lunes, 21 de septiembre de 2015

Monstruo

El monstruo 
Benjamín García

Lo privado debe haber nacido con el tabú pues antes del tabú no hay necesidad de esconder nada. El tabú funda una oposición semiótica entre lo permitido y lo prohibido lo ordinario y lo escandaloso entre el orden y el pecado si seguimos la fábula bíblica Adán y Eva andaban desnudos en el paraíso sin pudor alguno porque propiamente no se habla de sus hábitos fisiológicos, es de suponerse que procedían como, digamos, los perros, es decir, bestias.
Toda narrativa se funda en una oposición. El mito de nuestra sapiencia omnipotente se basa en esta distancia: humano versus bestia. De ahí que los romanos utilizaran tanto el concepto "bárbaros".
Si pensamos en Palestina e Israel, lo que tenemos, antes que un intercambio de balas y de muertes, es un intercambio de adjetivos: sionista versus terrorista.
La Bestia y lo prohibido son igualados. Es una manera de evadir responsabilidades. Si La Bestia es aquello "horrendo", entonces yo, que no soy "horrendo", soy humano.
Si unos matan, yo no mato, o sí, pero lo hago de manera civilizada, por buenas razones (Inquisición, Estado, Cruzadas, etcétera).
La única manera de salir de esa oposición es hablar desde el yo o el nosotros. Decir, por ejemplo, que la sociedad está podrida, es una forma de decir que yo no estoy podrido. Sería mejor reconocer que formo parte de esa podredumbre: "En la sociedad estamos podridos". 
Si los países, en lugar de aventar bombas (explosivas o mediáticas) hacia quienes no profesan sus credos, cambiaran hacia una narrativa introspectiva, verían su bestia, crearían un léxico para nombrarla y con el tiempo la disolverían en sí mismos.
A manera de conclusión podríamos decir que los monstruos no existen, pero nos encanta nombrarlos.

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