jueves, 29 de octubre de 2009

Jazz perverso

La mano en la pierna, o de cómo el jazz se volvió per-verso
Benjamín García
La unión entre música y literatura se pierde en el origen de los tiempos; en los trovadores que revolucionaron al mundo con su estilo para enamorar a las mujeres con sonidos y discursos donde las exaltaban, o bien, en los griots africanos, quienes al ritmo de su tam-tam contaban historias de aldea en aldea.
Si tomamos en cuenta las palabras de Rafael Alberti sobre que el poeta también es un músico cuyo único instrumento son las palabras, el círculo termina por cerrarse. En nuestro mundo actual es en el jazz donde encontramos una relación tan íntima como sexual entre la literatura y el jazz.
Ello se refleja -no sólo- en la unión tan simbólica que tuvo la generación beat con Charlie Parker a través de Arthur Rimbaud, el artista perdido, decadente, ángel brillante santo y demoniaco al mismo tiempo; sino que también se puede abordar desde diversos tópicos.
La biografía de los músicos de jazz ha dado origen a obras como El Perseguidor, de Julio Cortazar, donde se sigue la vida de Parker y su marginalidad característica, o bien en la autobiografía del baterista Tino Contreras, cuyo inicio es el siguiente: “Yo nací, como dice el dicho, con los tambores por dentro”.
Existe también la unión de ritmo e improvisación transportada a la creación narrativa y poética. En la narración el mejor ejemplo es Jack Kerouac en obras como On the road o Tristessa en las cuales crea un ritmo con base en una puntuación propia, para lo cual requiere un dominio de la redacción que le permita trastocarla. En el caso poético los ejemplos son múltiples pero citemos a dos: uno es el emblema de la poesía norteamericana del siglo XX: Allen Ginsberg, quien en su obra Aullido se vale de la misma respiración que usa un saxofonista para ejecutar sus solos:
La articulación rítmica
La poesía es la articulación rítmica de la emoción (…) La emoción parte del hueco del estómago, sube por el pecho y después se va por la boca y los oídos en forma de una queja, de un gruñido o simplemente un suspiro. Y si se la expresa por medio de palabras husmeando, mirando, tratando de describir lo que le hace a uno suspirar, y suspirar, y suspirar con palabras, entonces se exterioriza la emoción. (…)
Idealmente, cada línea de Howl (aullido) forma una unidad respiratoria. Mi respiración es profunda, es la medida, la inspiración psicofísica de pensamiento contenida en la elasticidad de un soplo (…) es una consecuencia natural, el ritmo mismo de mi palabra intensificada, no el corto aliento de la frase de todos los días. Así encuentro yo mi voz más salvaje. (Tomado de Antología de la Generación Beat, Trad. M. R. Barnatán, Letras vivas, col. Los poetas de la banda eriza, México, sin año.)


Y un ejemplo mexicano, el principal historiador y explorador del jazz en México, Alain Derbez, quien en diversos poemas usa al jazz como panoplia de recursos para la creación poética:
Suave es el jazz
(si Ramón al saxofón el espontáneo cráneo corazón)
Yo que siempre toqué sin partitura
Desnudo improvisando en cualquier foro
Alzo hoy la voz a la mitad de un coro
Y narro con detalle la aventura
Suave es el jazz desde esta tierra dura
Fuerte también como ha de serlo el oro
Indio, negro, español, latino, moro
De mestiza raíz: esto es muy pura.
El tiempo de mi patria es sincopado
Lo que se mira se oye en sus matices
Arcoiris, volcán, sonido alado
Ya celestial festín de meretrices
O diabólico solo consagrado
Que cuenta al saxofón sus cicatrices.

Por otro lado, el jazz ha funcionado también como motivema o detonador de historias; de igual forma como fondo o marco de las mismas, así ocurre en la célebre Rayuela, de Julio Cortazar. Ahí podemos presenciar las discadas que realiza el Club de la serpiente y que consisten en escuchar muchos, muchos discos de jazz y comentarlos al mismo tiempo, dicho género casa muy bien con la atmósfera parisina que nos propone Cortazar. Por ese camino se desenvuelve la propuesta del trompetista y escritor Boris Vian en su cuento “Martín me telefoneó”, en él un músico sin recursos económicos debe tocar para un grupo de niños bien mientras se cuida de no mostrar el hoyo que tiene detrás del pantalón.
Asimismo a palabra improvisación ha pasado a la historia como el epítome del jazz, sin embargo hay improvisación en otros géneros como el rock o el son huasteco, pero también la hay en los ejercicios oníricos que hacían los surrealistas, los cuales consistían en escribir versos impidiendo, hasta donde era imposible, el uso del consciente, un poco a la manera del free jazz; o, como ocurre en los ejercicios dadá con el célebre cadáver exquisito, donde cada persona escribe una línea sin ver la del otro o sólo viendo la inmediatamente anterior.
Pensemos que la historia del arte moderno tiene que ver, sobre todo, con la destrucción del objeto y de la representación. La pintura retratística, objetiva y testigo se ve irrumpida por la imaginación. Ya no es lo que se ve, sino lo que se captura por los sentidos emocionales, la emoción susceptible de ser expresada mediante una técnica artística. Ya no se trata de asentar nuestro paso por la vida, sino de modificar los pasos del otro a partir de nuestra expresión catártica.
El fluxus, el happeneing y el performance son terrenos donde la obra de arte se disuelve. Así el término efímero se convierte en la palabra que busca designar totalmente al nuevo arte. No se trata ya del cuadro hecho por Jackson Pollock sino la forma de llegar a ese cuadro. En poesía las formas tradicionales de la rima, sobre todo, y más o menos la métrica, darán paso al verso libre. En música la partitura cederá su rol al ejecutante de jazz. He aquí el entronque entre jazz y el verso libre o la novela sin nudos, catálisis, donde el in media o in extrema res se convierte en un campo de reses desbocadas. En Rayuela muchos capítulos podrían ser fácilmente suprimibles, y sin embargo están ahí, porque el autor así lo quiso.
La relación entre jazz y literatura propone nuevos senderos que nos llevan a estirar las fronteras de los géneros y los cánones literarios, abre así nuestras posibilidades creativas, lo mismo si nos da por contar la vida de Billy Holyday que si nos dejamos llevar por el lamento agónico del saxo tenor de John Coltrane. Nos queda entonces continuar por el derrotero de la improvisación luminosa o como uno de los ídolos beat, Arthur Rimbaud, por el rito agridulce de una sesión en el infierno.

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