García Cuando Lenin criticó a los "acelerados" tildándolos de "infantilistas, es seguro que nunca imaginó o pensó en que décadas después el infantilismo sería verdaderamente una cuestión infantil. En México tenemos un par de conceptos asaz inasibles: lo fresa y lo naco. En la época del rock & roll fresa no era sinónimo de rico, sino de costumbres buenas: beber malteada en lugar de alcohol, novios de manita sudada en lugar de faje troglodita, comer con cubiertos en lugar de usar las manos, etcétera. Lo naco (llamado entonces lo peladito, pelafustán, broza, raspa y demás, en aquel entonces) era lo que venía de los sectores populares: lo pachuco, Pedro Infante en nosotros los pobre, Cantinflas, Tin Tan. Hasta los más acendrados pensadores de izquierda asimilaban lo naco con el lúmpen. Pero en los años 80 y 90 vino una revaloración del "pueblo" ( sea lo que sea). El pueblo es lo sincero, lo "neto", hay que estar con el pueblo, es el origen. Y prácticamente, se ha asimilado con la categoría lúmpen, devino en "proletariado", sin importar que se trate de un explotador de chóferes de taxis, con tal de que viva en Tacubaya; de un jipi en Real de Catorce, de un obrero de Sabritas o de músico del metro (como lo fui por años). Ser proletario paso a significar ser pobre, y pobre pasó a ser no el que carece de dinero, sino el que lo parece. Huaraches, manta, paliacates. No trajes, no corbatas. A esta moda le vino bien un matrimonio con el rock y su rebelión parricida: no oficinas, no orden, mezclilla, cuero, subir la moto a la banqueta, muerte a todo lo bien hecho. Se conformó así una estética del pobrismo. Es más "neto" vivir en Neza que en Polanco; beber hasta la cirrosis por sobre el yoga, comprar en el tianguis y estar en contra del capitalismo mala onda; lo que por supuesto implica la existencia de uno buena onda. Roland Barthes, en Mitologías, analiza la figura de Chaplin en el célebre filme: Tiempos modernos: ... el plano del El último chiste de Chaplin es haber hecho pasar la mitad de su premio soviético a las arcas del abate Fierre. En el fondo, esto equivale a establecer una igualdad de naturaleza entre el proletario y el pobre. Chaplin siempre ha visto al proletario bajo los rasgos del pobre: de allí surge la fuerza humana de sus representaciones, pero también su ambigüedad política. Esto resulta visible con claridad en ese film admirable que es Tiempos modernos. Ahí Carlitos roza sin cesar eltema proletario, pero jamás lo asume políticamente; nos ofrece un proletario aún ciego y mistificado, definido por la naturaleza inmediata de sus necesidades y su alienación total en manos de sus amos (patrones y policías). Para Chaplin, el proletario sigue siendo un hombre que tiene hambre. Y las representaciones del hambre siempre son épicas: grosor desmesurado de los sandwiches, ríos de leche, frutas que se arrojan negligentemente apenas mordidas. Como una burla, la máquina de alimentos (de esencia patronal) proporciona sólo alimentos en serie, pequeños y visiblemente desabridos. Sumergido en su hambruna, el hombre Carlitos se sitúa siempre justo por debajo de la toma de conciencia política; para él la huelga es una catástrofe, porque amenaza a un hombre totalmente cegado por su hambre; este hombre sólo alcanza la condición obrera cuando el pobre y el proletario coinciden bajo la mirada (y los golpes) de la policía. Históricamente, Carlitos representa, más o menos, al obrero de la restauración, al peón que se rebela contra la máquina, desamparado por la huelga, fascinado por el problema del pan (en el sentido propio de la palabra), pero aún incapaz de acceder al conocimiento de las causas políticas y a la exigencia de una estrategia colectiva. Pero justamente, porque Carlitos aparece como una suerte de proletario torpe, todavía exterior a la revolución, su fuerza representativa es inmensa. Ninguna obra socialista ha llegado todavía a expresar la condición humillada del trabajador con tanta violencia y generosidad. Sólo Brecht, quizás, ha entrevisto la necesidad, para el arte socialista, de tomar al hombre en vísperas de la revolución, es decir, al hombre solo, aún ciego, a punto de abrirse a la luz revolucionaria por el exceso "natural" de sus desdichas. Al mostrar al obrero ya empeñado en un combate consciente, subsumido en la causa y el partido, las otras obras dan cuenta de una realidad política necesaria, pero sin fuerza estética. Chaplin, conforme a la "idea de Brecht, muestra su ceguera al público de modo tal que el público ve, en el mismo momento, al ciego y su espectáculo; ver que alguien no ve, es la mejor manera de ver intensamente lo que él no ve: en las marionetas, los niños denuncian a Guignol lo que éste finge no ver. Por ejemplo, Carlitos en su celda, mimado por sus guardianas, lleva la vida ideal del pequeñoburgués norteamericano: cruzado de piernas, lee su diario bajo un retrato de Lincoln. Pero la suficiencia adorable de la postura la desacredita completamente... El hambre nunca ha sido buena consejera, la genialidad de Chaplin está en la denuncia brutal, conforme lo explica Barthes, no en su postura política. Lo que en Chaplin es genialidad, en la posmodernidad se convirtió en pobrismo. Hace poco fui a Ciudad Neza a presentar el libro Clones de mis recuerdos, de mi amigo el poeta Jonathan Guerrero. En uno de sus poemas dice : Agujetas urbanas La mierda seca viene de la nada. Dopada niña. Nademos en la mierda ¿Preocupada? ¡Oh mi estimada! ¿Flechada? No, lechada. Si un romance vano sano, puritano y cursi. Nací del puro pantano tú no. Del terciopelo carmesí. Tus pupilas nunca fueron tan grandes comerciantes, traficantes, necrófilas Miralas violando cuerpos indeseables ¿Desleales días? No, vívelas. Insomnio convertido en somnolencia demencia tomando tu dominio. Suicidio, muerte sin alguna condolencia vivencia de todos lo diluido. Recordé en esa ocasión que en mi primera visita a Ciudad Neza, me sorprendió la grisura, yo tendría unos 25 años y me pregunté cómo sería crecer ahí, entre autos, nubes grises, avenidas grises, ladrillos grises y rostros grises, como los hombres que fuman el tiempo de la gente en Momo, de Michael Ende. ¿Eso es la neta para los pobristas? Prefiero el color e imagino que los niños también. Cuando se colocan obras monumentales, los pobristas se desgarran: ¡lo que urge es el hambre! Como si el hambre sólo lo fuera de pan. Mis amigos europeos dice que Polanco es otro mundo, que es muy fresa, y gustan de irse a las pulquerías de Xochimilco, como si eso cambiara la desigualdad, como si eso significara estar del lado de los oprimidos, como si bebiendo pulque derrumbaramos tanques imperialistas. No sé si la anécdota sea cierta, el profesor Horacio Crespo contó una vez que dos hombres se encontraron en Inglaterra y salieron a pasear por las calles, uno de ellos, al ver esos caserones inmensos, comentó: Cuando la Revolución triunfe, destruirá todo esto. El otro hombre lo vio con detenimiento y sentenció: “La Revolución heredará todo esto”. El primer hombre respondía al nombre de León Trotsky, el segundo al de Vladimir Lenin. El debate no puede ser entre lo fresa y lo naco, la revolución no significa escuchar a Panteón Rococó y a Maldita Vecindad, ni mucho menos hacer de América Latina un monumento al esperpento. Algún día enterreremos la desgracia. Algún día la Revolución heredará las magnificencias.

domingo, 2 de marzo de 2014

Your pussy

Your pussy To Brenda Ramírez Your pussy is a garden Full of soft cloudy Sturm and drang Shine of the pechees Is the cave Where Platons die In entry In Like the rain in floor On wet floor Blood of wild angels Sturm and worm The butterfly bite The eye that see my eye